tras dos décadas de gobiernos del pp

La prosperidad de Valencia se cae a pedazos lastrada por años de despilfarro y corrupción

La prosperidad de la Comunidad Valenciana, a la que su vecina Cataluña miraba de reojo hasta hace bien poco con una mezcla de envidia y recelo

Foto: El presidente de la Generalitat Valenciana, Alberto Fabra (EFE)
El presidente de la Generalitat Valenciana, Alberto Fabra (EFE)

La prosperidad de la Comunidad Valenciana, a la que su vecina Cataluña miraba de reojo hasta hace bien poco con una mezcla de envidia y recelo, resultó ser un espejismo. Tras casi dos décadas ininterrumpidas de gobiernos del PP, los valencianos pagan hoy los platos rotos de los excesos -y fueron muchos- de la era Camps. Despojada para siempre de las joyas de su sistema financiero -Bancaja y la CAM-, sin tejido industrial, carcomida por un índice de desempleo que supera el 28% y asfixiada por una deuda de casi 30.000 millones de euros, la región acaba de perder también un referente emocional y lingüístico: Canal Nou. Y con él buena parte de su autoestima colectiva.

Cuando Eduardo Zaplana apeó de la Generalitat al socialista Joan Lerma, en 1995, la televisión autonómica contaba con una plantilla que apenas llegaba a los 650 trabajadores. Ahora, con casi 1.700 empleados -no pocos de ellos familiares, amigos y enchufados del PP-, una deuda acumulada que roza los 1.400 millones de euros, una credibilidad engullida por la obscena manipulación de los gestores -léase comisarios políticos- nombrados por el partido y unos índices de audiencia raquíticos, Canal Nou se había transformado en un tumor que Alberto Fabra se ha visto empujado a extirpar de raíz, en parte por la torpeza con la que él mismo manejó el ERE que los jueces han acabado tumbando.

Rajoy, con Fabra y Barberá.
Rajoy, con Fabra y Barberá.
El actual presidente de la Generalitat llamó a Madrid para intentar a la desesperada que Cristóbal Montoro le diera un dinero extra con el que salvar in extremis la cadena. Pero el ministro de Hacienda se aferró a la ortodoxia del déficit y le dio con la puerta en las narices. Mariano Rajoy, que ni siquiera se le puso al teléfono, sigue apostando por Fabra no por convicción, sino porque no tiene recambio. Es un president débil y sin autoridad, incapaz de gobernar su propio partido -el líder del PP valenciano, Alfonso Rus, y la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, le ningunean en cuanto tienen ocasión- y que, para combatir su soledad y falta de apoyos, se ha rodeado de un reducido equipo de fieles -con el vicepresidente José Ciscar a la cabeza- muy cuestionado internamente.

Y, sin embargo, Fabra no es el principal responsable de que Valencia sea hoy una comunidad corroída por la corrupción y al borde de la quiebra. Es cierto que llegó al poder en 2011 sorteando las urnas y por el atajo del dedo de Rajoy, después de que éste se desembarazase por fin del lastre que suponía Francisco Camps; pero no lo es menos que la herencia recibida es demasiado pesada. Cuando fue investido presidente se encontró con casi un tercio de los diputados del PP en las Cortes valencianas imputados por corrupción en un sinfín de sumarios -Gürtel, Brugal, Emarsa...-, una deuda que representa casi el 30% del PIB regional, una renta per cápita un 12% inferior a la media del país y, por delante, un ingrato panorama de recortes del gasto social.

El 'crack' del sistema financiero valenciano

Fabra tuvo la mala fortuna de estrenarse en el cargo justo en el momento en que comenzaban a caer, una tras otra, las fichas de dominó del sistema financiero valenciano. En julio de 2011, el mismo mes en que llegó al poder, la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM) fue intervenida y adjudicada al Banco Sabadell. Poco después se desmoronó el Banco de Valencia, entregado en bandeja a La Caixa, y la última pieza en derrumbarse fue Bancaja, absorbida por Bankia. En pocos meses, con Fabra de espectador, la Comunidad Valenciana había perdido las tres joyas de la corona de su sector financiero, dos de las cuales -Bancaja y la CAM- habían presumido hasta anteayer de ser la tercera y la cuarta cajas de ahorros de España.

Buena parte de la desintegración del sistema financiero valenciano hay que atribuírsela a la negligencia de los dirigentes del PP, que pusieron al frente de los consejos de administración de las cajas a empresarios afectos y gentes del partido; al impúdico saqueo al que éstos han sometido durante años a esas entidades, convertidas en una agencia de colocación del poder político; y a la nefasta gestión de las mismas, siempre al dictado de las directrices emanadas desde la Generalitat y sus terminales. Y muchas veces con la callada complicidad de los socialistas valencianos, que hacían la vista gorda a cambio de puestos de consolación remunerados con jugosas dietas en las participadas o en las fundaciones.

Baste un ejemplo para ilustrar la calamitosa gestión de las cajas valencianas. Lo contaba recientemente en El Confidencial Ignacio de la Torre, del prestigioso Instituto de Empresa: el Valencia C.F. amplió capital en 2009 para evitar la bancarrota, pero sólo consiguió 19 millones de euros de los 92 que buscaba. ¿La solución? La fundación del club suscribió los otros 73 mediante un préstamo de Bancaja con la aquiescencia del poder político autonómico, por lo que el Instituto Valenciano de Finanzas (el brazo financiero de la Generalitat) avaló dicho préstamo, 305 millones en total, para levantar un nuevo estadio e incluso costear varios fichajes. A día de hoy, el Valencia sólo ha podido devolver 90 millones de los 305 adeudados.

Manifestantes en los accesos del aeropuerto de Castellón, en una foto de archivo. (Efe)
Manifestantes en los accesos del aeropuerto de Castellón, en una foto de archivo. (Efe)
Pero el hundimiento del andamiaje financiero no fue el único sapo que Fabra tuvo que tragar. El president también ha heredado, en forma de deuda, los proyectos faraónicos -y ruinosos- impulsados por Zaplana y Camps, desde el parque de atracciones Terra Mítica a la hollywoodyense Ciudad de la Luz, ambas en Alicante, pasando por el aeropuerto fantasma de Castellón, la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, la Copa del América o el circuito urbano, hoy en estado de abandono, para acoger las carreras de Fórmula 1, un capricho de Camps que se comió cerca de 90 millones de euros de las arcas públicas. Y gracias, porque el patrón Bernie Ecclestone acaba de perdonar a la Generalitat la penalización, también millonaria, por renunciar a la competición.

De aquellos polvos del despilfarro llegan ahora los lodos de los recortes. ¿Por qué iba a pensar el manirroto Camps, durante los años de bonanza, que el filón de oro del ladrillo se iba a agotar? Hasta que la burbuja inmobiliaria reventó, la Generalitat recaudaba dinero a espuertas gracias a la fiebre de la construcción -y la especulación- que salpicó el litoral valenciano de urbanizaciones, macrocomplejos, chalets, adosados, segundas residencias y engendros urbanísticos como Marina d'Or, cuya última ampliación, un parque de ocio bautizado Mundo Ilusión, ha sido recientemente anulada por el Tribunal Superior de Justicia valenciano. Aquella apuesta por el monocultivo inmobiliario y turístico también arrastró al sector financiero, y éste, a su vez, al tejido empresarial.

Catástrofe empresarial

La falta de crédito ha devorado a más de 35.000 pequeñas y medianas empresas de la Comunidad Valenciana sólo en los últimos cuatro años y en todos los sectores del tejido productivo, aunque se ha cebado especialmente en la construcción y la industria. Vicente Lafuente, presidente de la Federación Empresarial Metalúrgica Valenciana (Femeval), dio la semana pasada la voz de alarma: "Dos de las peores secuelas que nos está dejando esta crisis son la precariedad extrema a la que están llegando muchas pymes y la pérdida de la clase media empresarial".

Uno de los escasos dirigentes del PP fieles a Fabra, que prefiere permanecer en el anonimato, se lamenta de la prosperidad perdida y de la "invisibilidad" de la Comunidad Valenciana. "La corrupción nos ha hecho mucho daño", admite. Pero la herencia recibida de Camps y Zaplana ya no sirve de consuelo, entre otras razones porque los populares llevan gobernando ininterrumpidamente en la región desde 1995, y no hay un José Luis Rodríguez Zapatero autóctono a quien culpar del desastre. Tal vez por eso algunos recurren al sarcasmo como vía de escape a tanta calamidad. Un ejemplo: la página de Facebook La corrupción es como la paella: en ningún sitio la hacen como en Valencia ya tiene cerca de 25.000 seguidores.

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