La noticia buena es que el BCE afloja su política monetaria (
recorta hasta el 1,25% los tipos de interés). La mala es que insiste en que entre sus funciones encomendadas no está la de prestar dinero, salvo en circunstancias excepcionales y siempre con limitaciones para no monetizar déficit público.¿Qué significa esto? Pues que
no habrá intervenciones masivas para rescatar a los países con problemas de deuda soberana o a los bancos con necesidades de liquidez. Y mucho menos a países como Italia o España, cuyo tamaño podría poner en peligro el propio balance del Banco Central Europeo.
Mario Draghi se ha estrenado con una bajada de tipos lo que, al menos en estas circunstancias, significa que la lucha contra la inflación deja de ser la única razón de ser de los banqueros de Francfort. Como lo demuestra que el IPC en la eurozona haya escalado hasta el 3%, cuando el objetivo de estabilidad de precios continúa anclado en el 2%, y nada indica que se haya cambiado. Esto supone que Draghi aparece -por el momento y en el día de su estreno como presidente del BCE- como menos ortodoxo que Trichet, a lo que sin duda ayudará la salida de Jürgen Stark, uno de los halcones del Bundesbank incrustados en el BCE.No significa esto, sin embargo, que Europa estrene nuevo banco central. Al menos por el momento y a tenor de los expresado por el propio Draghi en la conferencia de prensa posterior al consejo de Gobierno.
El italiano dejó ayer bien claro que el objetivo del BCE no es convertirse en un prestamista de última instancia, como la Reserva Federal o el Banco de Inglaterra. Esto significa que el programa de compra de bonos continúa, pero seguirá siendo “temporal y limitado”, y siempre sujeto a “condiciones”, lo que en roman paladino significa que no habrá barra libre a la hora de comprar títulos públicos, aunque lo parezca para calmar a los mercados. O dicho con otras palabras, no se comprarán con inflación (abundante) las políticas de estímulo monetario, como en el Reino Unido, donde los precios se han situado por encima del 5%.La parte buena para España es que al ser uno de los países con mayor deuda privada de Europa, familias y empresas se beneficiarán de los menores tipos de interés. Sobre todo teniendo en cuenta que el 60% del endeudamiento de los hogares procede de hipotecas.
La inmensa mayoría a tipo variable y referenciadas al Euribor. Lo malo, sin embargo, es que el cierre de los mercados mayoristas ha supuesto que los bancos dejen de prestarse dinero, y eso ha secado la financiación de los agentes económicos privados. Todo ello supone que, aunque el dinero sea más barato, nadie o casi nadie quiere prestarlo, y por eso el crédito está bajo mínimos. Máxime cuando las nuevas normas de solvencia penalizan la concesión de crédito. Ayer mismo, el Banco de España reveló que la financiación a los hogares cayó un 1,4% en septiembre (volumen total) respecto a un año antes, y un 0,7% en el caso de la vivienda. Para las empresas los datos son todavía peores. Los préstamos caen a un ritmo del 1,9%. Y si se deflactan estas tasas, el resultado es que la financiación al sector privado cae un 3,7% en términos reales, el peor dato de la serie histórica.
El dinero que presta el BCE a los bancos se sigue destinando a financiar el abultado déficit público y, de hecho, el crédito a las administraciones continúa creciendo a un fuerte ritmo del 15,4%, cinco veces más que la inflación.Fuentes consultadas por este diario, insistían en que con la decisión del consejo de gobierno de bajar el precio oficial del dinero lo que se hace en realidad es quitarse presión de la opinión pública que reclama una actuación más contundente por parte del banco central. En particular la procedente de los países con crisis soberana, que reclama al BCE que compre deuda de forma masiva y acabe de una vez con la crisis soberana.
No hay que olvidar, sin embargo, que la rebaja es muy limitada, apenas un cuarto de punto, y tampoco parece que pueda irritar a Alemania, preocupada sobremanera con la inflación debido a que se trata de una economía volcada a las exportaciones. Aunque al mismo tiempo sus comerciantes también sufren por el hecho de que el destino de sus productos son en buena medida los países con problemas de demanda interna. En todo caso, y según esas fuentes, la medida es poco relevante en un contexto como el actual, toda vez que la transmisión de la política monetaria a la economía real es lenta, y suele tardar entre tres y cuatro trimestres en ser eficaz. Mucho tiempo para una situación tan dramática como la actual. El BCE, de hecho, se ha guardado otro cuarto de punto en la recámara (hasta el 1%) para actuar de nuevo en caso de que estalle otra tormenta financiera.
Todo antes que convertir al BCE en un prestamista de última instancia, la ‘bicha’ de la que no quiere oír hablar nadie en Alemania. En cuya memoria histórica está grabada a fuego la máquina de hacer billetes en que se convirtió el país en el periodo de entreguerras. Otra cosa es modificar algo los estatutos del BCE para hacerlo más flexible y comprometerlo con la situación económica, pero sin cambiar su filosofía fundacional.