el hombre duro del banco

El 'killer' del Santander que siembra el pánico entre las empresas y grandes fortunas

Javier García-Carranza es el nuevo responsable del banco al que Ana Botín le ha dado toda la autoridad para decidir qué se hace con compañías antaño bien tratadas por el sistema

Foto: Ana Botin, en la presentación de las cuentas del Santander. (Reuters)
Ana Botin, en la presentación de las cuentas del Santander. (Reuters)

Mientras este viernes Ana Botín asistía en Santander a la celebración del 160 aniversario del 'Diario Montañés', el periódico de referencia de Cantabria, en Madrid, el consejo de administración de Isolux se reunía para certificar la entrada en preconcurso de acreedores de la compañía de ingeniería, de la que su banco ha sido el segundo mayor accionista y acreedor hasta hace una semana. Los miembros del órgano de gobierno del grupo de construcción bramaban por la actitud del Santander en las negociaciones para evitar la quiebra, al negarse a colaborar con Caixabank y Bankia en la aportación de 300 millones de euros adicionales para garantizar la viabilidad de la multinacional y las nóminas de casi 5.000 empleados.

Javier García-Carranza.
Javier García-Carranza.

La presidenta del Santander delegó el estudio del caso Isolux a Javier García-Carranza, director general adjunto y encargado del área de Reestructuraciones, Inmobiliario, Participadas y Capital Riesgo. En definitiva, de todos los asuntos problemáticos del banco. La postura de García-Carranza ha sido inflexible desde que en enero empezaron las conversaciones para conceder un nuevo rescate a Isolux. Hasta tal punto que, lejos de estudiar la operación liderada por sus compañeros del conocido como G-3 -Caixabank, Santander y Bankia-, decidió quitarse todo el riesgo de encima.

Sin comunicárselo a sus colegas ni al presidente de Isolux, Nemesio Fernández-Cuesta, nombrado por los tres mismos bancos en junio de 2016, vendió los cerca de 250 millones de deuda que le había prestado al grupo hacía apenas tres y vendió el 9,5% del capital de la compañía a precios de derribo. Siguiendo un principio elemental en la banca corporativa, “no pongan dinero nuevo sobre dinero viejo”, García-Carranza actuó con una frialdad propia de un banquero de inversión anglosajón, el estilo que Ana Botín ha impuesto en la nueva cúpula directiva de la entidad, renovada por completo desde su elección como presidenta.

Porque García-Carranza se incorporó al Santander en febrero de 2016 procedente de Morgan Stanley, el banco americano que se puso las botas en España con el boom inmobiliario. De hecho, participó en numerosas operaciones, como las salidas a bolsa de Fadesa, de Renta Corporación, Riofisa, la compra de Gecina por Metrovasesa, la compra de Urbis por Reyal, la venta posterior de Fadesa a Martinsa. Pero también en las reestructuraciones de Grupo Pinar, Noriega, Lubasa y Prasa, la mayoría de las cuales acabaron quebradas. Por tanto, con experiencia más que probada en casos de alto riesgo.

García-Carranza ha participado en numerosas operaciones, como las salidas a bolsa de Fadesa, de Renta Corporación, la compra de Urbis por Reyal...

No obstante, hasta diciembre de 2016 no tomó las riendas del área de lo que los bancos llaman de forma eufemística y siempre en inglés, “Special Situations”. Fue cuando el Santander prejubiló a Mariano Olmeda, el directivo que durante años negoció con diplomacia operaciones complejas que afectaban a empresas del tamaño de Ferrovial, Sacyr, Abengoa, OHL o Prisa, y fortunas como las de los Benjumea, los Del Pino, los Villar Mir y los Polanco. Olmeda se caracterizaba por analizar las transacciones mirando los balances con las gafas del director de riesgos y las lentillas de las relaciones políticas con estos clientes de postín.

García-Carranza, de segundo apellido Benjumea, es todo lo contrario. “Es un banquero de Morgan Stanley. Con eso está todo dicho”, sostiene un colega de profesión. “Es muy duro. No conoce la mano izquierda. Le da igual el apellido que esté detrás de la empresa. Si puede pagar, bien, si no, fuera”, explica otro. El directivo del Santander ha dejado helados a Caixabank y Bankia en la mesa de negociaciones de Isolux, pero también a Sabadell y Popular en el rescate de Celsa, la compañía catalana con 2.800 millones de euros de deuda, el último gran susto para la banca. En enero se presentó en Barcelona con una propuesta de ejecutar de forma inmediata a los Rubiralta, una de las grandes fortunas de Cataluña, al temer que no podrán hacer frente al pago de 700 millones a finales de año. Pocos días antes había dado órdenes de vender a precio irrisorio la deuda de 350 millones del Santander vinculadas a las autopistas radiales en quiebra, dejando al nuevo Gobierno de Rajoy sin un gran aliado entre la gran banca y al albedrío de los agresivos ‘hedge fund’.

El directivo ha dejado helados a Caixabank y Bankia en la mesa de negociaciones de Isolux, pero también a Sabadell y Popular en el rescate de Celsa

En el Santander aseguran que no ha habido cambio en la política de riesgos. Tan solo argumentan que desde 2014 la regulación se ha vuelto más inflexible. Sus competidores y colegas de préstamos en situaciones de impago aseguran que sí y mucho. Otros apuntan a que la entidad de los Botín están pasando a Caixabank la factura de Abengoa, la mayor refinanciación de la historia de España, en la que el banco cántabro tuvo que echar el resto ante la frialdad del grupo dirigido por Gonzalo Gortázar, otro ex banquero de Morgan Stanley. El Santander tenía una exposición total a la empresa de los Benjumea de 1.588 millones, mientras que la de Caixabank era de 570 millones. Ana Botín se reunió hasta con Susana Díaz, la presidenta de Andalucía, que le imploró que hiciera lo posible por no dejarla caer. García-Carranza Benjumea, sobrino del ya expresidente, Javier Benjumea, siguió el proceso con mucho detalle.

Abengoa se ha salvado, como la OHL compañía que ha tenido a toda la banca de los nervios hasta esta misma semana. Santander ha considerado que la constructora de los Villar Mir si es solvente y le ha extendido un nuevo crédito de 750 millones junto a un grupo de entidades financieras. La familia, con una deuda ingente a título personal, también. Isolux, no. Quizás todo se resuma en una anécdota que Ana Botín contó este viernes en la celebración del aniversario del periódico cántabro: “Mi abuelo solía ir a misa todas las tardes en Santa Lucía, detrás del banco, y ahí había un mendigo que siempre le pedía limosna. Un día le dijo: ‘Una limosna por el amor de Dios y de la Virgen María’. Y mi abuelo le contestó: ‘Hombre, si tienes dos avalistas, entonces sí’.

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