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En el mundo hay dos tipos de personas: de perros y de gatos -además hay una minoría de acuario, de lagarto, de serpiente y aun de tarántula; es cierto, también los hay “amascóticos”-. Patricia Esteban Erlés es una persona de gatos, aunque dedique su nuevo libro de cuentos, Azul ruso, también a sus perros, para que no haya peleas.
Un azul ruso es, como cualquier gatuno sabe, una raza con un pelaje espeso y suave, de color de plata vieja, con una apariencia aristocrática, si bien es uno de los felinos domésticos más cariñosos. En el colofón del volumen se anota la coincidencia de su impresión con el aniversario de la fiesta en la que el zar Alejandro II regaló a la zarina una pareja de esta raza, llamados Kniaz Oleg y Dama Petrovna. Unos antecedentes de categoría para un animal esencialmente literario.
Desde el gato con botas al Church de Stephen King, pasando por Beppo, Plutón o el Gato de Chesire, la literatura está repleta de gatos. Con nombre de polemista romano, Felis silvestris catus, es el tótem de la literatura, como se ha encargado de señalar Antonio Burgos, pero también lo es de la nueva física y aun de las artes plásticas. Los perreros estamos en desventaja, a pesar de Argos, Colmillo Blanco y Flush -y, por volver al maestro del terror contemporáneo, el baboso y terrorífico Cujo-. La potencia del gato como elemento narrativo queda, en este volumen, confirmada; hay gatos por doquier, protagonistas, secundarios y de atrezzo. Hay hombres que devienen gatos -no es una novedad la metáfora del gato por el hombre- y gatos reverdecidos -“Criptonita”- como paso intermedio hacia la iguana -“Mudanza”-.
Podemos encontrar otras constantes en la obra, todas ellas trágicas. Esta compilación es decididamente azul, un término que en castellano, aunque menos explícitamente que en inglés, sugiere tristeza. Junto a discapacidades de diversa índole y catástrofes -incendios, accidentes de tráfico, de avión-, la novela está marcada por la presencia en negativo de niños -hay un símil que unifica ambos temas: “El sonido alargado del agua creciendo en la oscuridad, como los niños y las enfermedades” (p. 76)-. Niños que han muerto o que no han llegado a nacer; incluso, habiendo vivido, señalados por un pasado funesto. Buena parte de la carga traumática de los personajes está relacionada con estas pérdidas o faltas infantiles que, como un complejo de culpa, les arrastra a la destrucción -excepto en un caso, “Porvenir”; en otro la destrucción viene precedida de una metamorfosis, “Azul ruso”-. Son personajes que se sienten “como el veterinario vocacional que gasea mascotas en su perrera” (p. 25).
A pesar de la amargura que unifica el tomo -junto con lo fantástico, que no es una atmósfera, sino un hecho cotidiano más; los sucesos extraordinarios ocurren con la misma naturalidad con que, en las novelas del boom, los personajes se ponían a levitar- se percibe en las dedicatorias y agradecimientos la felicidad por la escritura. Lo escrito será amargo, pero la escritura es alegre a pesar de todo, catártica.
Esa escritura es funcional, sencilla, pero temblequea cuando debe afrontar el esfuerzo de la metáfora a pesar de que a nivel conceptual es muy metafórica. Algunos relatos, como “Piroquinesis” o “Mahou”, son buenas semillas que no terminan de fructificar en la manzana roja y lustrosa que el horticultor ansía, lo que -junto a relatos decididamente convencionales como “Hungry for your love”- da un tono irregular al conjunto. Mas hay un relato que sobrepasa holgadamente a los demás, en el concepto, el desarrollo y la escritura, el espléndido “Azul ruso” que da nombre al conjunto. Aquí sí triunfa la metáfora tanto en el nivel estructural del relato como en el del tropo. Compone una imagen de trágica belleza, condenación, maldición, con una atmósfera intensa, con una luz espectral, y unos personajes sobresalientes y misteriosos. Es una pieza soberbia, que debería figurar en cualquier antología de relato fantástico actual.

Azul ruso, ed. Páginas de Espuma. 144 págs. 14 €. Comprar libro.
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