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'La alta sociedad', aristócratas histéricos y decadentes

El errático giro cómico del director francés Bruno Dumont

Foto: Fotograma del filme.
Fotograma del filme.

La trayectoria seguida por Bruno Dumont es cuando menos curiosa. El francés se hizo un nombre con películas sombrías y áridas como el Gobi que tenían sexo y sangre y ni un ápice de sentido del humor. Ni uno. Por eso sus fans se quedaron a cuadros —gratamente a cuadros— cuando hace tres años presentó la miniserie 'El pequeño Quinquin', que no solo era una comedia sino una comedia divertidísima que además encajaba como anillo al dedo en su obra previa: solo hacía falta llevar su particular misantropía un poquito más al extremo para que resultara desternillante. Cuando el año pasado se anunció que 'La alta sociedad' iba a seguir la misma línea, la cinefilia se frotó las manos. Perfeccionado el nuevo método, el resultado sin duda sería aún mejor esta vez. Error.

Que 'La alta sociedad' sigue la misma línea de 'El pequeño Quinquin' es rigurosamente cierto. De hecho, para su construcción, Dumont ha tomado prestadas piezas de su predecesora: un protagonista de rasgos propios de un cuadro de Francis Bacon, un romance juvenil, una pareja de policías ineptos que investigan crímenes terribles —incluso cuando se hace el gracioso, este director no puede resistirse a imaginar seres humanos muertos, y cortaditos a poder ser—, gente que habla raro, gente fea, paisajes costeros de postal y una narración que se mueve pero no va a ningún lado en particular. La principal novedad es que en la nueva película el afán de extravagancia grotesca está multiplicado por mil.


Otra diferencia es que en esta ocasión el protagonismo recae sobre una prole aristocrática —de ahí el título— interpretada por actores famosos. Y esto último es algo a lo que Dumont —a pesar de que en 'Camille Claudel 1915' (2013) colaborara provechosamente con Juliette Binoche— no está acostumbrado: su fuerte siempre ha sido trabajar con intérpretes no profesionales. 'La alta sociedad' incluye, además de a la propia Binoche, a Fabrice Luchini y a Valeria Bruni-Tedeschi, y cuesta recordar una sola otra película en la que cualquiera de los tres estuviera peor que aquí. Sus intentos de ajustarse al estilo esperpéntico del director resultan en un histerismo de lo más irritante. Cada escena en la que aparece Binoche, en particular, es directamente insoportable.

La principal novedad es que en la nueva película el afán de extravagancia grotesca está multiplicado por milEl punto de partida de la historia es la llegada de la decadente familia, los Van Peteghem, a su villa vacacional en Pas-de-Calais, donde desde el principio se dedican esencialmente a intercambiarse extasiados comentarios sobre lo magnífico que es el paisaje, darse de bruces o, en el caso de Peter Van Peteghem (Luchini), caminar como si estuvieran en un 'casting' para ingresar en los Monty Python. Sin duda, su malformación tiene que ver con el historial secreto de endogamia que su linaje arrastra.

Paralelamente, decíamos, un par de detectives que se parecen a una mezcla entre Laurel y Hardy y Hernández y Fernández investigan una serie de misteriosas desapariciones en la región. El más llamativo de los dos es un hombre que literalmente parece un globo —en una escena incluso se pone inexplicablemente a flotar en el aire— y cuya anatomía cruje y chirría a cada paso que da. A veces, en lugar de caminar, eso sí, rueda.

Sus vagas reflexiones sobre la división de clases se pierden entre la sucesión de caídas, trompazos y mohínesLa investigación en todo caso no importa, puesto que desde el principio del relato Dumont revela quién está tras las desapariciones: una familia de pescadores caníbales, que secuestran a turistas y se los comen. En una escena los vemos a todos sentados alrededor de un cubo lleno de órganos humanos sangrientos, chupando dedos y orejas como si fueran cabezas de gamba. Es el mejor gag de la película. Si Luchini, Binoche y compañía siguen vivos es porque el primogénito de la familia caníbal se enamora de la sobrina de Peter, que o bien es una chica que se viste como un chico o bien un chico que finge ser una chica que se viste como un chico; no se sabe. Da igual.

Dumont no espera que simpaticemos con unos u otros; ambas partes son igual de desagradables. Tampoco es probable que trate realmente de decirnos nada; en el mejor de los casos, sus vagas reflexiones sobre la división de clases se pierden entre la sucesión de caídas, trompazos, mohínes, tics, espasmos, tambaleos, mordiscos, resbalones y vuelcos, y en todos esos momentos en los que Binoche parece estar pidiendo a gritos que se la coman los caníbales. La banalidad no sería particularmente grave si el humor diera con frecuencia en la diana, pero no es el caso. Casi todos los gags son repetidos varias veces en escenas que duran demasiado, y que a menudo, en espera de un golpe cómico que no llega, van muriendo como un reloj que se queda sin pila mientras los personajes hablan y hablan, a veces entre murmullos y a veces a grito pelado, aunque nadie —ni siquiera nosotros— les escucha. Al final, todo cuanto uno recuerda de 'La alta sociedad' al salir del cine son los chistes de gordos, los acentos raros y los andares de avestruz beoda de Luchini. Quizá, después de todo, mejor sea que Dumont deje de intentar divertirnos y vuelva a centrarse en deprimirnos.

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