25 años del título de wembley

Carlos Naval, el primer culé que durmió con una Copa de Europa

30 años como delegado del primer equipo del Fútbol Club Barcelona hacen de Naval historia viva azulgrana y el hombre que pudo pasar una noche con la más deseada del barcelonismo

Foto: Carlos Naval, en el homenaje del Camp Nou por sus 30 años como delegado del Barça. (EFE)
Carlos Naval, en el homenaje del Camp Nou por sus 30 años como delegado del Barça. (EFE)

Carlos Naval (Lleida, 1955) es el primer culé que durmió con una Copa de Europa. No, no es una manera de hablar. Estaba él en la cama y la Copa en el sofá. Y la miraba, aquella madrugada ya del 21 de mayo; y dice ahora, 25 años después de la final de Wembley, que la miraba y pensaba: "Hay que ver lo que nos has costado", antes de que el sueño le rindiera. Y se despertó y allí estaba, recostada en un sillón, toda suya por un momento. Carlos Naval es el delegado del FC Barcelona desde hace 30 años y ha vivido tanto, desde Menotti, Luis Aragonés, Cruyff, Guardiola, Maradona, Ronaldinho, Messi, que tiene historias como para escribir ya no un libro, sino varios tomos, pero también una cualidad extraordinaria en estos tiempos que corren: es una persona discreta. Sabe tanto que ni se le ocurriría contarlo.

Existe una creencia errónea y extendida sobre las personas con un carácter sobrio, poco expresivos para los que no forman parte de su círculo íntimo; que no es otra que la de que no sienten con la intensidad debida, que no se emocionan, que no sienten, que no se les eriza la piel ni notan un nudo en la garganta. Carlos Naval siempre ha puesto un cuidado exquisito en mantener su perfil profesional como delegado del primer equipo, pero se suelta, se ríe, se le nota la felicidad con la que recuerda Wembley aunque la primera respuesta en la entrevista a la pregunta de cortesía: “¿Qué tal, todo bien?” sea “bueno, todo es un término muy amplio”. Le digo entonces que me recuerda al periodista y maestro Miguel Rico, que contesta exactamente igual a la pregunta siempre que se la hacen: “Debe ser cosa de Lleida entonces, que estamos así, cortados por el mismo patrón” y vuelve a reírse. Le hace ilusión recordar, 25 años después, lo que vivió en Wembley.

Cruyff y el “salid y disfrutad”

Carlos Naval ha vivido 57 títulos con el Barcelona desde que comenzó a trabajar como delegado en 1987, siempre en primera fila y aquella final contra la Sampdoria, la primera Copa de Europa, sigue siendo especial “precisamente por eso, por ser la primera”, admite. El equipo se concentró en un hotel en Saint Albans, a 30 kilómetros al norte de Londres, en un paraje tranquilo, solitario y alejado del ruido. El club catalán la había pifiado en las dos anteriores finales que había disputado, en 1961 en Berna y en 1986 en Sevilla. Existían varias generaciones de culés traumatizados y con la sensación catastrofista de que pesaba una especie de maldición. Hasta que llegó Cruyff con su “salid y disfrutad” y un grupo de jugadores a los que el genio holandés les cambió la vida. “En esos días previos de concentración recuerdo que había mucha tranquilidad, al menos aparentemente, una especie de serenidad y que Cruyff se empeñaba en transmitir confianza y repetir que era una oportunidad única, que se podía, que había equipo, que era el momento”, recuerda Naval.

La frase de “salid y disfrutad” ya ha quedado para la historia del fútbol y sin embargo Naval, que estaba allí, en el vestuario del antiguo Wembley, afirma no recordarla con seguridad: “Era un vestuario tan pequeño y había tanta gente que yo tenía la sensación de sobrar, eran los minutos previos, el masaje de antes y yo no quería estorbar porque ahí no tenía nada que hacer. Entré y salí, es que no se cabía, así que claro que Cruyff dijo la frase porque todos la recuerdan, pero yo no”.

Sí que tiene claras las sensaciones que vivió al salir al campo: “Los vestuarios del antiguo Wembley estaban justo detrás de una portería, que era donde estaba nuestra afición, así que ir andando esos metros por el túnel, escuchar el ruido y aparecer en el césped y ver a nuestra gente animando y chillando fue impresionante. Algo que no podré olvidar jamás. Desde el minuto uno sabíamos que no estábamos solos”.

En la prórroga, en el minuto 111’ cuando marca Koeman, Cruyff salta del banquillo y se queda enganchado en la valla: “Es que estaba altita, ¡eh! Y a mí no me dio tiempo a celebrar nada. Enseguida me dijo que preparara el cambio, Alexanco por Guardiola. Se trataba de cerrar el partido en los ocho minutos que quedaban, los penaltis ni verlos, vamos, y yo me centré en eso, el cambio, trabajar, amarrar, aparcar las emociones”. ¿Y al final? “Pues el jolgorio, claro, te abrazas con todo el mundo, pero ya en el descanso, por lo que pudiera pasar, habíamos hablado con Chema Corbella y ‘Taja’ (José Antonio Ibarz) los encargados de material, para que tuvieran preparadas las camisetas azulgranas, porque en la final jugamos de naranja, pero si ganábamos la Copa había que recogerla con la primera equipación”. Así que nada más terminar el encuentro Naval, Corbella y ‘Taja’ fueron repartiendo las camisetas. Ya habría tiempo de celebrar; lo primero era el trabajo. El masajista Ángel Mur, una persona muy querida dentro del vestuario, el psicólogo, el confidente, el ‘ángel’ al que se refirió Rijkaard después de conseguir la segunda Champions en el 2006, también ayudó. Su padre ya era el fisio del equipo en Berna; es decir, historia dentro de la historia.

La Copa abandonada

Después del partido la plantilla y sus familias volvieron a Saint Alban. “Había preparado un salón, por si acaso, para la celebración, éramos, calculo, un centenar de personas, pero en Inglaterra, en fin, a partir de las dos de la madrugada ya nos empezaron a decir que despejáramos y allá negociando que nos dejaran un rato más. Al final, los jugadores, directivos, las familias, fueron abandonando el salón y me di cuenta de que la Copa estaba allá, abandonada en una mesa sola y pensé ‘como la dejemos aquí igual mañana no está'” así que me la subí a la habitación, la coloqué en un sofá y volví a bajar. Conseguimos tres cajas de cerveza, que ni frías estaban, pero nos daba lo mismo, todo valía, y allá estuvimos los de siempre, los últimos, en un saloncito pequeño hasta las tantas”. Subió a la habitación, miró la Copa. “Hay que ver lo que nos has costado”, le dijo. Y a dormir.

Cuyff en la torre de controladores

A la mañana siguiente, con la Copa en la mano, subió al autobús rumbo al Aeropuerto de Luton. Llegaron y les comunicaron que había problemas, muchas aeronaves en cola incluyendo al menos cinco de seguidores y un mínimo de tres o cuatro horas de retraso. Y entronces Cruyff, genio y figura, tomó el mando: “Vamos a hablar con los controladores”, dijo. Y allá fuimos, Tamayo, el de la agencia de viajes, Johan y yo. Por supuesto que todo el mundo abría paso porque era Cruyff y así llegamos hasta la torre de control, con todos mirándole con admiración —insisto, era Cruyff— que les argumentó que no podíamos salir con cuatro horas de retraso porque había mucha gente esperando en Barcelona, que si se podía arreglar. Cinco minutos de Cruyff hablando y enseguida nos dijeron: de acuerdo, váyanse corriendo que en media hora despegan”.

El disparo de Koeman. (Cordon Press)
El disparo de Koeman. (Cordon Press)

Guardiola le pidió permiso

Y así, corre que te corre, mientras la plantilla, directiva, familiares y demás embarcaban, Tamayo, Cruyff y Naval se dieron media vuelta y llegaron otra vez hasta el mostrador, donde se encontró, de nuevo, a la Copa de Europa abandonada. “Y la volví a coger y la subí al avión”, rememora. Las imágenes del recibimiento en Barcelona, el júbilo, la explosión de alegría, las lágrimas, las risas, están ahí para siempre. Por fin. Campeones de Europa por primera vez. Por fin.

Cruyff se fue. Y Núñez. Y Koeman. Y fueron pasando los años y los entrenadores, y también los jugadores, mientras Naval, Corbella, ‘Taja’ y Mur seguían allí hasta que en el 2006, con Frank Rijkaard en el banquillo y un jovencísimo Messi lesionado, llegó la segunda final en París y Naval volvió a dormir con la Copa. “Pero esta vez fue por razones diferentes, había tal multitud que los que debían estar dentro estaban fuera y al revés. Y la Copa de mano en mano y de foto en foto. Hasta que pensé ‘hasta aquí hemos llegado’ y la cogí, me subí al autobús y le dije al chófer que nos llevara al hotel”.

En la final de Roma, la primera de Guardiola como técnico, Pep se acercó a Naval en el autocar de camino al hotel: “Tú ya has dormido con dos, ¿me la puedes dejar? Obviamente le dije que sí, pero que se acordara de bajarla a la mañana siguiente. En el 2011 en Wembley, con la fiesta en el Museo de Historia, ya directamente me despreocupé. De la Copa se ocupaban los de seguridad, pero sé que Pep volvió a subirla a su habitación”.

El homenaje

A sus 62 años, hace dos semanas, Carlos Naval, que entró a trabajar en el Barça como administrativo cuando tenía 18 años para organizar las pruebas de los alevines, recibió un homenaje antes del partido ante el Villarreal por sus 30 años como delegado del club. “Me engañaron vilmente”, asegura. “Es que no me enteré de nada hasta el último momento. ¿Que se me vio muy sereno? Sería por la sorpresa, que no me dio tiempo ni a reaccionar”, admite. Le regalaron una camiseta y una placa conmemorativa en presencia de su hija Sara y su nieta Jana mientras en los videomarcadores del Camp Nou emitieron un video con mensajes de Luis Enrique, los capitanes Iniesta, Messi, Busquets y Mascherano y de los dos últimos capitanes, Xavi y Puyol. “Fue un momento de incredulidad, de pensar '¿pero qué hago yo aquí?' cuando al final tan solo soy uno más, pero evidentemente me emocioné mucho… Mucho”.

Carlos Naval es, simplemente, historia del FC Barcelona. Y, que a nadie se le olvide, el primer culé que durmió con una Copa de Europa. Envidia, ¿eh?

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