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Lo erótico... sin meterse en harina

@María José S. Mayo - 12/09/2009

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Lo erótico... sin meterse en harina
 'Breve encuentro'.

-¿De dónde vienen los niños?

 

Sí, también llegó el momento en que yo les hice esa pregunta a mis progenitores, y reconozco que me terminé enterando un pelín tarde. Verán, es que en mi casa mi padre tenía monopolizada la pequeña pantalla y ahí solo se veía cine clásico. La verdad es que en mi caso no tuve problema y nunca le llegué a decir aquello de “¡Jó, qué rollo, la peli es en blanco y negro!”, porque la tele, color, lo que se dice color, no llegó a tener hasta bastante más tarde.

 

En fin, que se me agudizó el sentido del gusto cinematográfico, pero terminé acostumbrandome a una visión del mundo un tanto particular. Me pasé mis años de niñez viendo películas en las que las parejas se daban besos castos, se cortaban las escenas posteriores a los encuentros amorosos nocturnos, y, por supuesto, nunca se compartía almohada, por lo que era muy común que las parejas en cuestión durmiesen en camas separadas. Así cualquiera se hacía la idea de que los niños vienen por no sé qué milagro de la naturaleza: París, un simple intercambio de saliva, o quererse mucho. Por supuesto, no tardada en desengañarme en esos pequeños descuidos en los que aprovechabas para cambiar el canal y aparecían las imágenes clarificadoras. O cuando algún familiar un tanto despistado te llevaba al cine a ver películas presuntamente educativas como En busca del fuego, y descubrías que había otras maneras de calentarse, y no precisamente con unas cuantas ramas.

 

Con el paso del tiempo y con tanta explicitud, empezabas a añorar esa edad de inocencia e incluso descubrías que, muchas veces, la fuerza erótica de una escena no provenía precisamente de que sus actores se metieran en harina. En La reina Cristina de Suecia, Greta Garbo recorría y palpaba cada palmo de la habitación en que había disfrutado de su amor con John Gilbert y se te ponía la piel de gallina. O cuando se miraban Celia Johnson y Trevor Howard en Breve encuentro, ahí sí que había pasión. También en esos instantes de Ordet en los que la protagonista se comía, literalmente, a besos a su marido.

 

En L’Atalante, una maravillosa historia de amor en un barco, me parecían muy elocuentes los momentos en que se mezclaban las imágenes de sus protagonistas, inmersos en sueños enfebrecidamente carnales. Me encanta la profundidad amorosa que desprenden muchas escenas del Adiós a las armas de Frank Borzage, o la de otra de Gary Cooper, Marruecos, en la que Marlene Dietrich a las órdenes de su amado Sternberg se arrancaba su collar de perlas y corría detrás de su enamorado.

 

Y muchas, muchas más, que me sigue encantando descubrir. No hay nada como sentir la carga erótica que hay en un encuentro, en una mirada, en un pequeño gesto. Y por qué no, reirse de los meandros que sus guionistas tenían que inventar para hacer ver que había consumación. Puro ingenio el suyo. Pura delicatessen para cualquier cinéfilo de pro.

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