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Un muermo viene a verme, el monstruo de Bayona es una bomba lacrimógena

Juan Antonio Bayona presenta su última superproducción, un drama tibio para todos los públicos basado en la novela homónima de Patrick Ness

Foto: Fotograma de 'Un monstruo viene a verme'
Fotograma de 'Un monstruo viene a verme'

Todo, absolutamente todo lo que compone y lo que rodea a 'Un monstruo viene a verme' es material de bomba lacrimógena. Una bomba racimo para dejarse los ojos en córnea viva. Desde la vida de Siobhan Dowd, la escritora que soñó por primera vez con Conor y con el monstruo que le vino a ver, y que murió de un cáncer de mama en 2007, pasando por la historia en sí, construida sobre los cimientos más dramáticos. Una fábula fantástica que otro escritor, Patrick Ness, concluyó como si Dowd le hubiese pasado el testigo y que trata de la pérdida de la inocencia, de la muerte, la soledad y de cómo manejar las emociones que estas provocan. Emociones que, lamentablemente, en la adaptación al cine de Juan Antonio Bayona quedan en simples balas de fogueo. Bayona ha presentado a su monstruo este miércoles en el Festival de Cine de San Sebastián, donde la película se ha encontrado con el público por primera vez. Un público partido por la mitad entre defensores y detractores.

Era una de las películas más esperadas del año, dirigida por el Spielberg español -es el primer director al que Bayona nombra cuando se le pregunta por referencias-, uno de los cineastas más sólidos del panorama actual. Pero un 'Monstruo viene a verme' no convence. Es una película técnicamente impecable, porque el catalán, ante todo, es un director solvente, capaz de manejar los presupuestos grandes, atraer a pesos pesados del cine de Hollywood a sus proyectos -Sigourney Weaver, Liam Neeson y Felicity Jones, en este caso-, y de aspirar a hacerse hueco en el competitivo panorama internacional, sin que apenas le tiemble el pulso y con un resultado a prueba de catástrofes. 

Un muermo viene a verme, el monstruo de Bayona es una bomba lacrimógena

Bayona sabe mover la cámara. Todo está en su sitio, todo fluye, pero con un fluir viscoso. El trabajo de producción es apabullante, sobre todo para una película nacional. El arte impecable, el vestuario, la elección de los paisajes, la fotografía, los efectos especiales que articulan al monstruo, cuyo diseño se mantiene fiel al concepto del ilustrador Jim Kay, basado en el expresionismo alemán.

La película está impregnada de una especie de tibieza en la que se intuye el efecto emocional buscado, que se asoma, pero que no acaban de explotar

Sin embargo, algo falta. Alma. Garra. Pasión. La película está impregnada de una especie de tibieza en la que se intuye el efecto emocional buscado, que se asoma, pero que no acaba de explotar. Avanza como está previsto, sin sorpresas, sin esos momentos álgidos en los que el corazón se encoge, lo que supone un problema cuando tu producto busca la emoción del drama. Y poco a poco, cae en una pesadez más cercana al sopor que al onirismo al que apunta. Quizás el director no quisiese que los efectos especiales, los dibujos y la forma aplastasen la historia, pero lo hacen. ¿Por qué, si los ingredientes están, el plato sabe insípido?

Y eso a pesar de un Lewis MacDougall entregado y rabioso, que ofrece una interpretación visceral sobre la que se sostiene la mayor parte del filme en una lucha a contracorriente. Y eso que es innegable que Bayona, donde es muy bueno, es en el trabajo actoral con los niños. Una lástima que el resto del reparto parezca arrastrado por una ola de apatía insalvable.

Y eso a pesar de un Lewis MacDougall entregado y rabioso, que ofrece una interpretación visceral sobre la que se sostiene la mayor parte de la película

A Conor (MacDougall) se lo están arrebatando todo. Le están arrebatando su infancia.  Primero su padre (Tobby Kebbell), que ha preferido construir otra vida con un océano por medio en la que Conor no tiene cabida, suistituido por una nueva foto familiar. Después sus compañeros de clase, que le torturan día tras día a la salida del colegio. Y ahora a su madre (Felicity Jones), que ha perdido las fuerzas, el pelo y la vitalidad por culpa de esa enfermedad tan puñetera.

El mundo mira a Conor con irritante condescendencia, con la pena no solicitada tan habitual de los adultos que todo lo saben y que piensan que por debajo del metro cuarenta uno es idiota. Tan idiota como para no darse cuenta de las mentiras que tapan la realidad, porque con un poco de azúcar esa píldora que os dan pasará mejor, como defiende el universo Disney. Por eso Conor ha empezado a sentir la presencia de un monstruo (Liam Neeson). 

En la novela de Patrick Ness ese monstruo que viene a ver a Conor es más ambiguo, más siniestro, más interesante

Cartel de 'Un monstruo viene a verme'
Cartel de 'Un monstruo viene a verme'

En la novela de Patrick Ness -sobre la que se basa la película, de la que también es guionista-, ese monstruo que viene a ver a Conor es más ambiguo, más siniestro, más interesante. Porque los monstruos tienen que asustar -sobre todo los interiores-, porque para algo son monstruos. El monstruo de los cuentos de hadas, los de la mente y el espíritu, los monstruos que se materializan en células metastásicas. Y aquí, nunca llegan a asustar. 

Y sin emoción, 'Un monstruo viene a verme' pierde el interés. Porque desde el principio conocemos -o intuimos- el final, así que el enganche tiene que venir del alma y la víscera. Y promete y promete, pero nunca llega. Salvo en el caso de Conor, nunca llegamos a profundizar en el resto de los personajes, ni siquiera en el de una abuela (Weaver) que se enfrenta sola al papelón de revivir la posibilidad de una pérdida, de enfrentarse sola de nuevo a una hija enferma y a un nieto confuso e iracundo. Así, plasmado sobre el papel, el drama es absoluto. Pero en la pantalla no hay calor. Una bomba lacrimógena de fogueo.

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