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De Sabina a Dani Martín... Cómo convertir tu ciudad en un gulag del pop

La cultura de Madrid y Barcelona sucumbe ante el poder corporativo y de las celebridades

Foto: Cartel de la Ruta Sabinera
Cartel de la Ruta Sabinera

Hablemos claro: resulta inquietante recordar la reciente acción promocional de Sabina en el metro de Madrid. Primero: por la tortura que sufrieron los replicantes del cantautor rockero, obligados a hacer de mimíca al ritmo de sus nuevas canciones durante cuatro horas y media. También por la colonización de la atención de los usuarios que han pagado su billete (bastante caro, por cierto). Por estos motivos, resulta tranquilizado hablar con el departamento el metro de Madrid y que nos confirmen que sí cobraron por la cesión del espacio.

No revelan la cantidad concreta, “por no perder los márgenes de negociación con otras empresas”, pero al final de cada año se hace pública la recaudación general, que en 2016 ascendió a 10.300.000 euros, cifra que abarca desde anuncios estáticos hasta pases de modelos en los pasillos. Al menos la publicidad invasiva sirve para llenar las arcas de las agencias de transporte público. Nos informan también de que el espacio del metro está abierto a cualquier artista que cubra sus peticiones económicas y cuya publicidad no afecte a a seguridad ni a la movilidad. No hubo, pues, privilegios para el cantante canalla de Jaén.

Se alquila capital

Otro caso llamativo es el Dani Martín, que el año pasado hizo un tour en autobús descapotable por distintos puntos de la capital, para presentar su último álbum. Pasó nada menos que en la Puerta de Alcalá, convirtiendo un lugar emblemático de la ciudad en su escaparate publicitario personal. Llamamos una docena de veces al departamento de prensa del consistorio madrileño, pero la linea no deja de echar humo, debido al recambio de Celia Mayer en la concejalía de Cultura. De todos modos, el de Martín es un caso menos grave, ya que al menos los madrileños obtienen un poco de música en directo a cambio de la cesión del espacio público (no enlatada, como en el caso de Sabina).

El problema, en realidad, es la saturación publicitaria del espacio urbano para ciudadanos seguramente no interesados

Además en prensa de Sony Music nos explican que no pueden darnos cifras, debido a la confidencialidad de sus contratos. Eso resulta tranquilizador, ya que la existencia de contrato indica que probablemente hubo un pago al ayuntamiento. El problema, en realidad, es la saturación publicitaria del espacio urbano para ciudadanos que seguramente no están interesados en ver perturbada su atención por estímulos promocionales. ¿Estamos ante otra prueba de que la configuración y aspecto de la ciudad la deciden las agencias de publicidad? ¿Es La Puerta de Alcalá de quién tiene dinero para alquilarla? ¿La cedería el ayuntamiento a un colectivo social con algo relevante que decir?

La calle es mía

Como dato revelador, comparto una anécdota de cuando vivía en la calle Nuria, en el barrio de Mirasierra, situado en la zona norte de Madrid. Un par de veces me encontré el Ferrari rojo de Dani Martín atravesado en la acera, cuando iba a despachar con el director de la sucursal del Banco de Sabadell situada en el número 36. Los padres con carrito teníamos que rodear su deportivo de lujo para comprar el pan y el periódico.

Más de una vez estuve tentado de entrar al banco y recriminar a Martín que nos hiciera caminar cuatro metros extra para evitar andar uno él. La cosa no pasa de detalle feo, pero revela la mentalidad de los millonarios de Occidente. La ciudad, en vez de un espacio público común, se ha convertido en un recinto ferial que se ofrece al mejor postor. Por eso acaban usándola como si fuera el patio trasero de su chalé de lujo.

Barcelona no se libra

No estamos ante un problema exclusivo de capital. El periodista Nando Cruz lamentaba en el libro 'Cultura en tensión' (2016) el excesivo dominio de los actos culturales de Barcelona por la marca de Estrella Damm. La empresa cervecera inyecta tanto dinero a las fiestas de la Mercé, patrona de la ciudad, que ha acabado teniendo un papel más relevante que el propio consistorio. “La aportación económica de la empresa es tan desproporcionada comparada con la del ayuntamiento que da risa. Estrella Damm pone dinero para el BAM (Barcelona Acción Musical), la programación pública, pero se reserva un montante igual para montar una fiesta con solo tres grupos mucho más populares en su antigua fábrica, que actúan los mismos días que el resto. En 2012, Estrella Damm se gastó en el grupo británico The Kooks la misma cantidad que para cuarenta artistas de la fiesta municipal”, explica. La pregunta surge sola y es de cajón: “¿Es Estrella Damm quien patrocina el BAM (fiestas de la Mercé) o más bien las contraprograma?”.

El problema es mucho más profundo de lo que parece , ya que el ayuntamiento de Ada Colau ha publicado un decreto por el que se compromete a no trabajar con empresas que practiquen la evasión de impuestos. La familia propietaria de Estrella Damm está implicada en un juicio por fraude fiscal, pero Jaime Collboni (teniente alcalde de Cultura) alega que los encausados son accionistas particulares, la familia Carceller, no la propia empresa. Así puede seguir recibiendo su dinero, nada menos que 650.000 euros. ¿La cultura de Barcelona ha llegado a depender tanto de Estrella Damm que no pueden vivir sin su dinero?

El juicio de los expertos

En un texto demoledor, publicado en la revista Minerva, el artista visual Rogelio López Cuenca denunciaba la invasión publicitaria de las ciudades, muchas veces utilizando técnicas del arte de vanguardia. “Vamos con los ejemplos: una 'azione futurista' (¡en el año 2007!), la Fontana de Trevi cubierta de tinta roja, ¿es una intervención artística 'oficial'?, ¿una 'salvaje'?, ¿vandalismo?, ¿gamberrada?, ¿una acción de denuncia política?, ¿o un anuncio de Campari? Un monumento histórico, sometido a una intervención temporal… Un ejemplo perfecto de la mutación sufrida por ese lugar que seguimos, a falta de otro nombre, conociendo como ciudad y como espacio público.

Los megaeventos culturales han de entenderse así como ocasiones para la renovación de la imagen de la ciudad en el mercado turístico

Los llamados centros históricos han pasado de ser habitables a visitables, consumibles, a ser utilizados como reclamo para atraer turistas a la ciudad-museo y como escenario para la representación de eventos espectaculares destinados a renovar los motivos del turista para reincidir en su visita. Los megaeventos culturales han de entenderse así como ocasiones para la renovación de la imagen de la ciudad en el mercado turístico. Y obsérvese que no hay acontecimiento que se precie, desde una olimpíada o una exposición universal a un festival de música pop, que no consigne un apartado a una muestra de arte público”, denuncia. ¿La ciudad es un espacio para sus habitantes, para sus visitantes o para que las agencias marketing desarrollen su bien pagada “creatividad”?

Democracia o gulag

Carolina del Olmo, editora y gestora cultural, publicaba en 2007 otro texto de plena vigencia, titulado 'El gulag participativo'. Allí tomaba nota de interés (o la moda) de los ayuntamientos por crear áreas de participación ciudadana, pero que no afectaran a los conflictos principales de las ciudades. “¿Cómo puede convivir sin sonrojo aparente una oficina de participación ciudadana y un campo de golf en Chamberí, en pleno centro de Madrid, allí donde hasta el último vecino sabe que lo que hace falta es el parque previamente planeado?”, se preguntaba.

La respuesta la encontró en el cínico y cristalino párrafo de un documento de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP): “Es importante arbitrar medidas para evitar que estos instrumentos de participación lleguen a convertirse en una plataforma reivindicativa o en un lugar de quejas y reclamaciones por parte de la ciudadanía […] Igualmente, no se debería ejercer una función persuasiva o de presión por parte de la Administración Local, garantizando el uso de los instrumentos de participación como una herramienta de debate e información con el fin de mejorar la calidad de vida de las generaciones presentes y futuras”. La moda de la participación ciudadana, todavía pujante en nuestros días, raramente afecta a cuestiones cruciales.

¿De quién es la ciudad?

Este conflicto es algo que estudió a fondo el sociólogo británico Ray Pahl. Sus conclusiones resultan reveladoras: “Las ciudades exitosas son bestias mucho más peligrosas, mas no por lo que les hacen a los pobres, sino por las oportunidades que ofrecen a los ricos de causar daños”. Pone el ejemplo de la compra en masa de viviendas como inversión, que impulsa una subida de precios que perjudica a toda la población. “Las cuestiones relativas a una ciudad justa guardan una relación más significativa con los ricos que con los pobres, ya que el nivel de restricción fiscal de los ricos es probablemente la clave de las variaciones en la desigualdad social”.

En otro texto apunta al corazón del problema: “Mientras existe un cierto consenso europeo acerca de que los pobres no deberían ser tan pobres, no existe ningún consenso semejante acerca de que los ricos no deban ser tan ricos”. Está bien preocuparse de que no haya chabolas en Madrid o Barcelona, pero cuidando que nadie trate a la ciudad como su cortijo privado.

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