¿Qué queda de la Expo 92 de Sevilla? 25 años después de su inauguración, el recinto de La Cartuja continúa siendo el teatro de los sueños –algunos cumplidos y otros ya rotos que se atesoran en el desván de la memoria colectiva–para el que fue concebido. Pabellones efímeros, siempre recordados como el de Japón; otros que continúan en pleno uso como el de Marruecos o Italia y nuevos espacios de innata vocación científica conviven con otros entornos de la isla abandonados, donde la maleza y el despilfarro cabalgan todavía sin remedio.

Esta fue una muestra universal, aquella que situó a España en el mapa moderno, la primera que se organizaba en el mundo tras la de 1970 de Osaka. Y en Sevilla tuvo que ser, una ciudad clásica, la que representa la esencia de los valores tradicionales españoles. La capital andaluza se transformó durante medio año en un oasis de tecnología punta que mostraba ocho años antes del fin de la centuria los últimos avances y lo que ya se adivinaba del siglo XXI: fibra óptica, 3D, alta definición, pantallas táctiles…

En la cafetería del recién estrenado Caixa Fórum, junto al rascacielos de Torre Sevilla diseñada por César Pelli, se reúnen cuatro jóvenes amantes de un recinto que dos conocieron en edad adolescente: otro tenía cuatro años y al más joven aún le faltaba un lustro para nacer. Son los representantes de la Asociación Legado Expo, que ejerce de motor nostálgico de la muestra universal.

Sevilla fue concebida como una Exposición Universal que readaptaba infraestructuras utilizadas, pero no se pensó un uso para todos los espacios. Aún así se conservan 32 pabellones de los 102 que hubo. Estaba previsto que fueran diez los que sobrevivieran al 12 de octubre de 1992, la fecha de clausura.

Una de las grandes ventajas del recinto, de 650.000 metros cuadrados de superficie construida y que recibió a 42 millones de visitantes, es cómo se convirtió en un polo de innovación con una red de fibra óptica y de comunicaciones, aire acondicionado y una red de agua propias aprovechando la vecindad del río Guadalquivir.

Se conservan 32 de los 102 pabellones que hubo

Tras la Expo se pensaba que la Cartuja sería un espacio idílico, futurista, como lo que fue durante los seis meses que duró la muestra. No fue así. La crisis de 1993 y 1994 ralentizó el empuje del proyecto de Cartuja 93, el parque científico y tecnológico que aprovechó las infraestructuras existentes, además del entorno creado con el Teatro Central, el Pabellón de la Navegación y el CAC (Centro de Arte Contemporáneo) como triple eje cultural de la isla, aparte del de ocio con Isla Mágica, el parque de atracciones construido sobre la mayor parte de la superficie del Lago, donde cada noche de la Expo se disfrutaba de un espectáculo, o la Plaza Sony donde se siguen celebrando conciertos al aire libre.

La Cartuja, que no es un distrito independiente y pertenece al histórico de Triana, sigue sin tener viviendas. Es lo único que le hace falta: hay farmacias, escuelas infantiles, kioscos… El PGOU de la ciudad no las contempla. Una década antes de proyectarse la Expo se planteó un área de expansión urbanística de la ciudad rodeando el Monasterio de la Cartuja, que se convirtió en el símbolo histórico de la Expo (la era de los Descubrimientos), porque allí fue donde Cristóbal Colón preparó su viaje a América. No se hizo y sigue sin contemplarse, con la única excepción de viviendas para estudiantes e investigadores, pero el proyecto (si se llega a aprobar) aún no está maduro.

“No podemos pensar en la Cartuja sólo como un espacio de trabajo o empresarial; hay que abrirla a la ciudadanía o al turismo. Yo soy estudiante de ingeniería de Caminos [Ingenierías y Comunicación son las dos únicas facultades que hay en la isla] y cuando salgo de clase a las 21 horas todo está muerto, no hay nadie”, lamenta Jaime Sierra, el benjamín de la asociación Legado Expo, y que atesora un conocimiento enciclopédico de lo que es y fue el recinto.

Lo que no se entiende, aporta Alberto Martín, vicepresidente del Legado, de 40 años, que ya en 1989 iba todos los domingos en autobús a ver cómo iban las obras, es que el parque tecnológico está vallado completamente. “Eso limita la interacción con la ciudad. Si lo quitaran se podría percibir desde fuera que es más accesible y te invitaría a pasear”. “Muchas veces el turista se ve perdido y no pasa más allá del canal o ahora del Caixa Fórum”, indica Ramón López, comisario de la exposición que se organiza para celebrar los 25 años.

Rafael Ruiz, arquitecto, valora el legado que supone pabellones como el de Hungría, en riesgo de desaparición. En la puerta un anuncio de Magnum con Eva Longoria ¿Fue un despilfarro la Expo? En la asociación son optimistas: “Para la repercusión y éxito organizativo que resultó y lo que nos dejó luego no fue demasiado costosa”. En la muestra trabajaron 150.000 empleados y el volumen de negocio alcanzó los 300.000 millones de pesetas sólo en Sevilla y su provincia. El Tribunal de Cuentas certificó que la muestra tuvo pérdidas económicas de 210 millones de euros.

Hay zonas que siguen descuidadas como el Pabellón de la Naturaleza. O el de los Descubrimientos, que se incendió unos meses antes de la Expo que estaba destinado a convertirse en el emblema y ahora está en ruina. El cine Omnimax cerró hace más de diez años. Y siguen instaladas las extensiones del telecabina por guerra de competencias entre la Junta y el Ayuntamiento. Los postes del telecabina y monorraíl estuvieron sin uso desde 1995 hasta 2006. “La gente dejó de usarlos, no era novedad y era muy caro de mantener. El error fue no haberlos quitado en 1992. Se dejó que la infraestructura se pudriera, se incendiara y eso creó una imagen de Cartuja abandonada que no se ajustaba a la realidad”, admite Martín, que se lamenta de cómo los vehículos invaden las aceras. Él es partidario de que exista una zona azul que regule los aparcamientos en este recinto de los sueños de futuro.

1. Pabellón de Marruecos

Uno de los pabellones que se construyó como permanente. Situado en el Camino de los Descubrimientos, fue un empeño personal del rey Hassan II. Nada más terminar la Expo se lo regaló al Estado que lo cedió para la creación de la Fundación de las Tres Culturas del Mediterráneo, uno de los pabellones mejor conservado y con más uso ciudadano. Lo gestiona la Consejería de Presidencia de la Junta de Andalucía. Su coste se elevó a seis millones de dólares y para su culminación se necesitó la presencia de 600 artesanos.

Frente a la sede de la fundación se encuentra el Pabellón del Futuro, que actualmente se está rehabilitando para acoger la sede del Archivo General de Andalucía. Una gran antena del Instituto Astrofísico de Sevilla y una reproducción en tamaño natural del cohete Ariane 4.

2. Pabellón de Japón

Todos lo recuerdan. Nadie quería que se esfumara después de la Expo. Era el más espectacular de los pabellones y considerado el de más calidad arquitectónica (lo ejecutó Tado Ando, luego Premio Pritzker en 1995) por su dimensión y singularidad al estar hecho completamente de madera. Fue diseñado para ser efímero, como la flor del cerezo en Japón (sakura).

Hoy es un solar sin uso alguno.

3. Pabellón de Italia

El pabellón de país con más superficie construida tras el de España y uno de los que mejor ha sobrellevado el paso del tiempo. Tenía un cine circular que imitaba un globo terráqueo con capacidad para atraer los sentidos. También contaba con un satélite que recorría el pabellón de punta a punta. En su interior estuvo durante años la sede de Cartuja 93.  Acoge ahora a empresas de tecnología punteras como AT4 Wireless o Telecom Ibérica.

En el hall del pabellón se encuentra una maqueta de toda la isla de la Cartuja. La reproducción se actualiza periódicamente y en ella ya figura la Torre Sevilla, el Parque del Alamillo, el estadio de la Cartuja, en el que se celebran conciertos, igual que en el auditorio Rocío Jurado. El Ayuntamiento de Sevilla no convenció ni al Real Betis ni al Sevilla FC para que abandonaran sus campos de fútbol.

4. Pabellón de Hungría

Una de las joyas de la Expo. Diseñada por el prestigioso arquitecto Imre Makovecz, se asienta sobre una parcela de 1.639 metros cuadrados. Fue propiedad del grupo Zent, holding controlado por el empresario Luis Portillo. En 2008 fue declarado Bien de Interés Cultural dentro del Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz junto a los pabellones de España, Andalucía, Francia, Finlandia y el de la Navegación.

Tras la Expo, la instalación llegó a ser un Museo de la Energía Viva. En la puerta del pabellón figura una máscara que recordaba la enemistad con los cristianos: el Pabellón de la Santa Sede se situaba frente al de Hungría. El espacio constaba de siete torres que simbolizaban las siete religiones del país.

Está en riesgo de desaparición por su falta de mantenimiento.

5. Pabellón de Finlandia

Situado junto al pabellón de Hungría, acoge la sede de Fidas (Fundación para la Innovación y Difusión de la Arquitectura). Imita a la Garganta del Infierno, un accidente geográfico finlandés. Consta de dos partes, una de ellas está construida en madera y representa la parte tradicional del país. La otra es metálica y simbolizaría el progreso industrial a la par que se hermana con la naturaleza.

Conserva un árbol de la vida, un sauce de pantano, disecado, traído directamente de Finlandia con raíces que se puede ver a través de un suelo de cristal.

6. Pabellón de Francia

La Francia de François Mitterand intentó simbolizar el poderío y la vanguardia francesa en la Expo de Sevilla a través de un cubo en profundidad que creaba un efecto caleidoscópico en el edificio, “un cielo de cristal de unos 15 metros, sostenido por cuatro delgadas columnas de fibra de carbono. Ese cielo cubre un pedestal bajo el cual, a 20 metros de profundidad, se encuentra el pabellón en sí”, escribió El País en la presentación del pabellón. Hoy es un vivero de empresas controlado por la Fundación Telefónica.

7. Pabellón de CEE

En 1992 ni siquiera existía el término Unión Europea. El pabellón de la Comunidad Económica Europea representaba la Europa de los 12. La reproducción gráfica de la bandera de Reino Unido continúa ahí. Debajo de la estructura se encuentran las oficinas centrales del Parque Científico y Empresarial de Cartuja, anteriormente denominado Cartuja 93.

El pabellón mostraba el futuro de lo que pretendía convertirse la CEE. Ofrecían Ecus, el antecedente de la moneda euro. Yugoslavia, a pesar de la guerra que sufría y la fracturaba de modo irreconciliable, se exhibió como país único. Alemania, también, a pesar de que presentaron sus proyectos de forma separada como República Federal y República Democrática de Alemania.

Y el diseñado pabellón de la URSS cambió de nombre: se transformó en el de Rusia.

8. Pabellón de México

Tiene un cactus centenario que se trajo de Mexicali, capital del estado de Baja California, como regalo de México a España. Se trasladó en un avión no sin polémica. El cactus iba a destinado al Ayuntamiento de Mexicali y los lugareños se opusieron a que se trasladara. El hijo de Juan Siles, el diseñador del pabellón, fue hace poco tiempo a Sevilla y estaba escandalizado con que se haya hormigonado el jardín que existía alrededor del cactus.

El pabellón está muy cambiado. Antes tenía una estructura metálica con sacos de tierra donde estaban plantadas flores de la que salía un puente que venía a significar la unión entre España y América. Junto a México se encuentran los pabellones de Corea del Sur, Puerto Rico, y Rank Xerox, que tenía como uno de sus grandes atractivos el poder hacer una fotocopia en color, un adelanto tecnológico que sorprendía en 1992.

9. Pabellón de Nueva Zelanda

Es otro pabellón efímero. Tiene la recreación del capitán Cook cuando llegó a las costas de Nueva Zelanda y cuenta con un escenario que está con unas claraboyas para dar luz al interior del espacio. Allí dentro había un espectáculo de danzas maoríes que tenía un éxito tremendo de público. “Eso hay que ponerlo en contexto. En 1992 no teníamos acceso a la información que tenemos hoy y poder ver en director danzas maoríes era muy llamativo”.

Frente a Nueva Zelanda se encuentra la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla en el solar donde estuvo el pabellón de Estados Unidos. La gran potencia mundial se planteó incluso no participar en la muestra. La Guerra del Golfo se ‘comió’ gran parte del presupuesto destinado a la Expo. Habían pensado incluso construir un museo espacial…

10. Auditorio de la SGAE

En el auditorio de la Sociedad General de Autores (SGAE), donde estaban los pabellones de Venezuela y Rusia, es uno de los símbolos del despilfarro de la Cartuja. Se acabó de construir en 2012, costó 72 millones de euros y sigue sin inaugurarse. El espacio es colosal: consta de 35.000 metros cuadrados y tiene un teatro de una capacidad para 2.000 butacas.

Junto al edificio de SGAE se encuentra el hospital privado de la Cartuja. La sociedad que lo impulsó (Instituto Cartuja Corporación) entró en concurso de acreedores. Fue un edificio construido por la sociedad estatal Agesa que invirtió 20 millones de euros con las plusvalías que generaba el alquiler de los locales de todas las propiedades que tiene en Cartuja. Muchos de los edificios siguen, sobre todo, los de llamada Banda de servicios (construcciones auxiliares a la muestra), perteneciendo a Agesa y a partir de 2010 a Epgasa (Empresa Pública de Gestión de Activos), dependiente de  la Junta de Andalucía.

Epgasa controla el pabellón de la Navegación, la Torre Schindler, la Nao Victoria, el pabellón del Futuro o el pabellón de España.También entre esos activos se encuentran el Teatro Central, el pabellón de la Naturaleza, el helipuerto, la guardería de la Expo, la torre panorámica, las estaciones del telecabina y un puñado de edificios.

El hospital estaba en Reino Unido. Tenía previsto especializarse en la investigación del genoma humano. El estudio MGM, compuesto por José Morales y Sara de Giles, consiguió por este proyecto el Premio Arquitectura Española. Sigue sin uso.

11. Tecnoincubadora

El Parque Científico y Tecnológico de la Cartuja (PCT Cartuja), antes conocido como Cartuja 93,  acoge a 423 empresas. Trabajan 16.400 personas. Uno de sus edificios más punteros es la Tecnoincubadora creada en 2010.

Lucía Tejero

Lucía Tejero, de 45 años, era una de las cuatro Curro. Estaba todo el día de un lado a otro del recinto. Hace dos semanas se volvió a vestir con el disfraz de la mascota en los actos de celebración de los 25 años de la Exposición Universal.

Fue en el Pabellón de Marruecos y, como hace un cuarto de siglo, querían darle besos, abrazos… “Vi esas caras de ilusión… Me sigo poniendo nerviosa y con un cosquilleo en el estómago cuando soy otra vez Curro. Es increíble que el cariño que tenían antes lo sigan teniendo ahora”, explica Tejero en declaraciones a El Confidencial.

Su jornada laboral se prolongaba unas 10 horas. “Éramos como Dios: estábamos en todas las esquinas y desde la mañana hasta cuando oscurecía, que era cuando teníamos menos trabajo”, dice esta Curro. Mamen, Ángel y Candela son las otras tres personas que ofrecieron el rostro amable de Expo.