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LA HIJA DEL ACOMODADOR

Desnudos ante el espejo

Glenn Close ante su tocador en el final de 'Las amistades peligrosas'.

@María José S. Mayo - 03/04/2010

Tantas veces al día nos miraremos en el espejo… y tantas sensaciones diferentes las que proyecta nuestra imagen reflejada. El cine, como muchas artes puede convertirse en uno pero los ha utilizado dentro de sus encuadres hasta la extenuación.

 

Las escenas que más atracción han sentido por ellos han sido aquellas en las que las féminas se miraban en uno de ellos poniendo de manifiesto el descubrimiento de su deseo, de un sentimiento amoroso muy fuerte. Recuerdo especialmente un momento de Los puentes de Madison en que Meryl Streep se desnuda ante el espejo después de que hayan vuelto a resurgir sentimientos hasta ahora escondidos.

 

Otros, como Robert de Niro en Taxi Driver, ponen en evidencia otro tipo de ansias: Holden Caulfield se dispone a hacer justicia social y ensaya ante el espejo sus pasos: “Are you talking to me?”, dice mientras apunta con su pistola. Y es que parece que el hombre se deleita -el protagonista de American Psyco en alguna escena sexual-, ve sus posibiliades de ser otra cosa, mientras la mujer toma conciencia de sí misma.

 

Introducido en el tocador, ha sido una de esas piezas estrella con las que deleitarse en películas de época. Muy llamativa era la escena final de la muy efectista y resultona Las amistades peligrosas; un momento de esos en los que Glenn Close te dejaba sin respiración. Sentada ante el espejo se quitaba todo su maquillaje tras haber quedado en evidencia delante de esa alta sociedad que antes manejaba a su antojo.

 

Si en la pintura servía para demostrar las capacidades del artista al dar una nueva dimensión a lo pintado, o, sobre todo, aprobar con nota en la dificultad de capturar con precisión una superficie tan esquiva, en el cine tuvo un papel muy similar. Para el genio de Orson Welles fue una obsesion. Recuerden las magníficas imágenes de La dama de Shangai con la ayuda del siempre fiel sincopado que aporta un cojo –que se lo digan a Jim Sheridan en los primeros compases de En el nombre del padre-, o su conjunto de experimentos estéticos de Ciudadano Kane, que comienzan con la escena deformada de la enfermera que entra en la habitación tras la muerte del magnate de la prensa.

 

En el Gertrud de Dreyer, nuestra melancólica protagonista se mira en el espejo acordándose de su primer amor, el que se lo regaló para que cuando se despertase siempre viese algo bonito. Pero tantas películas de terror lo han utilizado para inquietarnos con imágenes que son el reflejo de algo que no debería estar ahí. Otros, como por ejemplo Arturo Ripstein, no han dudado en aparecer en ellos con la cámara detrás de sus protagonistas en un movimiento un tanto brechtiano para que no nos dejemos invadir por la historia, para que no perdamos de vista su naturaleza de recreación.

 

Es un elemento solo apto para los mejores cineastas; el complemento ideal con el que enriquecer una historia. Cuando otra vez se sitúe ante él, piense en su capacidad de ponerle ante una verdad desnuda. Si es que sabe mirar bien...

 

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