ÁNGEL ORELLANA SE HIZO PASAR POR SACERDOTE CINCO AÑOS; OFICIÓ BODAS Y BAUTIZOS EN SEVILLA

Los 'daños colaterales' del falso cura

Cuando Aurora salió a hacer la compra, lo último que podía imaginar es que volvería a casa sin saber si estaba casada o no.  Fue en
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Los 'daños colaterales' del falso cura
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    Cuando Aurora salió a hacer la compra, lo último que podía imaginar es que volvería a casa sin saber si estaba casada o no.  Fue en la cola de la carnicería cuando escuchó el rumor que volaba por el barrio obrero de Pío XII, en Sevilla. El padre Ángel, el cura ecuatoriano de la parroquia,  había desaparecido. Y además no era cura. Aurora cerró el monedero, miró de reojo a las parroquianas que comentaban la noticia y entonces se dio cuenta. El padre Ángel Orellana la había casado hacía tres años. ¿Su matrimonio valía? Y se fue cabizbaja a buscar a su marido, por lo que pudiera pasar.

    La barriada sevillana de Pío XII, una zona humilde de Sevilla, entra y sale estos días de la parroquia de Santa María de las Flores y San Eugenio queriendo saber si está en pecado o en gracia de Dios, si sus hijos fueron bautizados de verdad, sus matrimonios valen o hay que repetir las primeras comuniones. La culpa la tiene el falso cura que durante cinco años más que un estafador de sacramentos parecía un santo llegado a un barrio pobre para endulzar en lo posible el duro destino de los desheredados.

    Ángel Orellana, de cuarenta años, llegó hace un lustro a Sevilla con la supuesta intención de hacer un máster. Con una falsa documentación de religioso ecuatoriano se encomendó a la Curia para que le dejaran ayudar en una parroquia y lo dirigieron a la de Santa María de las Flores y San Eugenio. Para el octogenario párroco de la iglesia, el padre Joaquín, la aparición del supuesto religioso fue una bendición del cielo. Ángel se movía por la sacristía como por su casa, manejaba las estolas y casullas con maestría y sabía ganarse a un vecindario poco religioso pero necesitado en muchos casos de la caridad y oficios parroquiales. Tanto es así que los vecinos le recuerdan con cariño y pasan por alto el fraude eclesiástico al que les sometió. En los bares y lugares públicos de Pío XII los parroquianos se toman con humor la fuga del falso cura y sólo los afectados se preocupan por su situación legal en relación con el Derecho Canónico.

    El que esté casado, casado está

    Para evitar que los fieles adscritos a la parroquia de Santa María de las Flores pongan en cuestión el movimiento del hisopo, el Arzobispado advierte que los matrimonios y bautizos son válidos  -aunque ilegítimos- por haberse realizado ante la comunidad de creyentes. Es decir, tanto Aurora como otros parroquianos casados por Orellana pueden dormir tranquilos, si no lo consiguen no es por culpa de la Iglesia.

    Sin embargo, aquellos que se hayan confesado o recibido la Eucaristía del falso cura han perdido el tiempo.  Tendrán que reclinarse otra vez ante el confesionario y cumplir una nueva penitencia, en el caso de que sus pecados la merezcan. Tampoco se considera válida la extremaunción, aunque en este caso quizá ya no haya posibilidad de corrección .

    La mano del arzobispo

    El paradero de Ángel Orellana es desconocido. Pero todo apunta a que el arzobispo de Sevilla, monseñor Asenjo, ha hecho gala de su mano izquierda para compaginar una solución que no dejase en evidencia a la Iglesia con el perdón al pecador. De hecho, fue precisamente el arzobispo quien atisbó la posible falsedad de la condición eclesiástica de Orellana y  puso en marcha las gestiones ante la Iglesia de Ecuador. Gracias a ellas  el Arzobispado comprobó  que aquel inmigrante que impartía sacramentos en Santa María de las Flores podía ser hijo de Dios, pero por lo que a la Iglesia se refería no pasaba de ser un pecador sin órdenes regulares.

    El arzobispo citó un día a Ángel Orellana, habló con él y  logró su confesión y arrepentimiento. Fuentes oficiosas del Arzobispado de Sevilla no descartan que monseñor Asenjo haya hecho gala de un alto grado de comprensión y le haya recomendado al falso cura ecuatoriano que haga penitencia apartándose de los focos y platós españoles. En cualquier caso, el expediente relativo al asunto se ha elevado a la Conferencia Episcopal y de ahí llegará  al Vaticano, como es preceptivo.

    De hecho, los testimonios de quienes conocieron al falso padre Ángel son de cariño y reconocimiento por su labor. Entre las escasas personas de misa diaria de la humilde parroquia de Santa María de las Flores prima el buen recuerdo del supuesto cura por encima de cualquier sanción, y el agradecimiento hacia "un hombre bueno", como lo califica Ángeles, una anciana del barrio, supera la frustración que podría haber dejado su paso por la parroquia.

    El departamento de Recursos Humanos de la Iglesia

    En cualquier caso, sorprende la facilidad con que se ha producido un fraude de semejantes características. La Iglesia, necesitada como está de nuevas vocaciones y obligada a poner anuncios en los que pide seminaristas como si de empleados de una fábrica se tratara, se siente impotente para desarrollar completamente sus funciones por falta de personal. El hecho de que el Arzobispado se justifique asegurando que Ángel Orellana no estaba en nómina ni recibió jamás sueldo alguno, evidencia la necesidad de justificar con argumentos terrenales los posibles desajustes del departamento de Recursos Humanos de la primera empresa espiritual del mundo.

    A pesar de las justificaciones, el Arzobispado ha tenido la suficiente sensibilidad para no cargar la culpa sobre el octogenario padre Joaquín, que fue quien admitió al falso cura y le abrió la sacristía. Y dentro de la polémica que estos días anima uno de los barrios más populares de Sevilla, lo que se debate es la fuerza de la caridad cristiana, la practíque quien la quien la practique, por encima de la reglamentación de las órdenes eclesiásticas.

    Mientras tanto, quienes se casaron en la iglesia de Santa María de las Flores siguen amarrados hasta que la muerte los separe y los bautizados son hijos de Dios. Quienes quieran repetir la celebración de las primeras comuniones podrán hacerlo si su presupuesto lo permite y quienes confesaron sus pecados quedan sujetos a la eventualidad de que un nuevo confesor les aplique una penitencia mayor que la anterior. Nada que no se pueda remediar se ha roto en la convivencia cristiana de Pío XII. Allí recuerdan que  Dios sabe escribir derecho con renglones torcidos.
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