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LA HIJA DEL ACOMODADOR

Enferma… y no de amor

@María José S. Mayo - 09/01/2010

Enferma… y no de amor

No sé por qué me estaba acordando de una escena mágica: aquella en que un infantil Roddy McDowall observaba desde su convalecencia en la cama a unos pajarillos a través de la ventana en ¡Qué verde era mi valle! Bueno, realmente sí sé por qué me ha venido a la memoria, pues me he convertido, a la manera de Quevedo, en una nariz a un pañuelo pegada. Me he dejado invadir por ese estado febril que te hace ver las cosas de una forma, digamos, ligeramente alterada, y que consigue que cualquier pequeño detalle te parezca la más maravillosa de las aventuras.

 

Me acordaba con toda esta odisea de analgésicos, celulosa y termómetros de esos momentos de El apartamento en que `Mister Celofán´ Jack Lemmon se encuentra en su prostituido apartamento con la querida del jefe, la chica de los ascensores: la adorable Shirley MacLaine. La pobre se había puesto malísima por la desesperada ingesta de medicamentos, y Lemmon intenta con la valiosa ayuda de su vecina que se recupere. Cuando por fin se levanta, hacen espaguetis y los escurren con una raqueta. Aunque no juegue al tenis, siempre quise tener una para repetir en algún momento de mi vida esa hazaña.

 

También pienso en El hotel de los líos y la que montan Groucho y sus hermanos para no tener que abandonar su habitación, a la espera de que algún pez gordo les financie su obra de teatro. Uno de ellos tendrá una misteriosa dolencia que evitará que les echen a patadas del edificio.

 

Pero lo más curioso que te puede dar una enfermedad ligeramente febril es el cambio en la percepción de ciertas películas. Crees que te podrás distraer viendo alguna cosa, pero ¡ojo con lo que eliges! Bajo ningún concepto es recomendable ver cositas de Joseph Losey, como El sirviente; o esa Mujer pantera de Tourneur, que te hará creer que tú también en tus ratos libres eres capaz de sacar tus garras felinas. Descartados experimentos de los 70 y principios de los ochenta al estilo Ken Russell y su Viaje alucinante al fondo de la mente, o el Tron de Disney. También los periplos bizarros de Von Trier, Kim Ki-Duk o Aronofsky. Pueden hacer que la temperatura te suba un par de grados.

 

Hay que evitar olvidarlo. Cine amable. Sin complicaciones, que la emoción la pondrán sus décimas de calor. Se puede optar por probar con esa comedia tontona que han puesto cinco mil veces en la tele o, sin salirse del tiesto, por esa película de Errol Flynn que en condiciones normales se revela quizá demasiado falta de contenido. Eso sí, nunca vean uno de sus títulos favoritos: el cambio de ánimo puede rebajar considerablemente su disfrute.

 

Yo esta vez me he recetado Gente corriente y El club de los cinco, por aquello de tener una regresión adolescente que me haga recuperar la salud. Ya habrá tiempo para volver a Bergman y compañía.

 

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