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LIBROS

Cómo convertir un hombre casado en un obseso sexual

Esteban Hernández - 31/05/2010

<em>Cómo convertir un hombre casado en un obseso sexual</em>

“Si quieres cambiar a un hombre, modifica su apartamento”, es el lema central de Pornotopía. Pero esa afirmación debe tomarse en sentido contrario al de las viejas perspectivas, habituales en Norteamérica y en Europa en los años de la guerra fría, según las cuales una buena esposa debía llevar al hombre hacia las costumbres adecuadas introduciendo un poco de orden en una vida desordenada. A lo que Preciado se refiere, y de lo que nos habla a través de la experiencia de Hugh Hefner y de su empresa, Playboy, es de los dispositivos sociales a través de los cuales se crea un hombre nuevo cuyo centro de interés es siempre el placer.

 

En realidad, los primeros números de Playboy no tenían otro telón de fondo ideológico que el de  “la liberación masculina de la ideología doméstica”. Cuando la vivienda familiar era mostrada públicamente a mediados del siglo XX (a través de los magazines o de la televisión), era para que pudiéramos darnos cuenta de cómo la mujer cuidaba los detalles del entorno familiar, de cómo construía un contexto en el que todos los integrantes de la familia podían ser felices. Lo que hizo Hefner fue tomar el rumbo opuesto. En primera instancia, porque tomó como lugar ideal una clase de vivienda que pertenecía mucho más al sueño del soltero que al reposo del casado; ese ático urbano, con sus formas redondeadas y flexibles que estaban pensadas para dejar en todo instante espacio para el placer, se convirtió a su vez en objeto de deseo de la masculinidad fordista. Con ello, mientras las publicaciones estándar nos señalaban cómo el hombre debía asumir una vida pautada y responsable en un entorno agradable y cómodo, Hefner apostaba por “una redefinición de la masculinidad basada en el consumo, la vida urbana y la maximización de los encuentros heterosexuales”.

 

Pero, en segundo lugar, Hefner llevó ese sueño mucho más allá, hasta forjar un escenario monumental para los sueños de masculinidad exuberante. En la puerta de entrada a la que es su casa definitiva, la Mansión Playboy, Hefner colocó un lema que rezaba “Si no te meneas, no llames”, la mejor advertencia de lo que parecía esperarnos dentro. Pero la casa Playboy suponía mucho más que un simple lugar de fantasía heterosexual. Porque allí residía Hefner, quien se paseaba por la masión en batín y rodeado de chicas neumáticas, y también porque era el lugar de producción de la revista, un búnker herméticamente cerrado, una peculiar residencia de señoritas y un espacio privado en el que la intimidad no existía. Y todo ello, dibujado bajo una estética ciertamente Disney, como un parque de atracciones para adultos en el que las prácticas de burdel se hubieran revestido de kitsch.

 

Para Preciado, Hefner y su imperio no eran otra cosa que una empresa multimedia de producción arquitectónica, dedicada a la difusión de modelos de comportamiento de fabricación de fantasías sexuales. En un entorno en el que “lo que es moderno en la arquitectura moderna no es el funcionalismo ni los materiales sino su relación con los medios de comunicación de masas” bien podíamos decir que Hefner estaba vendiendo una utopía (la de un mundo siempre dispuesto a ofrecer satisfacción) que operaba como escape, para el varón occidental, respecto de una sociedad con normas rígidas. 

 

¿Quién teme al Bauhaus feroz?, el texto de Tom Wolfe, también nos habla de la arquitectura en los tiempos de la guerra fría pero lo hace desde otra perspectiva, mucho más irónica, y con un tono acertadamente periodístico. Si Preciado nos contaba cómo trataban de huir de su realidad los varones masculinos soñando con una Disneylandia del sexo, Wolfe prefiere subrayarnos cómo la burguesía de la época trataba de huir de sí misma, lo que se hacía especialmente patente en su estética.

 

Así, afirma Wolfe, la arquitectura de su tiempo, uno de los más prósperos de la Historia, carecía de todo signo de exuberancia, de fuerza, de optimismo y grandeza, signos que eran interpretados como pruebas inequívocas del mal gusto. Lo paradójico era que esa tarea de contención en el fondo desagradaba notablemente a quienes pagaban las construcciones, que imaginaban edificios mucho más vitales, pero que terminaban abrazando a quienes ponían en pie líneas rectas de acero y cristal. No es extraño, pues, que triunfaran arquitectos como Walter Gropius, cuyos objetivos explícitos eran partir de cero en las formas arquitectónicas y alejarse totalmente de lo burgués. Finalmente, quienes financiaban las obras no hacían más que cumplir la máxima de Warhol, “nada más burgués que el miedo a ser reconocido como  burgués”.

 

Del mismo modo, La palabra pintada, el otro ensayo que contiene el libro de Wolfe, nos habla de un público con posibles que aplaude una pintura que no entiende, que no le produce placer alguno y cuyos presupuestos estéticos le parecen una boutade. Pero el texto va mucho más allá del retrato de un grupo de personas adineradas celebrando la Danza de los Bohemios o de la descripción de cómo la Gran Teoría sustituyó al arte, consiguiendo que gocemos con una notable pieza de periodismo, trazada con gran pulso narrativo, sentido del humor y notable capacidad de observación.

 

En definitiva, estamos ante dos obras, la de Preciado y la de Wolfe, plenamente representativas de sus diferentes épocas; el americano, porque realiza un tipo de periodismo (muy neoyorquino) ya prácticamente imposible en un gran medio; y el de la burgalesa porque muestra, a través de la profundización en las teorías foucaultianas, los aciertos y errores del ensayo contemporáneo más llamativo.

 

RegularPornotopia. Arquitectura y sexualidad en 'Playboy' durante la guerra fría. Beatriz Preciado. Ed. Anagrama. 222 páginas. 17,50 €.

 

RegularLa palabra pintada & ¿quién teme al Bauhaus Feroz? Tom Wolfe. Ed. Anagrama 262 páginas. 18 €.

 

 

OPINIONES DE LOS LECTORES, 1 COMENTARIOS

1 .- Hola,
lo que Hefner llama “la liberación masculina de la ideología doméstica” yo lo llamo el objetivo de destrucción de la familia, disfrazado, y de paso un ataque a los principios morales...en fin, un cumplimiento de la agenda.

pepitxispi

31/05/2010, 12:06 h.

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