un enfrentamiento que viste en esmoquin

El partido más importante de la historia es la última reedición del Federer-Nadal

No es un enfrentamiento más, ni siquiera uno más entre ellos. El domingo Melbourne tendrá la oportunidad de ver el duelo con mayor significado de todos los tiempos. El reto es ser el más grande

Foto: Nadal y Federer se saludan antes de un partido (Reuters)
Nadal y Federer se saludan antes de un partido (Reuters)

Hablamos, por lo tanto, de la mayor rivalidad de la historia del tenis. Quizá, incluso, de la más grande en el deporte, o al menos entre individuos en el deporte. Hubo un tiempo en el que se podía valorar la grandeza de un Borg-McEnroe, de un McEnroe-Connors, o pensar que el Agassi-Sampras era lo más grande jamás visto. Incluso son divertidas las refriegas entre Djokovic y cualquiera de los dos monstruos que nos atañen, Roger Federer y Rafael Nadal.

Pero no, realmente no hay discusión alguna. Lo de Federer y Nadal es otra historia. Ninguno de los dos decidió retirarse a los 26 años, ni era un histrión como McEnroe, o un jugador de esos que caía mal a todo el mundo, como era el caso de Connors. Tampoco sufrieron en ningún caso extrañas desapariciones, como Agassi y, en cuanto a lo de Djokovic, estuvo bien, pero no podemos engañar a nadie, nunca tuvo el aura del que sí gozan los dos tenistas que se verán en la pista Rod Laver de Melbourne para jugar la final del Abierto de Australia.

Y es que el domingo, con los números en la mano, se enfrentarán los dos mejores jugadores de tenis de todos los tiempos. Dos hombres con historiales estratosféricos que, además, son coetáneos. ¿Cómo es eso de inusual? Lo normal es que el historial de cualquiera de los dos se hubiese labrado gracias a una época con menos peligros, con tenistas buenos, pero no colosales. Un poco lo que le pasó a Sampras, que con 14 títulos del Grand Slam ahora mismo está en el mismo punto que Nadal, pero él solo tuvo que lidiar, y a ráfagas, con un genio. Porque en el caso del español y Federer ni siquiera se está metiendo en la ecuación a Djokovic, que con 12 grandes también está en todas las listas de los mejores. La disputa entre ambos dura más de una década y tiene tantas escenas como se puede pedir a un duelo.

Los dos reconocen, sin dudarlo, que su carrera hubiese sido más fácil de no haber estado el otro. Da vértigo pensar en el número de Grand Slams que hubiese ganado cualquiera de ellos sin la presencia de su rival. Esa ficción pone a Federer, por ejemplo, ganando diez grandes seguidos, los que van desde Wimbledon 2005 a Australia 2008 y en los que solo el arte sobre la tierra de Rafael Nadal fue capaz de apartarle de la victoria total. El español, en ese escenario, tendría cuatro torneos en Londres sobre hierba.

El partido más importante de la historia es la última reedición del Federer-Nadal

El reto de ser como el rival

Todo eso, relativo, en realidad da un poco lo mismo. Porque lo cierto es que si las carreras de Nadal y de Federer son lo que son es también por la propia existencia del otro. Ambos, aunque el suizo a veces no lo aparente, son feroces competidores, perfeccionistas hasta el extremo que se levantaban pensando en el gran rival y hacían los sacrificios que requiere llegar a la cumbre porque sabían que el otro no lo iba a poner fácil. Jugar al tenis como lo hacen ambos solo es posible si te ves empujado por las circunstancias, cuando hay alguien en el otro lado que te reta constantemente.

Esa es, y siempre será, una de las grandes victorias de Nadal. Si se mira el tenis de ambos cuando eran adolescentes, es evidente que Federer tenía pocas cosas que cambiar o mejorar. Lo suyo era más un transcurrir, ir adecuándose al circuito hasta ponerse en su lugar, que no podía ser otro que el número 1. Con Nadal, que es un talento enorme, las cosas nunca fueron tan claras. Él sí tuvo que pulir su juego, aprender a volear, afrontar el servicio de otra manera, adaptar su juego a las distintas superficies para llegar a ser un jugador completo... La perspectiva que había sobre él era la de gran dominador de la arcilla. Un Kuerten, un Bruguera, un Muster, un Carlos Moyá. Con eso no hubiese sido suficiente, por más que hubiese superado a todos ellos en su terreno. Necesitaba algo más y lo encontró.

En este contexto, el partido de Melbourne apunta a ser el más importante de todos, así como es, sin duda, el menos esperado de sus duelos. Nadie les tenía en cuenta para llegar a esta final, y eso era porque ninguno de los dos había dado muestras de estar en condiciones de dar tantos pasos seguidos sin tropezar. Nadal no había estado mal en Brisbane, pero había cedido contra Raonic. Federer no hizo nada reseñable en la copa Hopman, incluso tuvo que bajar la cerviz al encontrarse con Zverev. Eso sin computar los meses anteriores, en los que el suizo había estado en casa descansando por una lesión y Nadal, a pesar de su pundonor en los Juegos, poco más o menos. Superada la barrera de los 30 ambos, y con un historial físico preocupante en el caso del español, todo parecía escrito para que lo que quedase por delante fuese más una despedida amable que una interpretación furiosa del mejor tenis del mundo.

Es cierto, se han visto beneficiados porque los dos dominadores actuales del circuito, Djokovic y Murray, han estado más bien torpes e incapaces de colmar las expectativas. Pero tampoco hay que engañarse, por más Federer y Nadal que sean, no dejan de estar en los puestos 9 y el 17 del mundo, dos posiciones que exigen también algo de demérito de los otros para llegar a buen puerto. En ese sentido, no hay lugar como Australia para encontrar sorpresas. Siempre ha sido así y 2017 no se sale de ese patrón. Es el Grand Slam en el que han jugado la final Tsonga, Johansson -este incluso ganó- o Baghdatis.

Nadal y Federer, en Australia 2009 (EFE)
Nadal y Federer, en Australia 2009 (EFE)

Para llegar hasta aquí ambos han tenido que desplegar un tenis sensacional. La muestra más cercana, aunque ni mucho menos la única, está en las semifinales. Tanto Nadal como Federer se marcharon a los cinco sets contra muy notables rivales, tuvieron que emplear su mejor tenis y mostrar la autoconfianza que solo tienen los grandes campeones. Los dos estuvieron cerca de perder, pero cometieron pocos errores y supieron crecerse en los momentos en los que tiembla hasta el alma de la presión a la que se ve sometido el tenista. Más incluso, Federer sufrió contra el muy correoso Nishikori, situado por encima de él en el ránking, y Nadal vio pasar su vida por delante en el partido contra Zverev, un encuentro que aspira a ser el más bonito de todos en un torneo que está resultando un regalo para el espectador. También demostraron fortaleza con rivales de tronío, pues el suizo arrasó a Berdych en tres del mismo modo que el español se deshizo con inusual facilidad de Raonic, número 3 del mundo.

Esa mezcla, la de haber sido capaces de navegar con viento a favor y en las circunstancias más difíciles, es la que nos lleva a este partido. Pero esta final no es solo un partido importante en 2017, no es una cita clavada en el calendario sino algo que se eleva muy por encima de lo concreto para abrazar lo abstracto. La historia, la leyenda, la rivalidad, todas esas palabras de las que sabemos el significado pero no las podemos palpar.

Y el significado histórico, en este caso, es el máximo posible. Porque se dirime, al menos en parte, quién es el mejor jugador de todos los tiempos. El puesto parece asegurado para Roger Federer, que pasó a Rod Laver en todos los listados hace ya años. Se sitúa con 17 grandes, tres más de los que hoy en día tiene Nadal, y ese es el cálculo de desempate perfecto entre ambos. Si gana el suizo sumará 18, pondrá cuatro de distancia y ya difícilmente será alcanzado por su histórico rival. El penúltimo capítulo de esta eterna rivalidad quedaría a su favor y, aunque el historial de ambos siempre le va a mostrar desfavorable, la impresión quedaría algo moderada con la última gran batalla.

El partido más importante de la historia es la última reedición del Federer-Nadal

¿Quién es el mejor de la historia?

Si gana Nadal el escenario cambia completamente. 15-17 ya no es una distancia tan importante, más aún si se tiene en cuenta que el español, aunque cascado por las lesiones, sigue siendo cuatro años menor que su amigo. Y a nadie se le escapa que, con este nivel de juego, y si el físico le respeta, el español va a ser el principal favorito cuando llegue Roland Garros. Lo era en los días malos, razón de más si está bien.

Volvamos a la ficción, en este caso no suprimimos a ningún jugador, sino que inventamos un futuro probable. Nadal gana en Australia y se lleva, en el resto de su carrera, al menos un torneo más en París. Se queda a uno de Federer en historial, pero cuando hay que hacer una análisis más exhaustivo sobre el tema entran en juego otros factores. A los dos minutos de esa conversación, en la que ya no está Sampras, ni Borg, ni siquiera Laver, alguien recuerda que Federer ganó un poquito más, sí, pero que para comparar a estos dos jugadores no hace falta ajustar las circunstancias del tiempo en el que jugaron o hacer ejercicios de imaginación. Los dos se vieron en numerosas ocasiones y el dominio de Nadal fue constante e indudable. ¿Se puede ser el mejor de siempre si no se ha logrado ser siquiera mejor que tu principal oponente?

La gran rivalidad de este deporte, además, se ha conducido siempre en unas coordenadas de extrema educación. Es posible que lo único que ha faltado haya sido un poco de animosidad, algún recado de un lado a otro, un poco de mala leche entre tanta admiración. Es mejor así, de haber ocurrido eso las aguas se habrían enturbiado y nada sería lo mismo. El comportamiento exquisito de los dos protagonistas de esta bonita historia es un legado más de una relación que se podría vestir con esmoquin de tanta elegancia como muestra. El incesante reparto de elogios al que se han acostumbrado los protagonistas es una lección en sí misma. La deportividad puede tener esta imagen, la de la competitividad extrema con una cobertura de admiración mutua. Y real, porque Nadal sigue convencido de que Federer es lo más grande y el suizo no es menos sincero cuando se deshace en elogios sobre su compañero.

Comentaba Federer esta semana, justo después de ganar a Wawrinka, que ya estaban en un momento de sus carreras en el que ambos se esperaban más jugando partidos de homenaje y beneficencia que en un encuentro con tanta carga deportiva. Y es que ya estaban casi en eso. Hace unos meses Roger hizo un favor a su amigo y se dejó ver en la presentación de la Academia de Rafa Nadal, un ilusionante proyecto en el que el icónico jugador español está derrochando ilusión. Era una visita cordial, con dos hombres vestidos de traje y parabienes recordando los días grandes de su historial. Era, casi, una concesión a la nostalgia.

Incluso tienen previsto, dentro de unos meses, jugar juntos por primera vez en el mismo lado de la red. En el tenis se está pergeñando un nuevo gran 'show' al que han dado a llamar Copa Rod Laver en el que se busca una Ryder con raquetas en la que jueguen los europeos contra tenistas del resto del mundo. Es difícil saber hoy en qué quedará eso en el futuro, pero el primer cartel de la historia de ese invento solo tiene, por el momento, dos nombres: Federer y Nadal. Van a jugar partidos de dobles juntos y eso les convertirá automáticamente en la mayor atracción del evento, por más nombres de campanillas que se quieran sumar a la propuesta.

Esa era la nueva dinámica de la relación, la que primaba las citas sociales por encima del tenis de alta competición, pero se ha visto abruptamente cortada por un partido final, porque igual hay más, pero ahora mismo hay que contar con todos ellos como si fuese el último y disfrutarlo como tal. Al fin y al cabo, no se medían en una final de un grande desde Roland Garros 2011. Volverá la competitividad extrema, el tenis de alto voltaje. Y al final un abrazo, unas bonitas palabras, una sonrisa y un millar de nuevas conclusiones. El gran partido ha vuelto, es el último hurra.

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