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'Hasta el último hombre', la redención risible y gore de Mel Gibson

Nadie más que Gibson podría haber hecho una película que ensalza las virtudes de la no violencia y a la vez es lo más bruto que Hollywood ha producido en diez años

Foto: Andrew Garfield en un fotograma de 'Hasta el último hombre'
Andrew Garfield en un fotograma de 'Hasta el último hombre'

Por motivos que todos conocemos, Mel Gibson necesitaba redimirse, y eso en el negocio del cine significa demostrar que es capaz de hacer taquilla. Y para ello ha echado mano del mismo recurso que usaría un gobernante necesitado de aumentar su popularidad ante los votantes: la guerra. 'Hasta el último hombre' se abre con una escena sacada del séptimo círculo del infierno de Dante: cuerpos que caen, granadas que explotan, pilas de cadáveres ensangrentados, las entrañas y los miembros arrancados. Y sobre esas imágenes oímos una voz en off que susurra algo así como “Es el señor, es Dios”.

Es decir, la primera escena de la primera película que Gibson dirige en 10 años lo deja todo claro. 'Hasta el último hombre' es una película religiosamente devota y, a la vez, tan violenta que después de verla uno necesita una ducha. Lo tomas o lo dejas, parece decirnos el neoyorquino. En ese sentido, hay que reconocer su honestidad.

'Hasta el último hombre', la redención risible y gore de Mel Gibson

También su singularidad. Por un lado, porque nadie más que Gibson podría haber hecho una película, nominada a seis Oscar, que ensalza las virtudes de la no violencia y a la vez es lo más bruto que Hollywood ha producido en los diez años que han pasado desde que él dirigió por última vez –sería la película más bestia jamás dedicada a un pacifista de no ser porque, técnicamente, el protagonista de 'La pasión de Cristo' también lo era–. Por otro, porque aquí el director habla de lo que ha hablado a lo largo de todo su cine: un hombre moralmente noble que atraviesa su propio calvario y sufre castigos y finalmente ve la luz, o la redención a través de niveles inhumanos de sufrimiento. Es la historia de un hombre perseguido por sus creencias, contada por alguien que se cree perseguido por las suyas –así como por todas esas cosas que dijo cuando estaba borracho o simplemente muy cabreado–, y que al final logra demostrar que todos estaban equivocados sobre él.

En concreto 'Hasta el último hombre' habla de Desmond Doss, que durante la Segunda Guerra Mundial se alistó voluntario para servir en el frente como médico y que, a pesar de su negativa a empuñar un arma –sus convicciones religiosas se lo prohibían—, en el frente llevó a cabo actos increíblemente heroicos. Doss es un hombre a quien a buen seguro Gibson querría parecerse. Es ferviente y piadoso, no bebe y no mataría ni a una mosca. Su alistamiento en el ejército causa la confusión de los oficiales y otros soldados –un verdadero quién es quién de estereotipos del cine bélico—, que lo consideran un cobarde o un idiota o ambas cosas, y le acarrea insultos y palizas y hasta la cárcel. A pesar de ello, Doss nunca vacila, y una vez su unidad se ve inmersa en el infierno en el campo de batalla de Okinawa, su coraje lo lleva a salvar él solo 75 vidas. ¿Quién necesita un arma cuando tiene a Dios de su lado?

'Hasta el último hombre' más bien recuerda a una película de zombis. Una hora entera de soldados envueltos en llamas, miembros, decapitaciones y órganos convertidos en confeti A estas alturas nadie confundiría a Gibson con un narrador sutil. Siempre ha hecho sus películas a golpe de martillo, echando mano de universos morales simplistas y golpes de efecto dramático. Pero nunca antes había sido tan tosco como aquí. En su búsqueda abusona de la emoción nos arroja las escenas a la cara como un púgil que lanza 'uppercuts' a un contrincante arrinconado. Primero, a través de una primera mitad de metraje que recrea la infancia de Doss y su primer amor, y que para hacernos amar al personaje recurre a los más trillados clichés de los melodramas bélicos. Después, decíamos, con una segunda mitad tan gore que hace los primeros 20 minutos de metraje de 'Salvar al Soldado Ryan' parecer un episodio de 'El equipo A'.

Puestos a comparar, 'Hasta el último hombre' más bien recuerda a una película de zombis de la Troma. Una hora entera de soldados que gritan envueltos en llamas, miembros despedazados, decapitaciones parciales, órganos convertidos en confeti y primeros planos de ratas que devoran vísceras. Incluso hay un momento en el que un soldado agarra el torso de un compañero que ha sido partido en dos por una explosión y lo usa a modo de escudo mientras corre y dispara contra el enemigo, y fragmentos de tripas del muerto pueden verse colgando. Al cabo de un rato uno empieza a sospechar que Doss es una mera excusa.

La carnicería es tan exagerada que la única reacción que acaba generando es la risa

La justificación de Gibson para tanta barbarie es sin duda la misma que dio a quienes lo criticaron por haber convertido la historia de Jesús en una entrega no oficial de la saga 'Saw': para entender el alcance del sacrificio debemos ser conscientes del sufrimiento soportado. Sin embargo, la carnicería es tan exagerada que la única reacción que acaba generando es la risa.

No es lo único que resulta risible en 'Hasta el último hombre'. Tal vez Doss arriesgó la vida para salvar a los heridos. Tal vez fabricó una polea improvisada y se dejó las manos en carne viva haciendo descender a los hombres por el acantilado. Quizá se hizo el muerto para esconderse de los japos –todo el mundo en la película los llama así– y, con el rostro cubierto de suciedad, sudor y sangre, dijo en voz alta: "¡Por favor, Dios, déjame salvar a uno más!". Y tal vez, solo tal vez, llegó a librarse de una granada de un zapatazo al vuelo. Pero hay que estar hecho de piedra para contemplar eso en pantalla y no tomárselo a chiste.

Cartel de 'Hasta el último hombre'
Cartel de 'Hasta el último hombre'

Mientras contempla ese proceso Gibson se esfuerza por retratar a Doss como una figura mesiánica y nos lo muestra bautizado en sangre o en postura de crucifixión o literalmente ascendiendo a los cielos, y en general lo traza de forma tan unidimensionalmente santurrona que al final más que un hombre virtuoso empieza a parecer un Forrest Gump. Lo curioso es que, pese a ser un pacifista, el héroe no parece tener reparo alguno en que ese pacifismo solo inspire a sus compañeros para seguir matando, ni se impresiona al ver las ensaladas de intestinos a su alrededor. No siente un ápice de culpa mientras sus compañeros matan para salvarlo ni siente, y quizá debería, que aunque técnicamente él no apriete el gatillo sus manos también están manchadas. La película no está interesada en explorar estas cuestiones porque su objetivo es simplemente glorificar la intransigencia religiosa y predicar la superioridad moral de quienes practican la fe, al tiempo que celebra por todo lo alto la misma violencia a la que Doss se oponía.

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