El corazón de la Vaca Muerta (vea el álbum del yacimiento) late a 3.000 metros de profundidad. Por fuera, nadie diría que esconde semejante tesoro en sus entrañas. Su piel es seca como el desierto de la Patagonia argentina, áspera al tacto y cegadora a la vista. Sus mugidos taladran el silencio de la inmensidad. Honda, animista, inexcrutable... aunque no lo parezca, la Vaca esconde un tesoro que es objeto de pasiones y también de traiciones.

Nadie sabe exactamente cuándo llegó a la remota región de Neuquén, en el norte de la Patagonia. Unos dicen que siempre ha estado ahí, desde que se creó la Cordillera de los Andes y el mar quedó enterrado bajo tres kilómetros de sedimentos; otros, que la descubrieron hace más de 70 años, pero que eran incapaces de llegar a ella; los más conservadores limitan a un cuarto de siglo su encuentro con la Vaca, una primera cita casi platónica, ya que no fue hasta 2009 cuando, por fin, pudieron ordeñar el preciado líquido de su interior.

Un petróleo amarillento, color propio de la menor densidad que tiene la zona de Vaca Muerta, es el tesoro que promete transformar toda la realidad económica del país de Cristina Fernández de Kirchner. También conocida como La Roca, esta generadora de crudo y gas se esconde a 3.000 metros bajo tierra, cubierta por el manto del desierto patagónico, y desde hace tres años, perforada por los pozos de la petrolera estatal YPF en los campos conocidos como Loma La Lata y Loma Campana.

Su nombre, según la versión oficial, lo debe a que cuando los geólogos fueron sacando muestras de la tierra, la de esta roca, de 200 metros de anchura, desprendía un olor similar a la cornamenta de los vacunos. Esta lectura popular tiene un punto de realidad ya que, como allá se encontraba el antiguo mar que ocupaba toda la región de la Patagonia, al ser enterrado bajo sedimentos orgánicos sin oxígeno, desprende ese olor a osamenta.

Sea cual sea el origen real de su nombre, la realidad es que la Vaca está más viva que nunca. Tanto, que llevó al Gobierno argentino a romper las reglas del juego y volver a poner en jaque su credibilidad antes los inversores internacionales con tal de expropiar a Repsol el 51% que tenía de YPF para quedarse así con el plato fuerte de este ingente yacimiento, que promete convertir a Argentina en exportador de hidrocarburos.

La fruta de la discordia

Los números hablan por sí solos. De los 30.000 kilómetros cuadrados de superficie de Vaca Muerta, YPF tiene la concesión sobre 12.000 kilómetros (el equivalente a un pasillo de 20 kilómetros de ancho que uniera Madrid La Coruña) que, además, se suponen los mejores. Tras expropiar a Repsol, se alió con la estadounidense Chevron y juntos están desarrollando un programa sobre apenas 395 kilómetros cuadrados.

Sólo sobre este terreno prevén poner en explotación entre 1.500 y 2.000 pozos (frente a los 113 con los que estiman cerrar este ejercicio), que permitirán generar 75.000 barriles de petróleo al día, en un plazo de 5 a 8 años. Aunque esta alianza apenas es una gota en el océano de Vaca Muerta, supone toda una revolución para el abastecimiento energético del país y su futuro económico.

Según las estimaciones del Gobierno, sólo con este proyecto se podrá erradicar el déficit energético que sufren y que ha hecho que en los últimos dos años Argentina haya importado gas por valor de 10.000 millones de dólares. Es más, se estima que en 15 años la balanza energética del país podría darse literalmente la vuelta y convertir a Argentina en un gran exportador.

Para hacerse una idea del impacto económico que tendría este cambio de tornas, basta con mirar las cifras de YPF. Actualmente, la petrolera sólo vende internamente todo lo que produce (no exporta) y lo hace a un precio capado del entorno de los 45 dólares, cuando si colocara su producción en el exterior podría venderla alrededor de los 100 dólares. A partir de ahí, ya sólo hay que dar al botón de encendido de la máquina registradora.

Beneficios para el pueblo

Los beneficios económicos que esconde Vaca Muerta ya se están dejado sentir en el pequeño pueblo de Añelo, una paupérrima localidad, asentada en la puerta del desierto que es esta región, cuyos apenas 2.000 habitantes han visto cómo en los últimos dos años el perdido punto del mundo en el que vivían se ha convertido en el epicentro de una de las batallas petrolíferas más importantes del planeta.

Sólo los yacimientos de YPF dan empleo directo a 4.000 personas, y se calcula que el próximo año serán 5.000. “Cada uno de estos puestos de trabajo debes multiplicarlo por tres o cuatro para calcular el indirecto, porque todo el empleo en servicios que acompaña a esta actividad es enorme”, señala Pablo Iuliano, responsable de negocio de la joint ventur creada entre YPF y Chevron.

Todo este potencial se entiende incluso antes de llegar a Añelo, nada más aterrizar en el aeropuerto de Neuquén, la provincia donde se ubica Vaca Muerta. La llamada del petróleo ha sido tal que cientos de familias han invadido terrenos que realmente pertenecen al aeropuerto y han levantado ahí mismo sus viviendas, un híbrido entre chabolas y hogares unifamiliares, construidos con ladrillo y techos de latón, huérfanos de pintura y ornamentos.

Esta arquitectura de pobres contrasta con el gran Casino de la Ciudad de Neuquén, y ambos tienen su réplica en Añelo, donde también se han multiplicado las viviendas, levantadas al límite de lo necesario para aguantar los diez grados bajo cero del invierno y los 45 grados del verano. Es como la fiebre del oro del Lejano Oeste, que llama a los hombres a huir de su pobreza y probar una nueva fortuna en las salas de juego.

Los efectos de esos entre 15.000 y 20.000 puestos de trabajo indirectos que están acompañando al yacimiento de Vaca Muerta se dejan sentir en el renovado parque automovilístico de la localidad, ya que a la puerta de casi cada chabola, puede verse un potente y nuevo coche, con el que seguir consumiendo ese petróleo que promete hacerles ricos.

Sin embargo, toda esta euforia también tiene  su cara negativa para la economía de Añelo, como denuncian Andrea y Pablo, dos agentes municipales de la localidad. “Nosotros mantenemos nuestros mismos sueldos de 6.000 pesos, cuando cualquier trabajador del petróleo gana al menos 12.000, y en cambio los precios se han fijado como si todos ganásemos ese dinero, cuando no es verdad”, critican.

La otra cara de la moneda se encuentra entre las camareras del, hasta hace poco, único hotel del pueblo, que ufanas reconocen tener siempre el establecimiento lleno con trabajadores de la mina y directivos y profesionales de todo tipo de empresas que se acercan hasta aquí. Empleo seguro. Sobre todo, cuando se comprueba cómo, a pocos metros de este establecimiento, se está levantando otro con el que absorber el creciente número de visitantes.

Pleno empleo

El Gobierno de Euquén, que es el propietario de la tierra, también se ve beneficiado de este hallazgo, ya que recibirá el 12% de todos los ingresos que se obtengan de estos yacimientos vía tasas. Para hacerse una idea, en los últimos nueve años, las diez provincias hidrocarburíferas del país ingresaron 14.000 millones de dólares por este concepto, conocido en el país como regalías. ¿Qué cifra no se alcanzará cuando toda Vaca Muerta esté operativa?

Más prometedor es el futuro de los ingenieros y profesionales especializados en cualquier área ligada con el negocio petrolífero, que viven en el paraíso del pleno empleo. “Tenemos un problema de falta de equipos. Ahora mismo, todos los profesionales del país estamos trabajando y se está teniendo que ir fuera a fichar profesionales”, señala Daniel Lizarazu.

Él es un bueno ejemplo de esto que dice, porque cuando Repsol todavía controlaba YPF ya se lo trajo, consciente de la falta de mano de obra cualificada que iba a sufrir, y lo formó en la Universidad de Buenos Aires. Ahora, Lizarazu ve cómo hace falta mucho más, porque se ha triplicado la actividad en apenas año y medio.

El trabajo es duro. En los pozos trabajan una semana sí, otra no; o dos semanas sí, dos no; en turnos de doce horas seguidas. Ésta es la teoría, porque la realidad dice que muchas veces tienen que estar las 24 horas alertas y sólo descansar a ratos, sobre todo, cuando se llega al corazón de la roca.

En esta situación estaba el pasado martes Roberto Mercado, el geólogo de uno de los pozos de Vaca Muerta, quien llevaba sin dormir desde las tres de la mañana y no iba a descansar hasta terminar de analizar toda la roca, hacia las doce de la noche. Y es que, cada tres metros, toman muestras de Vaca Muerta y las tiene que analizar, un trabajo que no deja lugar al descanso.

Demasiado para YPF sólo

Este problema de mano de obra es, en realidad, el más claro ejemplo del potencial de Vaca Muerta, que sólo con el programa piloto ha absorbido toda la mano de obra del país en este sector y ha revolucionado la región de Neuquén al generar empleo para 15.000 de sus 350.000 habitantes (4,28% del total). Y es sólo el principio ¿Qué no ocurrirá cuando estén a pleno rendimiento los 30.000 kilómetros cuadrados que tiene La Roca?

Por el momento, los cálculos del Gobierno hablan de que se garantiza cubrir todas las necesidades energéticas del país durante los próximos 100 años, con unas reservas de 600 millones de barrilles. Demasiado para abordarlo solos. Y lo saben.

El problema que se abre ahora es: ¿cómo recuperar la confianza de los inversores tras la expropiación a Repsol? Lógicamente, todos los grandes grupos internacionales, muchos de ellos estadounidenses, han mostrado su interés, pero se mueven con cautela.

Un ejemplo de cómo el miedo ha paralizado al resto de petroleras extranjera que ya tienen concesiones en los 18.000 kilómetros que no fueron adjudicados a YPF son el número de pozos que han puesto en marcha: apenas dos las más avanzadas, que son Shell y Chevron. Repsol, cuando le expropiaron, estaba trabajando en 15. Y de eso hace ya año y medio.

El hombre blanco no se fía y prefiere ser cauto. De ahí que Chevron haya optado por asociarse con YPF en el proyecto piloto, un acuerdo en el que la estadounidense parece operar como socio financiero, ya que su papel se limita a invertir 1.500 millones de dólares a cambio de llevarse el 50% de las ganancias. Todo el trabajo lo hace YPF.

Tras esta primera fase, invertirán 15.000 millones, de los cuales, la mitad los generará el mismo proyecto, y la otra mitad se la repartirán a parte iguales. Mucho dinero. Y es sólo una esquina del puzle. De ahí que los propios argentinos reconozcan que no tienen recursos para abordar solos todo el potencial de La Roca y estén constantemente invitando a compañías extranjeras a crear sociedades mixtas.

Es la versión moderna de El Dorado. Sólo que ahora, el oro es negro.