@Esteban Hernández. - 20/09/2009

Hace tres años Warren Buffet convocó una rueda de prensa a la que acudió agitando en sus manos cuatro cartas. Tres de ellas estaban destinadas a cada uno de sus hijos, a los que legaba mil millones de dólares por cabeza. La otra, la que contenía el destino del resto de su enorme fortuna, unos 31.000 millones de dólares, tenía como destinataria la Fundación de Bill y Melinda Gates.
Tal acontecimiento, notablemente publicitado, puso de actualidad las actividades filantrópicas, pero también relanzó la pregunta sobre el papel que deben jugar los milmillonarios en el diseño de nuestra sociedad. Y según los autores de Filantrocapitalismo (Matthew Bishop, corresponsal jefe en Nueva York de la revista The economist; Michael Green, profesor de economía), seguidores de los postulados de Andrew Carnegie, quienes que más se benefician de la prosperidad económica “tienen el deber de usar su dinero y su talento para hacer del mundo un lugar mejor”.
Es en este sentido que señalan el poder de los ricos para cambiar el mundo: su actividad caritativa, destinada fundamentalmente a la investigación científica (con especial atención al genoma), a asegurar que habrá posibilidades educativas para buena parte de los habitantes del planeta, a intentar acabar con enfermedades como la malaria o a paliar el cambio climático, es la mejor opción, dicen Bishop y Green, para reconducir los problemas en los que estamos inmersos.
Idea imposible
En el siglo pasado, se pensaba que los conflictos (empezando por el de la correcta distribución de la riqueza) debían ser resueltos por el Estado a través de mecanismos institucionales regulares financiados mediante los impuestos. Y esa es una opción a la que hoy se invoca con cierta frecuencia en el ámbito teórico: deberíamos reforzar la acción estatal, elevando la carga fiscal de los hiperricos y de sus empresas de manera que contásemos con más recursos públicos para afrontar los nuevos escenarios. Sin embargo, lo que cuentan Bishop y Green no es que esa posibilidad sea buena o mala, sino que resulta imposible.
Desde hace 30 años, los gobiernos están perdiendo capacidad de acción, y más aún en lo que se refiere a su capacidad impositiva. Dado que la prioridad es el crecimiento, la función principal de los Estados consiste en atraer capital, lo que no puede hacerse aumentando los impuestos. No sólo porque los capitales gocen de una enorme movilidad, sino porque los inversores están notablemente asesorados (contables, abogados, etc) y siempre encuentran el modo adecuado de evitarlos.
Pero como los problemas continúan aumentando, desde el terrorismo sin Estado hasta las nuevas enfermedades pasando por los derivados de la crisis económica, los autores insisten en la necesidad de que los ricos y los hiperricos no cierren los ojos a la sociedad y se impliquen activamente en ella. Máxime cuando vivimos en una época en la que aumenta el resentimiento de la parte inferior de la clase alta contra los súperricos, y en la que cada vez hay más distancia entre los ricos y el resto de la sociedad.
Margen de acción
En ese contexto, no es extraño que reaparezca como prioritario el asunto de la estabilidad social. Así es para Bishop y Green quienes, citando a David Rothkopf, autor de El club de los elegidos, afirman que la historia es el resultado de la negociación “entre los ricos y poderosos y los menos afortunados, pero igualmente peligrosos: un regateo sobre el precio que hay que pagar por la estabilidad”. Por eso, avisa, si quienes más tienen no hacen uso de sus privilegios para mejorar la sociedad, podrán encontrarse con “una reacción política violenta del público contra el sistema económico que les permitió enriquecerse”.
Además, los hiperricos tienen mucho más margen de acción para solucionar las cosas que las élites tecnocráticas y políticas, ya que ellos están libres de las habituales presiones que sufren los políticos, los expertos e incluso los consejeros delegados de las grandes empresas, que siempre tienen accionistas a quienes complacer.
Es por eso que, insisten los autores, si queremos hacer del mundo un lugar mejor, el modelo es el filantrocapitalismo. Con él, además, llegará un nuevo “contrato social”: los ricos y los súperricos se comprometerán a ser transparentes y a revertir parte de sus ingresos en beneficio de la sociedad y, a cambio, ésta aceptará el nuevo terreno de juego (incluyendo el cese de las críticas a los milmillonarios por parte de los políticos populistas). En fin, que los autores proponen una peculiar refundación del capitalismo apoyada en la voluntad de hacer el bien de los que más tienen.
Pero apoyarse en la simple intención puede ser un problema, ya que la dificultad mayor que encuentran Bishop y Green en su propuesta es la falta de predisposición de gran parte de los ricos, quienes todavía no han entendido el mensaje y se hacen los remolones a la hora de poner a trabajar su dinero en causas sociales. Quizá los autores, antes de escribir el libro, hubieran debido recurrir al refranero español, que ya avisaba de que el rico lo es no por lo que gana, sino por lo que no da.
FILANTROCAPITALISMO. Cómo los ricos pueden cambiar el mundo. Matthew Bishop & Michael Green. Ed. Tendencias/ Urano. 445 páginas. 22 €
Opiniones de los lectores (1)
1.
antomuca»20/09/2009, 15:43 h.
En EEUU es posible que los ricos [Gates , Bugget, Packard,etc]destinen el 95% de su riqueza a los mas desfavorecidos. En España los ricos como Botin . Albertos , March, del Pino, Entrecanales como mucho pagan a los polticos que les han hecho ser aun mas ricos , pero se cuenta con los dedos de un manco los ricos que han empleado e filantropia mas de 1% de su fortuna. Una verdadera pena y como siempre mucho que envidiar de ese gran pais que es USA y que aqui por envidia despreciamos.
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