TESTIMONIO DE UN ADOLESCENTE QUE FUE CAPTADO POR LA SECTA INTEGRISTA CATÓLICA

"El Yunque me lavó el cerebro; incluso llegué a espiar a mis propios padres"

"Yo tenía 16 años y llevaba una vida bastante rutinaria. Hasta que entré en El Yunque. Me lavaron el cerebro y violentaron mi conciencia, pero entonces

Foto: "El Yunque me lavó el cerebro; incluso llegué a espiar a mis propios padres"
"El Yunque me lavó el cerebro; incluso llegué a espiar a mis propios padres"

"Yo tenía 16 años y llevaba una vida bastante rutinaria. Hasta que entré en El Yunque. Me lavaron el cerebro y violentaron mi conciencia, pero entonces ni siquiera fui consciente de ello. ¿Qué importaba mentir a mi familia, a mis amigos, a todo el mundo, si a cambio podía sentirme una especie de James Bond, un líder, un elegido, un salvador? Miraba a mis compañeros del instituto por encima del hombro; todos me parecían estúpidos, unos borregos. Llegué a traicionar a mis propios padres, a espiarlos, pero la organización era lo primero. Imagínese: había una conspiración satánica contra la religión católica y yo, mitad monje, mitad soldado, iba a combatirla y acabar con ella".

Alberto (el nombre es ficticio; han pasado más de ocho años desde entonces, pero el miedo sigue siendo libre) está a punto de cumplir los 25 y, como tantos jóvenes de su edad, mira al futuro con la falta de arrogancia de quienes intuyen que ya no van a comerse el mundo. Sentado en un discreto rincón de un bar pijo de Madrid, con su carita-de niño-bueno-y-bien-educado, sólo un profundo rencor parece alimentar sus recuerdos. Uno diría que no hay odio en sus palabras, y de haberlo es tan sutil como los pequeños sorbos que da a su café con leche. "Cuando me fui, o mejor dicho, me echaron, sentí un vacío tremendo. Aún estaba ciego: pensaba que, después de habérselo dado todo a El Yunque, ahora me daban la patada".

El de Alberto no es, ni mucho menos, un caso aislado. Como él, decenas, tal vez cientos de adolescentes, muchos de ellos menores de edad, han caído en las redes de El Yunque, una secta secreta vinculada al integrismo católico de ultraderecha que se sirve de asociaciones tapadera -entre ellas Hazte Oír y el Instituto de Política Familiar- para encubrir sus actividades clandestinas, encaminadas a infiltrarse en las estructuras del poder político y mediático para "instaurar el reinado de Cristo en la tierra" y "gobernar España según los dictados evangélicos". Tenía el perfil idóneo: era un chico creyente, de buena familia y misa dominical, y sus padres militaban activamente en la lucha contra la ley del aborto y la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Este es su relato.

El caladero

"Conocí a Jorge durante la visita de Juan Pablo II a Madrid en 2003. Él era bastante mayor que yo y estaba metido en El Yunque, pero entonces no lo sabía. Yo era un chaval, lleno de fervor y muy maleable, y ellos siempre tiran la caña en esos actos católicos multitudinarios. Es muy fácil pescar ahí, es su gran caladero. Para Jorge debió ser tan fácil atraparme como ganarle al ajedrez a un crío de Primaria. Después me invitaron a hacer el Camino de Santiago, y fue una experiencia brutal. Rezábamos, íbamos a misa todos los días, leíamos la Biblia... Aquello fue un revulsivo espiritual y religioso para mí".

"Después de aquello me propusieron crear un grupo de acción y oración. Su argumento era que la religión católica estaba en peligro, y que si nos cruzábamos de brazos seríamos cómplices. Nos reuníamos todas las semanas para rezar, practicar deporte, hacer sentadas delante de clínicas abortistas o pegar carteles contra el matrimonio homosexual. Era todo muy excitante. Pero me advirtieron que no podía contárselo a nadie, ni siquiera a mis padres. El grupo era lo primero, estaba por encima de cualquier otra cosa. Y si faltabas a una reunión o te saltabas las lecturas obligatorias, te imponían pequeños correctivos: dar varias vueltas al Retiro, hacer 50 flexiones o enterrarte en barro".

"Un día, cuando creyeron que ya estaba maduro, Jorge me citó en un piso del barrio de Salamanca. Lo único que me dijo fue que ya estaba preparado para saber qué había detrás de todo esto, que debía subir otro peldaño, y que acudiese a la reunión con una camisa blanca y pantalón, corbata y zapatos negros. Llegué a la cita muy nervioso, asustado, llegué a pensar que me iban a secuestrar. Me hicieron pasar a una habitación oscura y me pidieron que me vistiese con la ropa que había traído. Luego me llevaron a un salón en penumbra y me quedé impresionado: había ocho personas formando dos filas, todas en posición de firmes y vestidas de negro y blanco, y de la pared colgaba una gran bandera negra con el símbolo de El Yunque. Entonces reconocí a Jorge".

"¡Dios, Patria, Yunque!"

"Dio tres golpes sobre la mesa con la mano derecha y gritó: '¡Dios, Patria, Yunque!'. Había comenzado la ceremonia de ingreso de un nuevo miembro... y ese nuevo miembro era yo. Luego todos empezaron a recitar la oración: 'Nuestra lucha es la de los cruzados, la de los cristeros, la de muchos otros caballeros cristianos que a lo largo de la historia han consagrado sus vidas a instaurar el reinado de Cristo en la tierra. Somos una milicia y luchamos contra los perversos enemigos de Dios y de la patria'. A continuación me dieron la bienvenida a la sociedad secreta, advirtiéndome de que, si les traicionaba, encontraría en cada uno de ellos a 'un juez justiciero'. Yo estaba temblando y empapado en sudor".

"La tensión en el ambiente era brutal. Me dieron entonces un papel para que leyera mi juramento en voz alta: 'Acepto integrarme en El Yunque como actividad primordial de mi vida. Juro guardar la más absoluta reserva sobre la existencia de la organización, sus integrantes, acciones y estrategias. Juro como caballero cristiano defender, aún a costa de mi vida, este instrumento que Dios nos ha dado para instaurar su reinado en la tierra'. Jorge dio otros tres golpes sobre la mesa y volvió a gritar: '¡Dios, Patria, Yunque!'. Luego añadió: 'Declaro clausurada esta ceremonia. ¡Rompan la formación!'. Desde ese momento ya pertenecía a El Yunque".

"A partir de entonces empezó la etapa de formación. Hacíamos entrenamiento militar y prácticas de supervivencia en la montaña. Físicamente era muy duro, pasabas hambre, sueño... Todas las semanas teníamos reuniones con algún orco [la cúpula de la secta] para impartirnos cursos de liderazgo, de agitación política... No comulgaban en absoluto con el PP, lo despreciaban, y nos decían que algún día formaríamos nuestro propio partido. Y, por supuesto, nos recordaban que el deber de reserva era absoluto: nadie podía saber de la existencia de El Yunque. No sólo mentía a mis padres, sino que llegué a espiarlos por orden de mis superiores. Y en los informes que hacía incluía todos los detalles sobre sus actividades y quiénes colaboraban con ellos".

"Pronto apareció el desencanto. La religión era el banderín de enganche para captarte, pero llega un momento en que la religión se abandona y todo se centra en la política. Ya no se reza, sólo hay adoctrinamiento. A mí la política no me interesaba demasiado, y me di cuenta de que ellos sólo querían conquistar el poder, el poder político. Mis padres acababan de abandonar la asociación a la que pertenecían, precisamente porque El Yunque se había infiltrado en ella y despreciaban sus métodos, y desde ese momento yo empecé a ser un apestado. Hasta que un día mi jefe, un orco, me comunicó que la organización había decidido expulsarme. Sentí un vacío tremendo, porque mi vida había sido El Yunque, pero yo ya me sentía fuera desde mucho antes".

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