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'Trainspotting 2': sobredosis de nostalgia cuando ya no queda nada que decir

Danny Boyle recupera más de 20 años después a Edimburgo junto a los protagonistas de 'Trainspotting' en una secuela innecesaria

Foto: Imagen de 'Trainspotting 2'.
Imagen de 'Trainspotting 2'.

"Elige la vida". El váter más sucio de Escocia. Lou Reed cantando 'A Perfect Day' mientras alguien se chuta una sobredosis. Ewan McGregor pateando la acera con sus Adidas Gazelle al ritmo trepidante del 'Lust for Life' de Iggy Pop. 'Trainspotting' ha aportado suficientes grandes momentos a la cultura pop como para ser, dos décadas después, considerada una de las películas icónicas del cine moderno. Tan icónica, que la mejor forma de rendirle homenaje sería dejarla como está. Dicho esto, es probable que cuando decidió hacer 'T2: Trainspotting' —debió de tardar al menos minuto y medio en pensar ese título—, el director Danny Boyle solo pensaba en rendir homenaje a su propia cuenta corriente.

'Trainspotting 2': sobredosis de nostalgia cuando ya no queda nada que decir

Lo que les pasara a los cuatro crápulas protagonistas de la primera película en todo este tiempo es algo que casi nadie se ha preguntado a menudo, pero aun así aquí los tenemos de regreso, en parte inspirados por 'Porno' (2002), la continuación literaria que Irvine Welsh escribió de su libro más famoso. La última vez que lo vimos en 'Trainspotting', Renton (Ewan McGregor) estaba cruzando el puente Waterloo con una bolsa llena de dinero que debería haber repartido con sus compinches. La primera vez que lo vemos en 'T2', está corriendo sobre una cinta de 'step'. Sí, en la primera película corría delante de la policía y en esta lo hace en un gimnasio. Es solo uno de los incontables paralelismos agresivamente obvios que Boyle nos lanzará a la cara una vez Renton, por un motivo en todo momento ininteligible, decide regresar a Edimburgo.

¿Qué se encuentra al llegar? Spud (Ewen Bremner) sigue siendo heroinómano. Sick Boy, ahora Simon (Jonny Lee Miller), regenta un bar que nadie frecuenta. Begbie, el psicópata (Robert Carlyle), es aún más psicópata. El núcleo narrativo, por llamarlo de algún modo, lo proporciona el accidentado reencuentro entre Renton y Simon.

Cuando decidió hacer 'T2: Trainspotting', el director Danny Boyle solo pensaba en rendir homenaje a su propia cuenta corriente

Mientras, Begbie tiene sed de venganza, Spud se da cuenta de que le gusta escribir y las mujeres de sus vidas no hacen gran cosa. Una de ellas, una prostituta búlgara amiga de Simon, pasa muchos minutos en pantalla y a pesar de ello no sería menos interesante si se pasara la película castigada cara a la pared. Asimismo, hay una subtrama relacionada con un intento de montar un burdel en el bar de Simon, y otra protagonizada por el hijo de Begbie. Al parecer, Renton también quiere reconciliarse con su padre.

Si suena interesante, es del todo fortuito. 'T2' en todo momento transcurre a la deriva. Cierto que eso hasta cierto punto tiene sentido si consideramos que se trata de una película sobre gente que trata de pasar página pero se muestra incapaz de ello. Pero, decimos, hasta cierto punto. Pese a que uno de sus personajes insiste en que "la nostalgia es una trampa", Boyle constantemente vuelve la mirada atrás hacia la película original, haciendo alusiones a sus escenas más emblemáticas o directamente reproduciéndolas.

Ewan McGregor y Jonny Lee Miller, en una escena de la película.
Ewan McGregor y Jonny Lee Miller, en una escena de la película.

Ocasionalmente la conexión funciona —el plano fugaz de un retrete repugnante es un guiño gracioso—, pero en general es más bien lamentable; nunca tanto como en esa actualización del monólogo más memorable de 'Trainspotting', que hace sonar a Renton como un abuelo que no entiende qué hacen sus nietos mirando a todas horas la pantalla del teléfono y que, como el resto de la película, abusa del tipo de histerismo visual que en 1996 podía parecer novedoso pero hoy resulta simplemente 'kitsch'.

Cartel de 'Trainspotting 2'.
Cartel de 'Trainspotting 2'.

Que la nostalgia fuera el ingrediente esencial de 'T2' no sería necesariamente algo malo de no ser porque es un fin en sí misma. Boyle no parece tener nada de relieve que decir sobre la amistad, ni sobre las drogas, ni sobre política —nada parecido al cáustico retrato de la Gran Bretaña contemporánea ofrecido por su predecesora— ni, incomprensiblemente, sobre el paso del tiempo —que hacerse viejo es una pena ya lo sabemos, gracias—. Quizá, después de todo, mejor sea hacer caso a Boyle y refugiarse en el pasado. Dicho de otro modo, ¿qué necesidad hay de enfrentarse a 'T2' pudiendo en cambio ver 'Trainspotting' por decimocuarta vez?

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