antropología cultural para el siglo XXI

El 'striptease' integral de un turista. El libro de viajes del año es una juerga

El escritor británico Lawrence Osborne buscó un lugar que no hubiera sido ofertado aún por una agencia de viajes... y vivió para contarlo en un libro

Foto: Una turista en la piscina de un hotel en Bangkok. (Reuters)
Una turista en la piscina de un hotel en Bangkok. (Reuters)
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Entre 1950 y 2002, el número de viajes internacionales —tanto de negocios como de placer— saltó de 25 a 700 millones anuales. La conversión del turismo en el gran negocio/rodillo global ha tenido múltiples efectos secundarios; tanto graves como anecdóticos. Ejemplo de esto último: Lawrence Osborne, prestigioso escritor de viajes de origen inglés, cayó en una crisis existencial/creativa a causa del exceso de turistas.

“Visité cientos de páginas web —agencias de viajes, folletos oficiales, informes, relatos de viajeros—, pero el problema del viajero actual es que no le quedan destinos. El mundo entero es una instalación turística y el desagradable sabor a simulacro se eterniza en la boca. Busqué por todas partes, pero ningún lugar satisfacía mi necesidad de ‘salir del mundo”, escribe en el arranque del sensacional ‘El turista desnudo’ (Gatopardo, 2017), ensayo sobre el intento de buscar un lugar del mundo que no haya sido aún colonizado por las agencias de viajes.

Portada del libro.
Portada del libro.

Finalmente lo encontrará: la jungla de Papúa Nueva Guinea. Pero Osborne decidió rizar el rizo: antes de llegar allí, haría una serie de paradas por algunas de las ciudades más turísticas de Asia (Dubái, Bali, Bangkok) para ‘aclimatarse’. Y sí, lo han adivinado, en todas partes cuecen habas: las raras costumbres de los indígenas de Papúa Nueva Guinea no resultarán más extravagantes que las de un octogenario occidental salido y suelto por Bangkok... O Lawrence Osborne como gran antropólogo del turismo del siglo XXI.

Osborne narra con una apabullante batería de recursos: del humor a la erudición, pasando por la reflexión, en una mezcla de periodismo y divulgación solo al alcance de los más grandes. Al tiempo que cuenta sus tribulaciones en primera persona, nos ilustra con la historia del arte de viajar, con ejemplos que demuestran su pericia para el contexto. Nos enteramos, por ejemplo, de la leyenda de un grupo de alemanes que navegó hasta unas islas paradisíacas de las Molucas en 1967… y nunca más se supo; o bueno, sí se supo: “Una aerolínea local les lanzaba cerveza cada pocos meses. Había tantísimas islas que los teutones errantes simplemente habían desaparecido. Pero yo quería saber en qué isla estaban, si resultaba que existían de verdad. Porque la promesa de abandonar el mundo es una idea potente, aunque sepamos que se trata de un mito”, escribe.

El mundo entero es una instalación turística y el desagradable sabor a simulacro se eterniza en la boca

Igualmente, nos enteramos de que un ministro de Turismo de Ferdinand Marcos, exdictador de Filipinas, anunció en 1971 el descubrimiento de una tribu de la Edad de Piedra: los tasaday. 'National Geographic' viajó a Filipinas para publicar “uno de sus clásicos artículos sobre el noble salvaje”, pero luego se supo que todo era un timo/reclamo turístico. Los tasaday solo trepaban desnudos por las enredaderas para los fotógrafos, porque el resto del tiempo “llevaban Levi’s y vivían en casas confortables” no aptas para neolíticos...

'El turista desnudo' es también un bonito homenaje a la antropóloga cultural estadounidense Margaret Mead, que en los años treinta realizó una serie de viajes (Nueva York/Bali/Papúa Nueva Guinea) que cambiarían el curso de la antropología... y del feminismo. “En Papúa Nueva Guinea encontró todo el material que necesitaba para cuestionar lo que ella percibía como el patriarcado, el racismo y el puritanismo de su país. En 1932 estudió tres pueblos del norte de la isla: los arapesh, los mundugumor y los tchambuli. Su estudio clásico de estos tres pueblos en ‘Sexo y temperamento’ plantaría los cimientos de los actuales estudios de género, al constatar que los roles de los hombres y las mujeres podían cambiar de forma espectacular, incluso en un área geográfica relativamente pequeña”, cuenta Osborne.

Es curioso que Occidente todavía no haya reparado en la química potencial de conjugar sexo y odontología

Si lo que uno busca en un libro es llorar a moco tendido, tiene usted una parada obligatoria en el capítulo dedicado a Tailandia como gran meca de la salud y el 'fitness' por sus precios populares para el turista occidental. Osborne decidió que no estaba en forma para soportar los rigores de la expedición a la selva, y se sometió a un tratamiento filipino de choque que incluyó una visita al dentista (tras 11 años sin ir), una dieta en un falansterio de lujo y una, ejem, irrigación de colon. El ‘problema’ es que la industria clínica tailandesa parece poseída por la laxitud sexual del país, así que la visita al dentista tuvo algo de episodio de Benny Hill. “El personal —exclusivamente femenino— cruzaba los amplios espacios con tacones blancos y gorros almidonados, y era del todo inimaginable que su atractivo fuese una mera casualidad. Es curioso que Occidente todavía no haya reparado en la química potencial de conjugar sexo y odontología. Hasta la radiografía dental resultaba erótica...”.

Respecto a la limpieza de colon en un 'spa' tailandés de ensueño, diremos que acabó como el rosario de la aurora (y nos quedaremos muy cortos). Osborne se tumbó desnudo en una camilla y el doctor le dio una única instrucción antes de proceder: “¡Recuerde, belleza interior!". En ese momento, empezó el drama cómico:

Lawrence Osborne.
Lawrence Osborne.

“La belleza interior es un concepto de difícil comprensión, quizá más fácil de comprender cuando unas chicas guapas te meten tubos por el culo. Que tres chicas te ensarten un tubo por el trasero resulta lo más fácil del mundo. Tienes que rendirte incondicionalmente… Las chicas bromeaban a mi alrededor, turnándose para sostener el tubo en cuestión. Nos sumimos en una aparente calma. La irrigación es una cuestión de paciencia y serenidad. Uno pierde gradualmente el control de los intestinos: es como una descarga de diarrea controlada científicamente. Empecé a sudar. '¿Tú dolor?', me preguntaban continuamente. 'Yo no dolor'... Entonces las jóvenes salieron de la sala entre risitas y me dejaron sudando en la camilla, con mis intestinos rotando lentamente como el piloto de un caza que gira en el cielo tras haber perdido el control. Cuando volvieron, empujaron el tubo un poco más adentro y noté que de pronto se escapaba un chorro de café caliente... 'Ay, ay, ay', empezaron a gritar e identifiqué la palabra tailandesa para 'doctor'. Era demasiado tarde: se había iniciado el Chernóbil gastroenterítico. De pronto se desataron los infiernos. Fue como si todo el contenido de mis tripas se liberase de la camisa de fuerza de la vergüenza y de toda una vida de excesos. Las chicas soltaron una exclamación. La inundación fue súbita e imparable. Cundió el pánico. Las chicas empezaron a correr de aquí para allá con rollos de papel, gritando con cierta serenidad tailandesa… La cascada amenazaba con el pasillo por lo que era preciso proceder a la evacuación inmediata”.

Y hasta aquí la parte relajante del viaje…

Bienvenidos al choque cultural

Osborne puso rumbo luego a Papúa Nueva Guinea para visitar a los kombai en sus casas de los árboles. Huelga decir que los tratamientos tailandeses no sirvieron de mucho, y el escritor se desmoronó al poco de iniciar su marcha por la selva: “Respiraba con tanta dificultad que me vi obligado a aminorar la marcha. Durante los descansos notaba que me latían las sienes. Me hice adicto a la pipa de Yanbu porque era un calmante; si fumaba y contaba hasta doscientos, mi pulso bajaba a un nivel aceptable y podía volver a respirar… Empecé a sentir la rabia impotente del hombre ‘civilizado’ que, en medio de la naturaleza, se transforma rápidamente en un niño indefenso”.

Todo ello ante la mirada escéptica de los porteadores nativos: "Pero ¿qué clase de hombre es este, que ni siquiera puede andar sobre unos troncos resbaladizos? Me pregunté a menudo qué pensarían de nosotros. Solían mirarnos con una expresión divertida o perpleja, siempre rozando la incredulidad".

Empecé a sentir la rabia impotente del hombre ‘civilizado’ que, en medio de la naturaleza, se transforma rápidamente en un niño indefenso

Pero Osborne llegó a su destino y conoció a los kombai, lo que dio pie a las típicas paradojas de la antropología. Del “espanto” de los indígenas al ver a un hombre blanco —“¿Cómo íbamos a saber que los hombres podían ser blancos? ¡Y también las mujeres!”— al abismo geográfico: “No venimos de la selva. Venimos de fuera de la selva”, dice a los kombai el guía/traductor de la expedición de Osborne. “Al oírlo, sacudieron la cabeza, alarmados, y chasquearon la lengua. ¿De fuera del mundo? ¿Cómo era posible?”.

Por no hablar del clásico incidente costumbrista que no puede faltar en todo choque cultural. “El kombai miró nuestros penes y con una sonrisita preguntó: '¿Ringi Bangus?'. Siguió un momento de confusión, pero nos lo tradujeron rápidamente: '¿Os envolvemos el rabo?'. Preguntamos por los detalles del procedimiento. Consistía en replegar el prepucio del miembro pecaminoso e introducir todo el órgano dentro del cuerpo. Al parecer, la primera vez que alguien lo hacía acababa vomitando y desmayándose, pero aquello, sin lugar a dudas, te hacía ser uno de ellos. Una vez efectuada esta operación, el miembro era lo bastante pequeño para que pudieran envolvértelo. Los resultados eran de una gran elegancia, sin duda, pero tras una charla de 10 segundos decidimos rechazar la oferta. El hombre chasqueó la lengua, decepcionado. Aquella no era la actitud. ¡Y eso que se había ofrecido a hacerlo él en persona!”.

Moraleja: contra el turismo de masas, ¡Ringi Bangus!

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