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'David Lynch: The Art Life', los orígenes de un cineasta inimitable

El director descubre su filosofía y su método creativo mientras hace un repaso a los momentos más trascendentes de su infancia y juventud

Foto: David Lynch, en un fotograma de 'David Lynch: The Art Life'.
David Lynch, en un fotograma de 'David Lynch: The Art Life'.

El primer síntoma de la pulsión caníbal del estudiante de cine medio es, ante la imposibilidad —o más bien la ilegalidad— de fagocitar el cerebro —y con él la creatividad— de sus mitos cinéfilos de cabecera, volcar su ansiedad artística en la compra compulsiva de libros y libelos sobre cómo hacer cine y, sobre todo, cómo hacerlo de forma que uno acabe convertido en un mito imprescindible del séptimo arte. Y entre la santísima trinidad de los manuales imprescindibles en la mesilla de noche del estudiante de cine medio, junto al 'Esculpir en el tiempo' de Tarkovski y 'El cine según Hitchcock' de Truffaut, no puede faltar 'Atrapa el pez dorado', un extraño 'totum revolutum' a caballo entre la autoayuda, las memorias y el ensayo en el que David Lynch disecciona su obra y su filosofía.

'David Lynch: The Art Life' podría considerarse la concreción audiovisual de 'Atrapa el pez dorado': un atisbo del mundo de un artista complejo e inimitable que intenta explicar la génesis y el desarrollo de su proceso creativo y que transmite la sensación de que su forma de trabajo está mucho más cerca de la de un artesano que de la de un idealista. "La creatividad es siempre un proceso de construcción y de destrucción", explica en el libro. El documental, dirigido a seis manos por Jon Nguyen, Rick Barnes y Olivia Neergaard-Holm —esta última, curiosamente, la montadora y coguionista de 'Victoria'—, también deja entrever la parte más desconocida de un Lynch que, aparte de entregarse al arte, también fuma como una coracha, conduce su coche por las calles de Los Ángeles como un hombre de su edad —71 años— y juega a las comiditas con su hija pequeña Lula.

En el año 2007, el ahora director Jon Nguyen ya produjo 'Lynch', un filme que sigue al director durante más de dos años en los cuales preparaba su última película, 'Inland Empire', y en el que se puede intuir la semilla que una década después ha germinado en 'David Lynch: The Art Life', un trabajo mucho más sofisticado que su predecesora a nivel estético y narrativo, pero que también guarda demasiadas similitudes con las que se pierde sorpresa y frescura.

Imagen del documental 'David Lynch: The Art Life'.
Imagen del documental 'David Lynch: The Art Life'.

Como una suerte de Tristram Shandy, este documental sobre el trabajo de un cineasta termina con el comienzo de su carrera como director y prefiere centrarse en el universo circundante a una trayectoria que empezó en 1977 con 'Cabeza borradora'. Lynch el artista, más que Lynch el cineasta. Y como buen simbolista, para explicar su arte Lynch se retrotrae a la imaginería de su infancia y juventud, relatando anécdotas y encuentros que para el Lynch niño fueron determinantes: esa noche en la que vio por primera vez a una mujer totalmente desnuda —y con la boca ensangrentada, también hay que decirlo— y le pareció estar presenciando "algo de fuera de este mundo", esa vez en la que visitó un mortuorio y pasó la noche mirando cadáveres en silencio, esos tiempos en los que jugaba en un charco de barro a la sombra de un árbol en su casa de Sandpoint...

Uno de los mayores atractivos de 'David Lynch: The Art Life' es la cantidad de metraje perteneciente a los vídeos caseros de la familia

Uno de los mayores atractivos de 'David Lynch: The Art Life' es la cantidad de metraje perteneciente a los vídeos caseros de la familia y que abarcan desde los años cincuenta hasta finales de los setenta. Como en una especie de terapia psicoanalítica freudiana, Lynch va desgranando esos momentos —a su juicio— clave que hicieron que pasase del estupor de la niñez a la incesante búsqueda del artista adulto: "En esa época, mi mundo era muy, muy pequeño y no se extendía más allá del supermercado a un lado y de la casa de mi amigo Bobby al otro".

Lynch describe esos años como una época marcada por el 'nomadismo' —su padre, Donald, trabajaba para el Departamento de Agricultura de Estados Unidos y estaba obligado a mudarse constantemente— y por el carácter de unos progenitores que le dieron la oportunidad de explorar el mundo a su manera. "Como siempre estaba dibujando, mi madre no me dejaba utilizar cuadernos de pintura, lo que fue una de las mejores locuras que hizo por mí", cuenta el cineasta. "Eso no lo hizo ni por mi hermano ni por mi hermana. Tenía la sensación de que podría restringir y matar mi creatividad".

Jack Fisk y David Lynch, en su juventud.
Jack Fisk y David Lynch, en su juventud.

También recuerda la importancia de gente que se cruzó en su camino, como su mentor, Bushnell Keeler, su amigo Jack Fisk o el mismísimo Peter Wolf, vocalista de J. Geils y antiguo compañero de piso. El carácter sensible y complejo de Lynch se entrevé a través de un relato donde también tiene cabida una época díscola de tabaco, alcohol y malas compañías de la que Lynch recuerda "a la gente y sus relaciones, las fiestas con bailes lentos, el amor, los sueños, los sueños oscuros y fantásticos...", referencias habituales en su filmografía.

A pesar de su característico universo oscuro y perturbador, Lynch, en su faceta más íntima, se muestra como una personalidad luminosa y brillante, a la que le gusta el sol, el verdor de la hierba y ver caer la lluvia. "La depresión, la rabia y la pena resultan bellas dentro de una historia, pero para el cineasta o el artista son veneno. Son como unas tenazas de la creatividad. Y si te aferran, apenas puedes levantarte de la cama, y mucho menos experimentar el fluir de la creatividad y las ideas. Para crear, hay que tener claridad. Tienes que ser capaz de atrapar ideas", advierte en 'Atrapa el pez dorado'.

David Lynch, en un momento del documental.
David Lynch, en un momento del documental.

Además, Lynch se muestra como una persona extremadamente curiosa e inquieta, que desde pequeño ha estado obsesionado con experimentar, aprender y perfeccionar lo aprendido con tesón y constancia, los rasgos que más han contribuido a su éxito no solo en el cine, sino también en la música, la pintura e incluso la hostelería. "Al principio sabía que las cosas que yo hacía eran una mierda. Sabía que para abrirme camino debía encontrar mi propia voz, y la única forma de hacerlo era seguir pintando y pintando y pintando y ver si de ahí salía algo".

Lynch se muestra como una persona extremadamente curiosa e inquieta

'David Lynch: The Art Life' también pivota alrededor de la idea de libertad, algo totalmente imprescindible para el cineasta a nivel existencial. "La vida artística significa la libertad de tener tiempo para que pasen las cosas buenas". Ese concepto trasciende más allá de su arte —en el que mezcla todo tipo de técnicas, texturas y materiales— y también lo aplica a su día a día más prosaico. Una verdadera declaración de intenciones.

Cartel de 'David Lynch: The Art Life'.
Cartel de 'David Lynch: The Art Life'.

A pesar de que la figura del de Mossoula es de por sí muy interesante y que 'David Lynch: The Art Life' también consigue mostrar una parte tan desconocida e íntima como el Lynch padre de una niña pequeña, en el documental se echa de menos una mirada que abarque también su proceso de trabajo en proyectos cinematográficos más actuales. Y aunque formalmente se trasluce una premisa estética —esas texturas oxidadas, esos colores en claroscuro, esa música perturbadora—, falta una mayor incorporación al filme de ese universo tan propio, tan intrigante y tan inigualable como el de Lynch, cuya influencia en la cultura contemporánea ha sido tal que hasta cuenta con su propio adjetivo. Un documental para fans de lo 'lynchiano'.

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