LA HUELLA DEl tercer reich EN LA PENÍNSULA (II)

Himmler, Montserrat y el Santo Grial: la factura de una visita desagradable

Un libro desvela datos inéditos de la estancia en Barcelona del líder de las SS. La visita impulsó las relaciones entre arqueólogos nazis y falangistas

Foto: Llegada de Himmler con toda su comitiva al Monasterio de Montserrat. (Pérez de Rozas/Arxiu Fotogràfic de Barcelona)
Llegada de Himmler con toda su comitiva al Monasterio de Montserrat. (Pérez de Rozas/Arxiu Fotogràfic de Barcelona)

Lugar: Hotel Ritz de Barcelona. Fecha: 23 de octubre de 1940. Evento: banquete oficial en Honor de Su Excelencia Sr. Himmler. Desglose de la factura: 90 cubiertos: 9.500 pesetas. Tabacos: 525 pesetas. Música: 300 pesetas. Alquiler de piano: 100 pesetas, etc. Total de la factura: 13.275 pesetas (155.000 euros al cambio actual). He aquí parte de lo que le costó al Ayuntamiento de Barcelona la visita relámpago del líder de las SS, Heinrich Himmler. La comitiva nazi se hospedó en el Ritz durante unas horas, tiempo suficiente para presenciar una parada militar y subir a Montserrat a, ejem, buscar el Santo Grial. Fue el esotérico cierre a la visita de Estado más importante de un gerifalte nazi a España durante la II Guerra Mundial.

Factura de Himmler en el Ritz. (AMCB/Ayuntamiento de Barcelona, B101, actos protocolarios, exp. 27 de 1940)
Factura de Himmler en el Ritz. (AMCB/Ayuntamiento de Barcelona, B101, actos protocolarios, exp. 27 de 1940)

La factura la han encontrado los historiadores Mireia Capdevila y Francesc Vilanova, que a finales de mayo publicarán ‘Nazis a Barcelona. L’ esplendor feixista de postgerra' (Fundació Carles Pi i Sunyer/Editorial L’Avenc y Ayuntamiento de Barcelona), ensayo sobre el peso cultural del nazismo en la Cataluña de posguerra [el libro ya está a la venta].

O Barcelona como organizadora de grandes eventos nazis: de la Feria del Libro Alemán a la exposición sobre Arquitectura Alemana Moderna, pasando por las charlas de grandes intelectuales del nacionalsocialismo como el jurista Carl Schmitt, que habló en la ciudad el mismo día (D) que los aliados desembarcaban en Normandía.

“Los círculos franquistas de la ciudad sentían fascinación por el poder alemán”, cuenta Francesc Vilanova, profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona, que recibe a El Confidencial en su despacho de la Fundación Carles Pi i Sunyer.

Carlos PrietoCarlos Prieto

“En poco tiempo habíamos pasado del multitudinario entierro de Durruti a la parada militar en honor a Himmler. Barcelona tenía que expiar sus pecados de ciudad del rojerío. Queríamos plasmar cómo se ocupó el espacio público desde 1939 para visibilizar el cambio político que suponía el nuevo régimen”, añade Vilanova.

La visita de Himmler a Cataluña, de hecho, inspiró más de un ripio en la prensa de la época: "Que el pueblo de Barcelona sepa que al recibir hoy y aclamar a Himmler, acoge y exalta a uno de los más egregios forjadores de la Nueva Alemania. Pocas palabras más necesitaremos consignar como expresión de la complacencia y del honor que sentimos al dar la bienvenida a quien tanto hizo con un ardiente patriotismo... para sacar a su país de la humillación del ludribio y de la ruina a que le había condenado el sanedrín de Versalles”, en palabras del entregado cronista de 'La Vanguardia' (portada del 23 de octubre de 1940).

Bajo palio

Portada del libro
Portada del libro

El Reichsführer pasó cuatro días en España para "intercambiar información policial" y preparar el encuentro entre Franco y Hitler en Hendaya (celebrado el mismo día que Himmler subió a Montserrat, en la recta final de su visita). Himmler entró el 19 de octubre por Hendaya/Irún y pasó por San Sebastián, Alsasua y Burgos antes de llegar a Madrid (Estación del Norte) en la madrugada del 20 de octubre. “El paso de la comitiva fue presenciado por miles de personas que saludaban brazo en alto y vitoreaban a España y Alemania”, según la prensa del día siguiente. Al llegar al Ritz, tuvo lugar un desfile de la Legión José Antonio. “Eran probablemente las horas de mayor germanofilia que vivirían las calles de Madrid”, explica el historiador Manuel Ros Agudo en ‘La guerra secreta de Franco’.

Pasada la exaltación callejera, empezó lo serio: sendas reuniones con Francisco Franco y con Ramón Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores, con quien trató el paso de tropas alemanas por España para un posible ataque a Gibraltar y la “creación de un servicio de información conjunto hispano alemán que actuara en América Latina”, según Ros Agudo. La jornada se completó con un programa variopinto: corrida de toros en Las Ventas, visita a la Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol y cena de gala en el Palacio del Senado.

En poco tiempo habíamos pasado del multitudinario entierro de Durruti a la parada militar con Himmler. Barcelona tenía que expiar sus pecados de ciudad del rojerío

Al día siguiente, visitó la tumba de José Antonio en El Escorial y el Alcázar de Toledo. El 22 de octubre fue al Prado —se detuvo ante ‘El descendimiento’ de Van der Weyden y ‘Las lanzas’ de Velázquez— y al Museo Arqueológico Nacional, donde prestó atención al periodo visigodo. Esa tarde tuvo otra reunión política “sobre la colaboración entre la Gestapo y la policía española”, según Ros Agudo. Antes de viajar a Barcelona, fue despedido por el director general de Seguridad, José Finat y Escriba Romaní, que se dejó llevar por la emoción facciosa en el banquete de despedida: “España entera ha vibrado intensamente a vuestro paso, demostrando su amor sincero y espontáneo para Alemania y para vuestro Führer… Cuantos durante tres años luchamos para salvar la civilización y la vida de la Patria amenazada, no olvidaremos nunca que… solo dos hombres pusieron el formidable aparato de su prestigio y de su poder a nuestro lado. La Falange nunca olvidará estos dos nombres: Adolfo Hitler y Benito Mussolini. Y ahora, excelentísimo señor, levanto mi copa por vuestra salud, prosperidad y éxito personal y por las organizaciones que tan admirablemente dirigís, por la gloria del Füihrer, de la gran Alemania y de la victoria total”.

Si Himmler ya había despachado los asuntos importantes en Madrid, ¿por qué decidió alargar su viaje un día para subir a Barcelona? “Objetivamente —es decir, desde el punto de vista político—, no tenía mucho sentido que Himmler viniera a Barcelona, porque el núcleo del aparato del poder estaba en Madrid. ¿A qué viene entonces? Pues igual la única explicación es la esotérica”, asegura Vilanova, cuyo libro incluye fotografías inéditas de Himmler en Montserrat y en el Ritz, halladas tras bucear en varios archivos municipales.

Tensión y mal rollo

La visita de Himmler en 'La Vanguardia'.
La visita de Himmler en 'La Vanguardia'.
Himmler subió al macizo de Montserrat a buscar pistas sobre el Santo Grial, al que una leyenda mitad nazi mitad wagneriana situaba en el monasterio catalán. La visita fue tensa. La máxima autoridad del templo —el abad Aureli Maria Escarré— maniobró para no coincidir con el líder nazi. El encargado de recibir al Reichsführer fue el padre Andreu Ripol, que se mantuvo cortante durante toda la velada. El libro recoge el testimonio del sobrino de Ripol sobre la visita.

La excusa de Escarré para no recibirle fue que no hablaba alemán, así que le recibieron tres monjes que habían estado refugiados en Alemania durante la guerra, entre ellos Ripol. Se buscó una manera de que la máxima autoridad del monasterio no quedara asociada a la figura del nazi. Todo el mundo sabía quién era Himmler; fueron lo suficientemente astutos como para evitarse una foto comprometedora con él”, explica Vilanova. “Cuando el embajador alemán subió a Montserrat en 1943, tras un intercambio de prisioneros entre Alemania e Inglaterra en el puerto de Barcelona, sí le recibió el padre abad. Al embajador británico, por cierto, no le llevaron nunca a Montserrat”, tercia Mireia Capdevila, coordinadora del Archivo Histórico Carles Pi i Sunyer y coautora del libro.

PREGUNTA. Por lo que veo, Escarré tenía olfato político…

RESPUESTA. Francesc Vilanova: No lo sabes tú bien. Era un tipo muy listo. Las crónicas más solventes dicen que fue una visita muy desagradable en la que Himmler se mostró especialmente antipático y maleducado.

P. ¿Por qué se mostraron tan beligerantes los religiosos?

Ripol le llegó a discutir la superioridad racial, y Himmler le respondió diciendo que en cuanto volviera a Berlín le enviaría un 'Mein Kampf'

R. Mireia Capdevila: Según nos han explicado, acogieron a Himmler forzados por la situación, porque tienen que acoger a todo el que suba, pero no era de su agrado. El relato es de tensión y fricciones constantes, acabaron un poco mal. Ripol le llegó a discutir la cuestión de la superioridad racial, y Himmler le respondió diciendo que no se preocupara, que en cuanto volviera a Berlín le enviaría un 'Mein Kampf', lo que da idea de la magnitud del rifirrafe.

P. Teniendo en cuenta la jerarquía de Himmler, es alucinante que tuviera una bronca política en Montserrat…

R. Francesc Vilanova: Hay que tener en cuenta el factor religioso. En Montserrat eran conscientes de las complejas relaciones entre los nazis y los católicos alemanes; entre otras cosas, porque en 1939 había en Barcelona una colonia de monjas católicas exiliadas de Baviera. También conocían las derivas neopaganas de Himmler. Es decir, que había recelos previos entre los católicos catalanes y el nazismo, tensión teológica, por decirlo de algún modo. Himmler enfocó la visita por el lado esotérico, con alusiones al Santo Grial y elucubraciones sobre los ancestros raciales arios mientras le enseñaban una momia ibera en el museo...

Indiana Jones contra la Falange

Que Heinrich Himmler quisiera viajar a toda costa a Montserrat o que le entrara la inspiración aria mientras veía la momia de un íbero puede sonar disparatado, pero tiene toda la lógica del mundo conociendo al personaje. El Reichsführer puso mucha energía política en impulsar la rama arqueológica de las SS (Das Ahnernerbe), cuyas peripecias han dado tantas alegrías a los guionistas de Indiana Jones. El gusto de la Das Ahnemerbe por el expolio de los países invadidos por el Tercer Reich daría para escribir una enciclopedia, pero el mejor contexto para este artículo es el español: o cómo la visita de Himmler a España estrechó las relaciones entre arqueólogos nazis y falangistas.

Himmler y Martínez Santa-Olalla, en El Escorial. (Archivo General de la Administración)
Himmler y Martínez Santa-Olalla, en El Escorial. (Archivo General de la Administración)

En la foto pegada a este párrafo se puede ver a Himmler visitando el Monasterio de El Escorial. El hombre de gafas que le da explicaciones es Julio Martínez Santa-Olalla, camisa vieja, comisario general de Excavaciones desde marzo de 1939 e intérprete de Himmler durante su visita a Madrid y alrededores. La apretada agenda del Reichsführer hizo que tuviera que suspender una visita prevista en el programa oficial del viaje, a la necrópolis visigoda de Castiltierra (Segovia). El interés alemán por el pasado visigodo español tenía turbios motivos ideológicos: sacar brillo a los supuestos orígenes germánicos de Europa, pieza clave para la creación de un relato ario justificador en un momento en que Alemania se estaba anexionando países europeos a gran velocidad.

"Martínez Santa-Olalla quería crear una estructura vertical y ultrapolitizada similar a la Das Ahnenerbe. Su objetivo era ideologizar la arqueología española", cuenta el catedrático de Prehistoria Francisco Gracia, que nos recibe en su despacho de la Universidad de Barcelona​. Los intentos de Santa-Olalla chocaron con resistencias internas, en parte por las luchas de poder entre "los arqueólogos azules de Falange y los liberales/conservadores del franquismo". La germanofilia de Santa-Olalla era tan acusada que no dudó en expresar su solidaridad con algunos condenados en los Juicios de Núremberg, en un momento —fin de la II Guerra Mundial— en el que el franquismo trataba de borrar las huellas nazis sobre España a toda velocidad. "Era un claro admirador del credo nacionalsocialista. Y mantendrá su fidelidad a los principios de la Falange hasta su muerte en 1972", apunta Gracia, autor de libros de referencia como 'Arqueología durante el primer franquismo'.

Las posibles piezas que haya en Alemania no forman parte de las colecciones del museo, por lo que el Museo Arqueológico no es competente para ejercer eventuales reclamaciones

Santa-Olalla fue el hombre fuerte de la arqueología española durante los años de esplendor del nazismo, y se mantuvo al frente de la comisaría general de Excavaciones hasta 1956. La llegada de Himmler a Madrid afianzó su poder y engrasó la colaboración con la Das Ahnenerbe. "La vinculación se consolida con la visita. Santa-Olalla y Himmler conectan muy bien esos días", explica Gracia. El resultado de esa 'complicidad' es el viaje de Santa-Olalla a Berlín pocas semanas después, donde se entrevista con los máximos dirigentes de la arqueología alemana para desarrollar actividades conjuntas. Primer objetivo de esta Das Ahnenerbe cañí: desenterrar las sepulturas visigodas de Castiltierra.

El hombre elegido por la Das Ahnenerbe para ir a Castiltierra nunca llegará a Segovia por circunstancias bélicas —acabará en el frente ruso saqueando tumbas escitas en Crimea—. No obstante, la operación siguió adelante. En 1941, se exhumaron 401 sepulturas en Castiltierra con la ayuda del Instituto Arqueológico Alemán. Martínez Santa-Olalla se hizo con un gran número de objetos (piezas de bronce, restos óseos, etc.) y los envió a Berlín para que los restaurara la Das Ahnenerbe. Pues bien: nunca más se supo de la mayoría de ellos.... O sí se supo —muchas de las piezas acabaron en el Germanisches National Museum de Núremberg y en una universidad en Viena—, pero las gestiones realizadas por las autoridades españoles para repatriarlas (vía embajadas, ministerios y museos arqueológicos) no han llegado a buen puerto.

Los arqueólogos falangistas querían crear una estructura vertical e ideologizada a la manera nazi

Desde Alemania alegan que no hay un inventario oficial que respalde las reclamaciones españolas (es cierto que el envío de Martínez Santa-Olalla no quedó bien documentado) y que las piezas de sus museos provenientes de Castiltierra —necrópolis expoliada en varias ocasiones— no son las de Santa-Olalla, sino que se compraron en el mercado libre de antigüedades, lo cual probablemente sea falso/una mera excusa para no tener que devolver las piezas, según fuentes conocedoras de los entresijos del caso.

Preguntamos al Museo Arqueológico Nacional (MAN) por el estado actual de la reclamación y nos responden en modo perfil bajo: "De la necrópolis de Castiltierra conservamos numerosas piezas, muchas de ellas obtenidas de las excavaciones dirigidas entre 1932 y 1935 por los conservadores del museo Emilio Camps y Joaquín María de Navascués, exhibiéndose algunas en la exposición permanente. Sin embargo, de la fase de Santa-Olalla nada se expone aquí. En cuanto a la obtención de información relacionada con la supuesta recuperación de piezas de Castiltierra, las posibles piezas que haya en Alemania no forman parte de las colecciones del museo, o no tienen vínculo con él, por lo que el MAN no es competente para ejercer eventuales reclamaciones".

Resumiendo: el franquismo más nazi autoexpolió Castiltierra sin querer; y los alemanes, obsesionados con demostrar la unidad aria de Europa a golpe de expolio, no le hicieron ascos al regalo. Tres cuartos de siglo después, todo apunta a que las piezas 'perdidas' de Castiltierra seguirán en Alemania una larga temporada, a falta de un Indiana Jones patrio —¿Tadeo Jones?— que decida rescatarlas por su cuenta. La factura de la visita de Himmler, por tanto, acabó saliendo por un pico monetario y simbólico (entre facturas del Ritz y piezas arqueológicas).

Un pésame hitleriano

La muerte de Adolf Hitler en 'La Vanguardia'.
La muerte de Adolf Hitler en 'La Vanguardia'.

La fascinación hacia el nazismo tuvo un final abrupto en España. Algunos franquistas se tomaron a la tremenda la derrota alemana en la II Guerra Mundial, y no hablamos solo de Julio Martínez Santa-Olalla... “Se comprenderá que nuestra pluma contenida no encuentre palabras para llorar su muerte cuando tantas encontró para exaltar la vida (…) La historia, esa señora justiciera, dobla una página y aparece una nueva era que empieza con esa referencia: 1º de mayo de 1945. Muere Adolfo Hitler por la libertad de Europa”, escribió el diario madrileño 'Informaciones' a la muerte del líder del Tercer Reich.

El 1 de mayo de 1945, el consulado alemán en Barcelona abrió un libro de condolencias para que las autoridades y los ciudadanos barceloneses pudieran dar su pésame/expresaran su dolor por la muerte del Führer. El último adiós a Adolf Hitler.

“Parece que pasó mucha gente por ahí. Según contaron los periódicos, del gobernador civil para abajo firmaron todos. No hemos encontrado el libro de condolencias, y es una pena, porque sería muy interesante echarle un vistazo”, zanja Francesc Vilanova.

Cultura

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
15 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios