GANA SU DÉCIMO ROLAND GARROS, ANTE WAWRINKA

Rafael Nadal: el 'comeback kid' invencible que nunca tuvo pensado irse

Han pasado tres años desde que Rafa Nadal ganara su último Grand Slam. Esta victoria en Roland Garros ha sido un paseo militar de alguien que no hace mucho parecía desaparecido

Foto: Nadal levanta al cielo de París la Copa de los Mosqueteros. (Reuters)
Nadal levanta al cielo de París la Copa de los Mosqueteros. (Reuters)

Tiene 31 años y su vida está ampliamente contada. Hay incluso una biografía algo prematura, escrita por John Carlin, que no causó sensación porque, en realidad, tampoco había mucho que contar. Rafael Nadal ha ganado su décimo Roland Garros, tiene 15 torneos de 'grand slam', es el mejor deportista español de la historia y probablemente el segundo mejor tenista de todos los tiempos, solo superado por Roger Federer, a quien tantas veces se impuso. Es absolutamente excepcional y, sin embargo, también es tremendamente normal. No hay una sucesión de rarezas en su pasado, todo lo que ha conseguido tiene su lógica porque no es más que una mezcla de cantidades ingentes de talento y esfuerzo.

Es cierto, este Roland Garros de 2017 es especial. No porque no se esperase, las posibilidades de que Nadal gane en París siempre son altas, sino porque llega tres años después de su último título de 'grand slam'. Eso hace que este título sea un poco diferente porque muchos, siempre pasa, ya pensaron que el jugador de Manacor era parte del pasado. Y hubiese sido lo mismo, al fin y al cabo con lo lustroso de su historial el legado ya está hecho. Pero ganar de nuevo, tanto tiempo después, completa la biografía. ​

La última victoria en París le da una nueva dimensión al mito. En Estados Unidos se le llamaría 'comeback kid'. El que ha caído pero se ha recuperado, aquel que sufrió y volvió. Quizá más fuerte. La exhibición que ha dado en este torneo es de las más grandes de la historia, los meses previos a llegar a París también recordó al mejor Nadal. Las armas son las mismas, muy parecidas a aquellas que siendo un veinteañero le hicieron dominar el circuito. No se nota el cansancio, no hay pérdida de potencia. Es el mismo.

Y sin embargo es diferente, porque el río que se ve nunca es dos veces el mismo. Nadal es más maduro, el propio Carlos Moyá lo decía estos días en una entrevista a El Confidencial. No es que cuando fuese más joven fuese un tarambana, más bien al contrario. En su relación con los medios y con los rivales siempre fue muy educado, casi envarado a veces. Rafa es excepcionalmente conservador en su discurso, nunca se da por favorito, nunca da un partido por ganado. Siempre habla del esfuerzo, de la dedicación, minimiza la farándula para centrarse siempre en todas esas cosas que hacen que escuchándole más parezca un peón caminero que un artista.

Pero no es así, él es un artista. Ha tenido que escuchar, durante más de una década, que él no tiene el talento de otros. En realidad lo que no tiene es la naturalidad de otros, que no es lo mismo. Sí, es cierto, los gestos de Nadal con una raqueta no parecen fruto de la improvisación, que es la confusión típica cuando se habla de talento. Son forzados, rudos, incluso antiestéticos. Nadie en la historia ha pasado tantas veces la raqueta por encima de la cabeza después de tirar una derecha. Es un gesto que, si le dices a un niño como se hace, no le saldrá. Pero esa heterodoxia evidente no le quita un gramo de dificultad a la cosa.

Además, la estética, importante, no siempre está relacionada con la efectividad. El revés de Federer, por ejemplo, bien podría tener sala propia en el Louvre y, sin embargo, es también el motivo por el que Nadal le tuvo comida la moral durante años. Lo hizo con esa derecha no tan de academia. El deporte tiene mucho de ciencia, aunque nadie sería tan aguafiestas de explicar el tenis como una sucesión de velocidades, alturas y revoluciones por minuto en la bola. Esa batalla, la tiene muy ganada Rafa. Especialmente en tierra.

La derecha como argumento

Es uno de los golpes más brutales que se conocen. No es plano, y por lo tanto no llegará nunca a los picos de velocidad de los grandes pegadores. No lo necesita, la bola se envenena cuando besa el cordaje de Nadal, empieza a girar sobre sí misma sobrerevolucionada. Se mueve mucho y, cuando toca el suelo, se enrabieta y empieza a buscar el cielo. Es un golpe perfecto para la tierra batida, pues la arena del suelo lo único que hace es complicarla más. Pueden hacer la prueba en casa de intentar responder una pelota que viaja por encima de la propia cabeza. Obliga al rival a encadenar golpes antinaturales y forzados. Les somete con esa capacidad casi imposible de crear un golpe que antes no existía.

Tan buena es esa derecha que hasta consiguió que se adaptase al resto de las superficies. No con la increíble efectividad que tiene en tierra, claro, porque es un golpe planeado para ese contexto. Pero sí lo suficiente para ganar cinco grandes —por el momento— lejos de París. Nadie daba un duro por ello, el primer Nadal no parecía alguien apto para triunfar en otros lares. Pero a Rafa no se le puede desafíar, porque eso solo consigue que de un paso más adelante. La derecha era perfecta para la tierra, pero también era un golpe tan bueno que terminó triunfando en otros contextos. Junto con todo lo demás.

Rafa Nadal sirviendo. (EFE)
Rafa Nadal sirviendo. (EFE)

El servicio nunca fue lo suyo. Ríos de tinta corrieron pensando en sus posibles mejorías, en el entrenamiento, en la necesidad de tener puntos gratis como sus principales rivales... no llegó. Eso, además, es una enseñanza para la teoría del tenis. Si el saque no sale natural, desde la infancia, no puede aprenderse. Se puede matizar, mejorar algo, pero nunca harás de un saque ramplón uno decisivo. Eso hoy lo sabemos, precisamente, por Nadal. Si él, uno de los mayores trabajadores del deporte, alguien que se ha pasado días enteros con su tío intentándolo, no ha sido capaz, es que no se puede hacer.

El revés, a dos manos, es el termómetro de Rafa. Cuando está bien, como sin duda ha estado en Roland Garros, es un arma poderosa, que encuentra el fondo de la pista. En los momentos malos los problemas empiezan por ahí, porque deja las bolas más cortas e invita a los rivales a atacarle desde dentro de la pista. En cuanto al juego de red... quizá es lo más infravalorado en Nadal. Es muy resolutivo, no tanto por la volea, que la domina, sino por la inteligencia. Es intuitivo y siempre encuentra el lugar que deja libre el rival.

La cabeza de Nadal

Todo esto, por supuesto, sería imposible sin una buena cabeza. Durante años, de hecho, tuvo que aguantar que era todo cabeza. Se tenía a menospreciar su juego para dibujarle como un guerrero a quien todo le iba bien porque no desfallecía. Es cierto que es un luchador, nunca da una bola por perdida, también porque las piernas se lo han permitido. El caso es que, en estros tres años de desierto, se ha visto que la cabeza también hay que trabajarla. Y cuidarla.

En este tiempo Rafa ha reconocido que ha tenido momentos malos, no solo por el dolor de las rodillas o las muñecas, sino por motivos más profundos. Cuando volvió de alguna de esas lesiones se dio cuenta de que tenía que volver a subir la montaña, de poco ya valía su historial. Eso le dio una ansiedad que no se recordaba en él, una serie de problemas importantes que le empujaron a no ser capaz de ganar a los mejores del mundo, por ejemplo. Nadal dejó de ser Nadal, aunque la parte técnica siguiese ahí. Se empezaba a dibujar un jugador diferente, mucho más flojo, incapaz de enfrentarse a la realidad y salir victorioso. Hasta que cambió, claro. Durante la pasada temporada dio muestras de recuperación, pero en realidad ha sido en este 2017 cuando ha desahuciado por fin a todos los fantasmas.

Volvió, ahí está, mordiendo de nuevo la Copa de los Mosqueteros, un trofeo que es suyo más que de nadie. La imagen es la misma o parecida, algo más delgado y con menos pelo que en aquel 2005. Algo más maduro, pero igual de sonriente. El hombre es el mismo, solo que con más experiencia. Ahora sabe lo que es perder, sufrir y volver. Es el 'comeback kid' que ha vuelto. La imagen es la misma, sí, pero después del sufrimiento, ese mordisco no sabe igual.

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