Redacción .- 21/07/2010
Érase una vez un país de glorioso pasado venido durante siglos a menos, que, de pronto, despegó tras un conflicto sangriento y varias décadas de mano dura, para alumbrar la súbita riqueza de unos pobres de solemnidad donde los nuevos ricos empezaron a presumir ahítos de lujos y linajes. En semejante lugar ocurrió la historia que aquí se relata, una más de las mil inverosímiles que el dinero fácil y la pérdida de referentes y valores propició entre sus clases dirigentes.
Ocurrió en Panderelia que el jefe de la temida falange de espías, ejército público, llamó un día muy preocupado a su inmediato superior, el ministro ante quien estaba obligado a reportar y a quien debía el cargo.
-Tengo algo muy importante que comunicarte, ministro.
-¿De qué se trata?
-De una infidelidad matrimonial que tenemos totalmente chequeada.
-¡Qué me dices! ¿Y de quién estamos hablando?
-De la esposa de un político de gran renombre. Pero esto no podemos hablarlo por teléfono, como podrás imaginar, así que necesito que me recibas cuanto antes.
-¡No, no, vente ahora mismo para acá cagando leches, que no hay cosa en el mundo que me divierta más que este tipo de chismes…!
En poco más de 20 minutos, el jefe del ejército de espías se plantó ante la mesa de despacho del famoso ministro, que a duras penas podía ocultar la satisfacción que le producía la inminencia de un sabroso cotilleo.
-Bueno, dime… ¿Quién es el cornudo?
-Tú mismo.
El bote en el vacío que pegó el aludido a punto estuvo de dar con sus huesos sobre la mullida alfombra, lejos del sillón de piel al que con embeleso adoraba.
-Lo siento, ministro, pero no hay lugar para el error. Las pruebas son irrefutables y por eso he considerado de la mayor importancia ponerlo en tu conocimiento de inmediato.
Resulta que la santa esposa cogía todas las semanas desde su lugar de residencia un tren de alta velocidad del que se apeaba al llegar a la estación de una bella ciudad califal. Allí ordenaba a su escolta que permaneciera en la estación o simplemente se diera un garbeo. Ella le avisaría cuando estuviera a punto de regreso.
Despedido el guardaespaldas, la doña tomaba un taxi y se dirigía a un lujoso piso de la ciudad, cuyo dueño, a la sazón joyero de profesión, la conducía a su alcoba donde, durante un par de horas, gustosamente desplegaba las últimas novedades de su muestrario para que la dama pudiera elegir a placer.
Pálido cual tapial en yeso, el político reaccionó de inmediato en cuanto el espía le hubo proporcionado las fechas y datos que corroboraban la infidelidad de su pareja. Sin pensarlo un segundo tiró de móvil lleno de santa indignación.
Pero si esperaba encontrarse con una mujer abrumada por el descubrimiento del engaño, se equivocaba de plano.
-Sí, no te lo voy a negar -dijo tras medio minuto de silencio que pareció una eternidad-, es verdad. Sabes de sobra que lo nuestro no funciona desde hace mucho tiempo, de modo que no te vengas ahora haciendo el mártir, que no hay lugar para ti en la nómina de los santos.
-Pero eso va a ser un escándalo. Vas a arruinar mi carrera política y en un partido donde los mismos cabrones que se dicen mis amigos me están buscando las vueltas.
-Es tu problema, querido. Yo no necesito seguir fingiendo.
-¡Esto tenemos que hablarlo, esto hay que arreglarlo! ¿Qué van a decir los chicos…?
-Precisamente por ellos estoy dispuesta a darte otra oportunidad, pero con dos condiciones que ahora mismo tienes que jurar cumplir. Primera, tienes que despedir de inmediato a esa que tienes de responsable de tu negocio equino, ya sabes de quién te hablo, ¿o es que crees que me he estado chupando el dedo durante estos últimos años…?
Un silencio espeso se hizo al otro lado del inalámbrico.
-Me has oído, ¿no? Y la segunda condición es que tienes que dejar la política y abandonar de inmediato el ministerio…
Y así se hizo. Luego las cosas siguieron su curso. Por debajo de los puentes de la imperial ciudad siguió discurriendo tranquila el agua del arroyo con vocación de gran río. El político volvió por sus fueros, la joyera hizo fortuna con las piezas de su muestrario y ambos llegaron a parecer la perfecta pareja feliz hasta que un día, de la manera más inopinada, anunciaron su separación a los cuatro vientos del país de Panderelia.
OPINIONES DE LOS LECTORES,
33 COMENTARIOS
33 .- #12 Los cuernos como los dientes, molestan cuando salen. Luego uno se acostumbra.3 años de cuernos, son ya unos cuernos maduros ¿por que no se ha dado a conocer antes? pepe un poco mas de injerto, una melenita y un flequillo y ¡a cantar! Animo chaval, que te ha venido al pelo que se airee ahora. Te quedas con las sociedades, que de ellas no se dice nada, parte de tu patrimonio y que los gastos los pague el otro.
32 .- #11 Los cuernos como los dientes, molestan cuando salen. Luego uno se acostumbra.3 años de cuernos, son ya unos cuernos maduros ¿por que no se ha dado a conocer antes? pepe un poco mas de injerto, una melenita y un flequillo y ¡a cantar! Animo chaval, que te ha venido al pelo que se airee ahora. Te quedas con las sociedades, que de ellas no se dice nada, parte de tu patrimonio y que los gastos los pague el otro.
31 .- #27 La diferencia es que la Preisler abrió al Hola la casa que compartía con Boyer, Boyer la recibía a ella en el Ministerio de Economía y sin embargo, nunca se comentó nada de eso en una TV pública. Y lo de Ortega Cano nunca fue dicho en ninguna TV, ni pública ni privada, mientras que yo me refería a la TV pública que tiene existencia por justificar "un servicio público"
30 .- Acudo a este 'confidencial' por recomendación del director de Cotizalia, sr. Artero, en su twitter.
Y me he quedado anonadado.
Se lo voy a decir en metáfora para que me entienda, sr. Artero. Este artículo es como meter sólo la puntita habiendo pagado el polvo entero. Seguramente usted lo llamará timidez, pero en mi pueblo se llama de otra forma.
Y después de ver cómo le ríen las gracias al confidente, entiendo porqué en España un dictador sólo 'dejó' el poder después de 40 años tras morir agonizando durante varios meses.
Y después nos reímos de Rumanía.
Menos lobos, caperucita.
29 .- La verdad es que yo, a las mujeres, no les veo defectos.
Por eso me caen tan mal las feministas.
Pero, esa es otra historia. No tiene nada que ver con ésta...