SE HUNDE HASTA EL 45,5% DEL PIB

El peso de los salarios en el reparto de la 'tarta' nacional se desploma a mínimos

La crisis no sólo afecta al empleo o determina el recorte de servicios públicos. También tiene un impacto significativo sobre el reparto de la renta.

Foto:  La ministra de Empleo, Fátima Báñez. (EFE)
La ministra de Empleo, Fátima Báñez. (EFE)

La crisis no sólo afecta al nivel de empleo o determina el recorte de algunos servicios públicos. También tiene un impacto significativo sobre el reparto de la renta nacional. Y los datos más recientes de la Contabilidad Nacional, publicados este jueves, lo reflejan con toda nitidez. El peso de los salarios respecto del PIB ha caído a niveles históricamente bajos. En concreto, hasta el 45,5% del producto interior bruto (PIB).

Para hacerse una idea de lo que representa ese porcentaje hay que tener en cuenta que, al comenzar la crisis (en 2008), las rentas salariales suponían el 49,43% del PIB. Es decir, cuatro puntos porcentuales más que ahora (unos 40.000 millones de euros). La destrucción de empleo y la moderación salarial explican su repliegue. Incluso en 2000, año de fuerte crecimiento económico, los salarios representaban el 49,5% de la tarta nacional.

No se trata de un fenómeno esporádico o coyuntural, sino que su evolución no ha hecho más que retroceder a medida que avanzaba la crisis. Algunos datos lo corroboran. Tan sólo en 2013, según el INE, la remuneración de los asalariados (el principal componente que explica la renta de los trabajadores por cuenta ajena) cayó un 3,5% en términos anuales. Por el contrario, el excedente bruto de explotación (los beneficios empresariales) subió un 1,3%, mientras que los impuestos crecieron nada menos que un 5,2%.

Esta diferente distribución de la renta es lo que explica el cambio en la tarta nacional, uno de los instrumentos clásicos para analizar el reparto de la riqueza generada por un país durante un determinado periodo de tiempo. No hay que olvidar, sin embargo, que el excedente de explotación no mide sólo la retribución del capital, sino también las rentas generadas por los trabajadores autónomos (mitad capital y mitad trabajo).

Beneficios y salarios

El resultado de esos cambios es que los beneficios empresariales suponen el 44,7% de la renta nacional, mientras que el 9,6% corresponde a los impuestos vinculados a producción. El resto (45,5% del PIB) se distribuye entre los asalariados.

Como explica el economista Samuel Bentolila en este trabajo publicado por el blog Nada es Gratis, tampoco hay que olvidar que a medida que las nuevas tecnologías “han hecho que el capital productivo (las máquinas) sean más baratas y eficientes, las empresas han estado sistemáticamente reemplazando trabajo por capital”.

La evolución de los salarios forma parte, en todo caso, de uno de los ejes de la política económica del Gobierno, junto al saneamiento de las cuentas públicas o la reestructuración del sistema financiero, además de la reforma laboral. El propio Mariano Rajoy destacó este martes en el debate sobre el estado de la nación que España, “de ser un país tradicionalmente inflacionista”, tiene hoy uno de los niveles de inflación más bajos de la Eurozona, con un crecimiento de los precios y una ganancia de competitividad “sostenida”, dijo. “Tenemos hoy los mejores datos [el 0,2% en enero] desde 1962”, proclamó ufano el presidente del Gobierno.

¿Son los salarios responsables de este descenso de la inflación? ¿Es positivo para la economía tener una inflación tan baja? Los datos del Banco de España construidos a partir de las bases de cotización a la Seguridad Social y no sobre la información que proporcionan los convenios colectivos dicen que sí. Que las nóminas (descontada la inflación) crecían un 4% en 2009, mientras que en 2012 ya descendían un 1% en términos reales. Y eso ha contribuido a moderar la evolución de los precios. En particular los salarios más altos, lo que explicaría en parte el nuevo reparto de la tarta nacional.

Ahora bien. Aunque la mayor parte de la destrucción de empleo se ha concentrado en los trabajadores de baja cualificación (con salarios más modestos en coherencia con el modelo productivo), lo cierto es que los datos por este concepto incorporan lo que en la jerga de los economistas se denomina ‘efecto composición’. Y, si se elimina este efecto, el resultado es que los salarios reales netos habrían caído un 2%.  La consecuencia, como asegura el Banco de España, es que el proceso de moderación salarial que comenzó en 2010 “podría ser algo más intenso de lo que indican las estadísticas agregadas sobre costes laborales”.

¿Mucho o poco? Un reciente artículo del profesor Vicente Esteve, catedrático de la Universidad de Valencia, desmitifica su efecto. Y asegura que si el Banco Central Europeo (BCE) hubiera diseñado una política monetaria más expansiva “se habría generado más inflación” y ello “habría tenido efectos más positivos sobre la economía”.

Salarios reales y desempleo

Y en concreto, asegura que se habrían reducido más los costes laborales reales en los países periféricos, incluida España. En estos países, sostiene Esteve, “la presencia de una elevada tasa de desempleo ha inducido a aumentos moderados de los salarios nominales, por lo que una mayor tasa de inflación habría reducido también los salarios reales, los costes laborales unitarios reales y, en última instancia, habría aumentado la competitividad exterior”.

Es decir, que una política monetaria más ambiciosa, como la que han llevado a cabo la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra, habría tenido, en su opinión, consecuencias más eficaces, aunque hubiera subido más la inflación. Y margen de maniobra había sin que esa política más expansiva afectara a la estabilidad de precios.

Los últimos datos del IPC de la Eurozona reflejan que los precios han subido un 0,8% en los últimos doce meses, muy por debajo del 2% considerado por el BCE como el umbral que determina su política monetaria. Para el profesor Esteve, una mayor inflación no sólo habría tenido efectos beneficiosos para los salarios reales, sino, también, “habría ayudado al proceso de desapalancamiento de las economías”, vía la reducción del valor real de los stocks de deuda pública y privada (sistema bancario, hogares y empresas no financieras).

Según sus cálculos, hay una diferencia muy notable entre el comportamiento de la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra respecto del BCE. Desde enero de 2007, ambos han multiplicado su balance por 4,45 y 4,75 veces, respectivamente, como consecuencia de una “clara, contundente y decidida política de compra de activos al sector bancario” (deuda pública y activos respaldados por hipotecas). Mientras tanto, el BCE sólo ha duplicado su balance y, lo que es todavía más llamativo, su tamaño es hoy igual al de noviembre de 2011, fecha en la que Mario Draghi toma posesión como presidente del BCE.

Según Esteve, esa política monetaria ha resultado, igualmente, nociva desde el punto de vista fiscal. Y para llegar a esta conclusión recuerda que existen en la literatura económica reciente sólidos argumentos teóricos que sugieren que cuando los tipos de interés nominales se mantienes constantes y en niveles cercanos a cero, el banco central no es ya capaz de amortiguar los efectos negativos de la caída en el gasto público, lo que implica que el efecto multiplicador negativo sobre la producción de la política fiscal restrictiva puede ser muy elevado.

O dicho de otra forma, la consolidación fiscal (el recorte del gasto público), lejos de tener un efecto expansivo en el medio y largo plazo, ha tenido un efecto contractivo. Precisamente, por falta de inflación, a lo que habría ayudado una política monetaria más agresiva.

Economía
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