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Martes, 11 de agosto de 2009

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Un Padrenuestro

ETA atentado

@Federico Quevedo - 01/08/2009

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No era esta mi intención. Verán, dado que este es el primer fin de semana del mes de agosto, mes vacacional por costumbre patria, tenía la intención de iniciar mi colaboración estival con un Dos Palabras algo más lúdico pero, francamente, se me han quitado las ganas. Qué quieren que les diga, dos salvajadas seguidas llevadas a cabo por esa pandilla de hijos de p…, y la segunda con el resultado de todos conocido -dos jóvenes guardias civiles vilmente asesinados por estos cobardes de mierda-, le hielan a uno la sangre y le enfrían la sonrisa lo suficiente como para no querer saber nada de nada ni de nadie.

 

Quería huir del comentario político habitual, tan poco agradecido la mayoría de las veces, y haberme explayado un poco con alguna reflexión ligera sobre yo qué sé, porque todavía no me había dado tiempo a pensarlo, cuando la imagen, primero, de esos cuartos destrozados, uno al lado del otro, uno encima de otro, y la angustiosa sensación de que una legión de ángeles de la guarda se habían puesto manos a la obra para evitar un infanticidio masivo -y les juro que cuando uno mira a los ojos de sus propios hijos y piensa que esos canallas son capaces de matarlos, la sangre hierve-, y la segunda de ese coche destrozado dentro del cual dos chavales perdieron la vida sin que les diera ni siquiera tiempo de dar gracias o pedir perdón, asaltan violentamente el cerebro e impiden pensar en nada que no sea jurar eterna repugnancia hacia estos cobardes y quienes les amparan.

 

Así que no me quedaba más remedio que escribir unas letras sobre esto, aunque sólo sea porque Carlos y Diego se lo merecen, que ya es motivo más que suficiente, pero también porque en este afán vacacional de huir de lo políticamente correcto -que en mi caso es ser incorrecto con los políticos- quería compartir con ustedes algunas reflexiones más allá de las ya tradicionales muestras de duelo y las consabidas condenas y condolencias que políticos y periodistas decimos, escribimos y manifestamos como si se tratara ya de una lección aprendida de antemano en la que solo cambia el nombre de la víctima. Porque dentro de dos o tres días nos habremos olvidado de esos nombres y de lo que significaron, y mientras sus familias seguirán llorando sus pérdidas irreparables y violentas, nosotros ya estaremos disfrutando de las playas y de las montañas restando cada vez más espacio en nuestra memoria para las víctimas.

 

Y así van ya ochocientas y pico veces, ochocientas y pico condenas, ochocientas y pico condolencias, ochocientos y pico llamamientos a la unidad de los demócratas, ochocientas y pico repulsas, ochocientos y pico minutos de silencio -poco más de diez horas sin mover los labios en señal pagana de duelo-… Y es verdad que desde hace cincuenta años en que estos hijos de la gran p… comenzaron su carrera criminal las cosas han cambiado, y a mejor, pero también lo es que nunca se termina ese largo rosario de nombres, de mártires de la libertad a los que no me cabe ninguna duda que Dios ha acogido en su seno porque, aunque su sacrificio no responda a la definición clásica de martirio -no han muerto específicamente en nombre de Dios ni defendiendo la Fe-, sí creo que el suyo es un martirio moderno en nombre de una causa que también es la causa de Dios: la de la libertad.

 

Seguramente el olvido es una debilidad humana ineludible, o un mecanismo innato de supervivencia, o ambas cosas… Pero si somos capaces de arrinconar en el trastero de nuestra memoria el recuerdo de nuestros seres más queridos cuando nos dejan,  mucho más inevitable es que esto ocurra con aquellos a los que no conocemos, aunque su muerte violenta nos haya sobrecogido en una primera instancia. Por eso, tanta condena, tanta condolencia y tanto minuto de silencio empiezan a parecerme una reacción demasiado políticamente correcta producto del cinismo colectivo.

 

No digo que no haya que hacerlo, y seguramente las familias de las víctimas lo agradecen, pero no hemos vuelto a expresar un sentimiento de culpa social, de verdadero dolor, similar a aquel que recorrió las calles de España a lomos de aquello que se dio en llamar el Espíritu de Ermua, y seguramente la culpa de esa laxitud que ahora nos invade, la culpa de que se haya adormecido esa manifestación espontánea de indignación colectiva y de añoranza de la víctima la tienen nuestros propios políticos al imponernos ese ritual de condenas, condolencias y minutos de silencio…

 

Quizá, en efecto, todo esto sea inevitable, pero Carlos y Diego se merecen un poco más, se merecen que ese minuto no sea solo un callar por respeto mientras se apaga en el suelo una colilla y el pensamiento se refugia en cualquier banalidad impropia del momento, pero tan humana... Carlos y Diego se merecen un pequeño esfuerzo por nuestra parte, tanto si creemos en Dios como si no, porque seguro que ellos sí creían, y a lo mejor ese pequeño esfuerzo nos vuelve a recordar que su muerte no ha sido en vano, no puede ser en vano, y vuelve a despertar en nosotros algo más que un sentimiento de respeto. Es solo un pequeño, pequeñísimo esfuerzo, que empieza así: “Padre nuestro, que estás en los cielos…”.

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¿Qué es esto?

@Federico Quevedo

Federico Quevedo, nacido en Hamburgo (Alemania) en 1961, licenciado en Ciencias de la Información, está casado y tiene 4 hijos. Quevedo ha realizado su carrera profesional en medios como Radiocadena Española, Antena 3 Radio, Europa Press, La Gaceta de los Negocios, Actualidad Económica... Además es colaborador de Telemadrid, Popular TV, La Brújula de la Economía de Onda Cero y El Gato al Agua en Intereconomía. Autor del libro Pasión por la Libertad sobre el pensamiento político del ex presidente Adolfo Suárez.

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