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Miércoles, 9 de diciembre de 2009

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Cínicos, arribistas, poderosos

libroVesko BranevEl hombre vigilado

Esteban Hernández. - 22/11/2009

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Vesko Branev, escritor y cineasta búlgaro emigrado a Canadá tras la caída del Muro, descubre cuando desclasifican documentos concernientes a la seguridad del estado un grueso volumen en el que se recogen los informes que la policía política búlgara encargó sobre sus actividades. Con su lectura sabrá no sólo que el grado de vigilancia era mucho más intenso de lo que pensaba, sino que familiares, conocidos y amigos (desde su cuñado hasta compañeros del colegio) estuvieron entre los informantes habituales. Apoyándose en esos informes, Branev irá trazando su autobiografía, describiéndonos a su través mucho más que las vicisitudes de una existencia relativamente anodina, las características de la sociedad en la que vivió y las de los personajes que la poblaban.

 

En ese sentido, sería sencillo abordar la obra de Branev como la simple lucha entre un individuo que aspira a la libertad y unas instituciones de control panópticas que pretenden volver transparentes la vida de sus ciudadanos. Sin embargo, lo que hace grande este libro no tiene que ver con la policía secreta, con informantes en cada esquina, con un orden paranoico; tampoco con las constricciones vitales que impone un régimen en el que no existe posibilidad de expresar ideas políticas diferentes; y tampoco con el retrato al detalle de los tremendos mecanismos represivos del régimen comunista. Todo esto, además ya nos ha sido contado en reconocidas obras que ahondan en las consecuencias del totalitarismo. No, los méritos, que son muchos, de El hombre vigilado tienen que ver con su espléndida descripción de la vida cotidiana en circunstancias excepcionales.

 

Branev teje aquí un excepcional documento sobre el alma humana en el reino de la razón instrumental, construido a base de pequeñas historias, detalles robados y vidas condensadas en pocas líneas. La manera en que se expresan las fortalezas y debilidades de los personajes (reales) que Branev trae a colación, la forma en que cada uno de ellos responde a las contradicciones en las que el régimen les sitúa y las relaciones que establecen con su conciencia conforman una perfecta fotografía acerca de cómo los individuos pueden ser construidos por el entorno y en qué se convierten las resistencias privadas a la presión social. Además, el autor búlgaro sabe dar con el tono literario correcto, exhibiendo un estilo ágil y preciso con el que nos narra con sutileza y vigor una casuística numerosa.

 

Pero, además, y esto es lo esencial, Branev no se limita a describir un estado de cosas, sino que nos ofrece material de primera mano para poder reflexionar sobre nuestro mundo. Así, y en primer lugar, El hombre vigilado bien nos puede servir para explicar el hundimiento estrepitoso de la Europa soviética. El autor cuenta cómo, en el comunismo tardío, las ideas explícitas en las que se basaba el régimen quedaban sólo para uso del pueblo; quienes formaban parte del juego de poder sabían que lo importante no eran la fidelidad a los principios del estado, y mucho menos a los ideales, sino el simple pragmatismo egoísta: se trataba de ascender, de gozar de mayores privilegios, de conseguir una vida más cómoda. Branev afirma que el comunista medio no era un fanático que quería construir a la fuerza una sociedad ideal, sino un arribista cínico que hacía lo que le encargasen para asegurarse un puesto privilegiado y un nivel de vida superior. Por eso, la única fidelidad que practicaban era respecto de aquellos que les podían hacer subir en la escala: no creían en las ideas pero sí en los poderosos. Y en cuanto una sociedad es dirigida y soportada por cínicos oportunistas, basta con que alguien sople a las puertas para que su estructura, ya de cartón piedra, se desplome. A lo largo de la historia, diversos imperios sucumbieron, más que por el empuje de sus enemigos, por haberse consumido internamente, y el de la Europa soviética, nos cuenta Branev, fue uno más de esa clase.

 

En segunda instancia, El hombre vigilado sirve para que nos planteemos, como hace en el prólogo el premio Príncipe de Asturias Tzvetan Todorov, si algo de aquella sociedad nos resulta aplicable a las democracias occidentales. La conclusión es obviamente negativa, dice Todorov, ya que vivimos en un régimen político distinto que apenas encuentra puntos en común con ese entorno totalitario. Por lo tanto, la utilidad de estas obras, al margen de su valor histórico, estaría en recordarnos qué puede volvernos a ocurrir si ignoramos las amenazas totalitarias, que también laten en el seno de la democracia. Sin embargo, cuando Todorov afirma que el dogma de la igualdad de los ciudadanos no era más que la fachada que escondía una sociedad de castas tejida en círculos alrededor del poder; o cuando Branev asegura que allí todo era apañable, negociable y acuñable; o que el nepotismo y el favoritismo campaban por sus respetos; o que las leyes no servían para nada, mientras que las influencias eran decisivas; o que los ideales se habían convertido en banalidades públicamente utilizadas; o que allí todo el mundo pensaba que lo mejor era no dar problemas, ser servil con el poder y buscar el propio interés… Cuando se afirma todo eso, el lector comienza a sospechar que no son tantas las cosas que nos separan.

 

RegularEl hombre vigilado.Ed. Galaxia Gutenberg, 420 págs, 18 €. Comprar libro

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Opiniones de los lectores (2)

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2. usuario registrado marketingbelow»23/11/2009, 17:48 h.

La libertad del individuo es la única gran diferencia [que no es poco] entre un régimen totalitario y nuestra falsamente llamada "democracia".

El resto es muy similar, salvo que en la democracia se practica el deporte de votar cada 4 años para cambiar unas caras totalitarias por otras que, aunque pertenecen a la misma casta dominante, son de distinto grupo depredador/totalitario.

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1. usuario registrado izaldu»23/11/2009, 17:20 h.

Shhhhh ... que lo confisca Rubalcaba ...

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