Hay una forma mediática de asumir el trono, probablemente más efectiva que la abdicación protocolaria. A saber, Felipe de Borbón y Letizia Ortiz presidieron el pasado viernes los funerales de Estado por los dos guardias civiles asesinados por ETA, el príncipe se dirigió el domingo al Club Náutico para amainar con la rutina regatista las tormentosas inquietudes desatadas por el atentado en Mallorca, los príncipes inauguraron el lunes la Copa del Rey de Vela con un minuto de silencio en honor de las últimas víctimas del terrorismo y, en el último capítulo sólo cronológico de esta relación, los herederos asumieron junto a sus hijas el miércoles la responsabilidad del posado veraniego anual. Como sabe cualquier lector de ¡Hola!, las instantáneas estivales de la Familia Real al completo tienen tanto valor declarativo sobre la forma de Estado como el articulado pertinente de la Constitución Española. Por lo tanto, y en lo que a la documentación gráfica corresponde, la sucesión está servida. Con el inconveniente para el nomenclátor de que ahora disponemos de dos Familias Reales; la Arcaica y la Familia Real Renovada. En un aparte de nuestra magnífica crónica –no confío en encontrar un solo comentario que la califique de este modo, por lo que he decidido dar el primer paso– del lunes, ya descubríamos que ni el dolor fúnebre restañaba las heridas vigentes en el seno de la Familia Real Arcaica. Al encontrarse a Felipe y Letizia en el vecindario de Bendinat, pues cada hijo de los Reyes dispone de su propio chalet o palacete, las Infantas salieron huyendo hacia Grecia con la Reina. De este modo, la Familia Real Renovada tomaba el mando. El tradicional posado veraniego jamás había sido violado. Al contrario, en memorables ocasiones se habían sumado al mismo Lady Di y Carlos de Inglaterra, conformando una complicidad entre las coronas española y británica que les pasó entonces desapercibida a quienes hoy insultan al heroico Moratinos, que ha reconquistado a solas el peñón de Gibraltar.
Para que se entienda, el posado veraniego ocupaba un peldaño superior en el escalafón a la postal navideña de La Zarzuela, y ambas citas clave del periplo de la Familia Real se han disuelto simultáneamente, con la paradoja de que el cese temporal de convivencia de las cuñadas es más radical que la separación de algunos miembros y miembras de la extinta Familia Real Arcaica. Sin embargo, el desplome económico ha demostrado que cada crisis entraña una oportunidad, por lo que Felipe y Letizia pasearon, previo aviso a los fotógrafos, por el Parque del Mar palmesano. Simbólicamente, está situado a los pies del palacio de La Almudaina y de la Catedral, donde se veló y rezó por los asesinados de ETA. También estaba a los pies de un crucifijo de estirpe franquista, arrancado en horario de madrugada por el ayuntamiento de la ciudad.
El reportaje en torno a la Familia Real Renovada sorprende en primer lugar por el parecido creciente entre las infantas Leonor y Sofía. Esta indiscernibilidad deja de ser anecdótica a la vista de su honda significación estatal. Esperemos que las dos hermanas tengan aficiones y caracteres muy distintos, y que la primera posea todas las cualidades que deben ornar a una Reina, en tanto que la segunda se reserva atributos radicalmente distintos. Los necesarios para ser una premio Nobel de Física, por ejemplo. Ambas iban calzadas con abarcas de la calle palmesana de la Concepción, adonde orientamos desde aquí a todos los nativos y veraneantes que se hallan sentido subyugados por ese austero calzado balear. Finalmente, lo más llamativo del reportaje es el vestuario nada llamativo de la Familia Real Renovada. No van vestidos de turistas cinco estrellas, sino de todo incluido en paquete familiar contratado en las ofertas de internet. Nadie agradecerá nunca suficientemente a los ricos el esfuerzo que hacen para parecer pobres.