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'John Wick': la legendaria resurrección de Keanu Reeves

La segunda entrega de esta saga en torno a un asesino de élite se confirma como una de las mejores muestras de cine de acción contemporáneo

Foto: Fotograma del filme.
Fotograma del filme.

En 'Pacto de sangre', John Wick entra en escena como una figura legendaria. Para el gran grueso de los espectadores, el personaje de este asesino a sueldo de élite que se ve obligado a abandonar su retiro y reanudar su trabajo resulta una novedad. La primera entrega de John Wick no llegó a las salas comerciales españolas y se estrenó directamente 'online'. Hasta hace escasos días, era accesible en Netflix, aunque ya ha desaparecido del catálogo de esta plataforma. A pesar de ello, el filme generó cierto culto entre los aficionados al género de acción. Sobre el papel, la película resultaba la enésima revisión del antihéroe trágico entregado a una misión vengativa por asuntos personales. Esta vez encarnado por un Keanu Reeves en gloriosa resurrección.

John Wick se presentaba ya en el filme original como un sicario ligado a la leyenda. El hombre se había retirado del oficio por amor, pero su esposa fallece por enfermedad antes del inicio de la historia (ay, cuántas mujeres han tenido que morir para otorgar una dimensión dramática a los héroes de acción testosterónica). Como recuerdo, le deja a su esposo un cachorro al que cuidar. Al hijo del capo de la mafia rusa no se le ocurre otra cosa que atacar a Wick, robarle el coche 'vintage' y matar al perrito. La furia del asesino es tal que no descansa hasta acabar con aquellos que le han sustraído el último vínculo con su adorada esposa...

John Wick actualizaba así un catálogo de referentes propios del cine policíaco, el 'thriller' de venganza y la acción en diversas de sus declinaciones. Los responsables del filme, Chad Stahelski y David Leitch, debutaban como realizadores tras años trabajando como especialistas en el cine de acción. Su oficio se plasmaba en la pantalla en unas escenas coreografiadas con la precisión y la 'fiscisidad' del cine de artes marciales y la contundencia de las películas norteamericanas de los setenta. Wick, por su parte, pertenece a ese antiguo linaje de asesinos solitarios de pocas palabras y actos expeditivos. El mérito de Stahelski y Leitch, y del guion de Derek Kolstad, consistía en integrar todos estos referentes tan reconocibles en un universo con vida propia.

En 'Pacto de sangre', Wick se ve obligado una vez más a volver a la acción a causa de otro mafioso de acento extranjero, Santino D'Antonio, a quien da vida Riccardo Scamarcio. Esta segunda entrega mantiene las virtudes de la primera, pero le añade una mayor dosis de estilización. Aquí se da mejor cuenta de esta aristocracia del crimen entre la que se mueve el protagonista: los hoteles de lujo donde no está permitido 'trabajar', las alianzas selladas en sangre, las discusiones en localizaciones incomparables, el servicio de una elegancia sin parangón...

Wick pertenece a un mundo que entiende el crimen como un arte a la vieja usanza, un círculo cerrado que dispone de sus propios códigos de comportamiento. El dibujo de esta sociedad secreta entronca con toda una tradición de este tipo de imaginarios en la literatura 'pulp' y el cómic serial, como también lo hace ese ejército en las sombras compuesto por indigentes y solicitadores de limosna en el metro de Nueva York que tanto recuerda a la red de vagabundos de Sherlock Holmes. Tampoco faltan las pizcas de humor soterrado, como ese Franco Nero, gerente del hotel italiano, que suspira aliviado cuando comprueba que la presencia de Wick en Roma no tiene nada que ver con el Papa.

Al contrario de lo que sucede con otros 'blockbusters' de acción en que las localizaciones no pasan de meros paisajes fotogénicos de fondo, Stahelski, que firma la segunda parte en solitario, incorpora los escenarios en el propio discurso estético del filme. La parte italiana de 'Pacto de sangre' subraya el hecho de que la película es, ante todo, una reivindicación del trabajo artesano bien hecho. John Wick mata con la misma maestría y elegancia que trabaja un sastre de alta costura o un conservador de documentos centenarios. Cuando el protagonista tiene que introducirse clandestinamente en una fiesta exclusiva en unas antiguas termas romanas, uno de sus cómplices le entrega una llave vetusta para acceder al lugar. Es uno de los muchos guiños a las herramientas analógicas en detrimento de los 'gadgets' tecnológicos de los que hacen uso otros héroes de acción.

De hecho, una de las pocas veces que vemos a Wick sacarse el móvil del bolsillo es para comprobar que se le ha roto y está inutilizado. En tiempos del 'blockbuster' de acción sobrecargado de efectos digitales y dispositivos 'hi-tech', 'John Wick' se erige como una saga que apuesta por la acción vieja escuela, libre de trucos y a escala humana. Lo que no obvia la espectacularidad de varias secuencias, más en una película en la que el protagonista se pone en marcha como una máquina de matar imparable a lo largo de dos horas. Entre ellas, un tiroteo filmado, como en 'Oldboy', de Park Chan-wook, a la manera de un videojuego, o ese homenaje a la escena de los espejos de 'La dama de Shanghái', de Orson Welles, donde los juegos ópticos se multiplican exponencialmente como en una instalación de arte contemporáneo caleidoscópica. La saga John Wick ha llegado para quedarse y, si mantiene el nivel, nosotros que nos alegramos.

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