los años de plomo

Aldo Moro, caso abierto: el político al que todos querían muerto

Un libro bucea en las cloacas del Estado italiano de los años setenta. El Senado abre una comisión de investigación sobre el asesinato del ex primer ministro 39 años después

Foto: El cadáver de Aldo Moro apareció en un maletero (EFE)
El cadáver de Aldo Moro apareció en un maletero (EFE)
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Lo dice un político de la Democracia Cristiana en esa serie de culto llamada ‘1992’: “La mejor manera de enterrar un asunto en Italia es crear una comisión de investigación parlamentaria”. Pues bien: el Senado italiano ha activado una comisión de investigación sobre el asesinato del ex primer ministro Aldo Moro, del que mañana se cumplen 39 años. “El caso Moro cada vez se embrolla más, eso es verdad. Ocurre que los casos se abren porque nunca han llegado a estar cerrados del todo, porque nunca llegamos a saber toda la verdad. Lo de Italia es una cosa muy extraña”, cuenta Eduardo Bravo.

Sobre asuntos históricos que cuanto más se investigan, más se enredan, va precisamente ‘Villa Wanda’, de Eduardo Bravo, ensayo sobre las cloacas del Estado italiano de los años setenta: de la Logia P2 al derrumbe del Banco Ambrosiano, pasando por el terrorismo rojo, el terrorismo negro, la matanza de Piazza Fontana, la red Gladio y un largo etcétera de asuntos turbios tratados con enfoque pop. El loco mundo del Estado dentro del Estado. Ese raro momento de la historia en el que la realidad supera a las más descabelladas teorías de la conspiración. "La historia de Italia en los setenta es tan loca que no se necesita recurrir a conspiraciones", afirma Bravo.

Portada de 'La Repubblica' el día del secuestro
Portada de 'La Repubblica' el día del secuestro

Aldo Moro, ex primer ministro italiano y presidente de ese leviatán político llamado Democracia Cristiana, fue secuestrado por las Brigadas Rojas el 16 de marzo de 1978. Tras 55 días de cautiverio, su cadáver apareció en el maletero de un Renault 4 con 11 impactos de bala (salidos de la pistola de Mario Moretti, líder del grupo terrorista de extrema izquierda). ¿Y dónde está el misterio?, se preguntarán ustedes. Pues en la trastienda, en lo que sucedió entre el rapto y el magnicidio.

El giro

El contexto lo es todo en el caso Moro: el secuestro se produjo cuando el político se dirigía en coche a la sesión de investidura de un nuevo ejecutivo de la Democracia Cristiana (liderado por el inquietante Giulio Andreotti) apoyado por los comunistas. Moro era una pieza clave de las largas negociaciones entre la Democracia Cristiana y el Partido Comunista en pro del Compromiso Histórico; pacto que sectores de la Democracia Cristiana, los servicios secretos y las Brigadas Rojas no veían con buenos ojos. El pacto, que desafiaba la lógica de la guerra fría, tampoco era del agrado de EEUU. El secuestro, en el que murieron los cinco escoltas de Moro, enterró el Compromiso Histórico.

Pero el gran pecado de Moro estaba por venir: durante su cautiverio se convirtió en un enemigo de su propia clase; y no, no se trató de un caso agudo de síndrome de Estocolmo, sino de algo quizá peor: se dio cuenta de que los suyos -los hombres de Estado- eran unos psicópatas. Aldo Moro escribió 419 folios durante el secuestro. No paró de escribir cartas a sus compañeros de la Democracia Cristiana. Cartas llenas de reproches por su negativa a negociar su liberación (las Brigadas Rojas ofrecieron en varias ocasiones un "intercambio de prisioneros"). O cuando la razón de Estado -con los terroristas no se negocia- muta en algo siniestro...

Era mejor un Moro muerto que un Gobierno impedido

Una de las tesis de los escritos 'carcelarios' de Moro es que sus compañeros de la Democracia Cristiana le estaban abandonando, que era una víctima de las luchas de poder y de las corrupciones de su partido. A medida que se agotaban las posibilidades de salir con vida, Moro, preso de la desesperación, elevó el tono y el tiro: en sus últimas cartas enviadas a Francesco Cossiga (ministro del Interior y futuro presidente de la República) y Giulio Andreotti (presidente del Consejo de Ministros), les acusa directamente de sus “estrechas relaciones con los americanos y la CIA” e indirectamente de estar en manos de la logia ultraderechista P2 que, como cuenta Eduardo Bravo en su libro, movió los hilos secretos de la política italiana durante los años de plomo. Los maestros de la estrategia de la tensión.

Foto de Moro durante su secuestro
Foto de Moro durante su secuestro

"De la Propaganda Dos (P2) se decía que era un Estado dentro del Estado, algo que suena a mero titular periodístico, pero resulta que no era una exageración: la P2 era un Estado dentro del Estado. El poder bajo tierra de un grupo de jueces, militares, policías, empresarios, políticos y banqueros que por la mañana aparentaban normalidad democrática y por la noche conspiraban a cambio de poder, dinero e impunidad. Un sistema paralelo y subterráneo de control. La perversión de la democracia por encima de la ley", razona Bravo. Casi todos los miembros de la comisión creada por el Ministerio del Interior para resolver el secuestro de Moro eran de la P2; los Carabinieri, por su parte, tenían topos en las Brigadas Rojas. He aquí dos hechos que no han ayudado precisamente a aplacar las teorías de la conspiración.

La muerte civil

El Aldo Moro de las cartas parecía tan fuera de control que nada garantizaba que su liberación fuera a aplacarle: se estaba saltando todas las líneas rojas del Estado. "Se vuelve un cuerpo extraño, una especie de doloroso cálculo biliar que es necesario extirpar -con el fervor estatolátrico a manera de anestesia... Los periódicos independientes y de partido, las revistas semanales ilustradas, la radio, la televisión, casi todos se plantan firmes, en línea para defender al Estado, proclamando la metamorfosis de Moro, su muerte civil", escribe Leonardo Sciascia en esa joya del ensayo político llamada 'El caso Aldo Moro'. No menos recomendable es la película de Marco Bellocchio sobre los brigadistas que participaron en el secuestro: 'Buenos días, noche'.

​El profesor universitario Matteo Re explica en ‘Villa Wanda’ cómo el mainstream italiano abandonó a Moro a su suerte: “Tres o cuatro días antes del asesinato, el periódico de Indro Montanelli, ‘Il Giornale’, publicó en primera página ‘Moro ha muerto’. Era una forma de decir ‘esto ha durado demasiado. Hay que pensar en el futuro. Moro ha muerto lo liberen o no, porque está acabado políticamente’. Una persona que ataca a sus compañeros de partido -con razón, todo sea dicho-, una persona que dice que va a contar secretos de Estado a los brigadistas… Su carrera política estaba acabada. La idea que se quería transmitir era ‘mejor un Moro muerto que un Gobierno impedido’. Por eso, uno de los mayores errores de las Brigadas Rojas fue no liberar a Moro. De hecho, muchos brigadistas abandonaron el grupo por oponerse al asesinato”.

“Todos los hombres tienen derecho a tener miedo, pero cuando un hombre elige la política, surge el 'hombre de Estado'. Un hombre representativo del Estado no pierde el derecho a tener miedo pero sí el derecho a mostrarlo. Moro era el Estado, y el Estado pedía, imploraba, amenazaba a la clase política para que hiciese de todo, incluso prostituirse, para salvarle la vida. Eso no puede ser“, escribió en su momento Indro Montanelli.

Un hombre representativo del Estado no pierde el derecho a tener miedo pero sí el derecho a mostrarlo

El 1 de mayo de 1978, ocho días antes de la muerte, la familia de Aldo Moro rompe públicamente con el partido. Sin medias tintas: “Sepan los hombres de la Democracia Cristiana que el inmovilismo del partido ratifica la sentencia de muerte de Aldo Moro". Era la guerra. “La familia se queja en este documento de que ‘casi la totalidad del mundo político italiano’ haya considerado las cartas de Aldo Moro como escritas por un loco o por las Brigadas Rojas, tranquilizándose de este modo la conciencia”, según una crónica de agencia publicada en ‘El País’ el 2 de mayo de 1978.

Moro pidió ayuda durante su cautiverio al papa Pablo VI, que se puso de perfil. Escribe Eduardo Bravo: "Aunque en una de sus últimas cartas Moro expresó su deseo de que ningún compañero acudiera a despedirle, el 13 de mayo de 1978, la basílica de San Giovanni in Laterano acogió un multitudinario funeral de Estado. Asistieron todas las personalidades políticas del país y, por primera vez desde el siglo XVII, un pontífice presidió el funeral de un laico". Show must go on.

Moraleja: “Moro ha muerto” (aunque esté vivo). O la razón de Estado en todo su pavoroso esplendor.

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