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Tocomocho promocional: Sabina chulea al metro de Madrid

El cantautor de Jaén convierte el transporte público en “photocall” para “selfies”

Foto: Joaquín Sabina (Kiko Huesca/EFE)
Joaquín Sabina (Kiko Huesca/EFE)

Seis de la tarde. Metro de Chamartín. Quince personas se arremolinan alrededor de dos bafles. La mitad de ellas cobran de la discografica, Sony BMG. También revolotean un par de periodistas de radio y televisión. De repente, aparece un veinteañero barbudo, con bombín y guitarra en mano. Es el encargado de mover los labios durante cuatro horas y media al ritmo de la misma canción de Joaquín Sabina, titulada 'Quién más, quien menos'.

Estamos en el arranque de la “ruta sabinera” que han pactado el Consorcio Regional de Transportes y la discográfica del artista. La aglomeración cotidiana y los intervalos de ocho minutos tendrán hoy banda sonora del “canalla” más famoso que ha pisado la capital. Una tarde-noche dedicada al zafarrancho de publicidad invasiva desde Avenida de América hasta Puerta del Sur. La ciudad al servicio de la promoción discográfica. ¿Qué más se puede pedir como artista?

Madrid como photocall

Paso dos horas y media de transbordo en estribillo. Se supone que el premio consiste en estar entre los primeros oyentes de ‘Lo niego todo’, el nuevo trabajo de Sabina. Hablamos de un artista en tiempo de descuento vital, tras el “marichalazo” de 2000 -la isquemia cerebral que le obligó a retirarse de la noche- y el shock emocional de 2014 que dejó sin bises al público del Palacio de los Deportes. ¿Qué podemos esperar de su nuevo repertorio? Un poco más de lo mismo, ni da vergüenza ajena, ni le devuelve al nivel del aclamado '19 días y 500 noches' (1999), su mejor disco de madurez.

Escoltado de nuevo por Leiva (Pereza) y Benjamín Prado (poeta y colega de juergotes), ponen a funcionar la máquina de ripios y riffs rockeros que tantos royalties le ha reportado a ambos lados del Atlántico. Si nos dura hasta el próximo álbum, lo mismo le incluyen en la estatua del madroño de Sol, tomando un whisky abrazado al oso.

¿Quién decide estas cosas?

Resulta llamativo que estemos hablando de la misma discográfica que en 2016 consiguió que Dani Martin hiciera un tour en bus por la ciudad y terminara convirtiendo la Puerta de Alcalá en su escaparate de márketing. Se supone que Madrid es de todos y no de quien tienen canciones para vender, imponiéndolas a los indefensos paseantes. ¿Los principales perjudicados de la “ruta sabinera"? Los músicos callejeros que pierden una docena de los mejores lugares para tocar y los adictos de Sabina que van con la lengua fuera para escuchar con pésima calidad lo que dentro de nada estará en Spotify.

¿Los principales perjudicados de la “ruta sabinera"? Los músicos callejeros que pierden una docena de los mejores lugares para tocar

Y es que el sonido de un pasillo no es el del Teatro Real. Por cierto, en una de sus nuevas letras, Sabina suplica “no me entierres en la arena de Internet”, pero en los carteles publicitarios pide que compartas tu experiencia con los hashtags #MetroMadridSabina y #PróximaEstaciónSabina

Máxima precariedad

Lo mejor del álbum: como siempre, algunos juegos de palabra destemplados con los que todos nos podemos identificar. Joaquín Sabina no hubiera llegado tan alto si no fuera por su capacidad para conectar con el oyente medio. Canta, con voz cascada, sobre “horas tan muertas, que no son horas” y sobre “cantinas abiertas por defunción”, describiendo con acierto situaciones por las que todos tenemos que pasar. Su problema como compositor es que hace tanto que no pisa la calle -y seguramente el Metro- que el principal protagonista de sus letras es siempre él mismo. 'Lo niego todo', su primer single, suena a tío-abuelo pesado contando sus batallitas de juventud.

'Lo niego todo', su primer single, suena a tío-abuelo pesado contando sus batallitas de juventud

La única pieza que irradia calidez es “¿Qué estoy haciendo aquí?”, donde describe la sensación de absurdo de una camarera encerrada en un trabajo sin futuro. Se trata de un intento loable de empatía, pero avanza la tarde y recuerdas que esta delirante estrategia promocional consiste en tener a doce jóvenes disfrazados de Sabina haciendo playback de la misma pieza durante cuatro horas y media. Alguien que ha pasado por ese tipo de trabajos-basura y acaba imponiéndolos a los demás no es un bohemio entrañable, sino alguien insensible a la vida de los precarios. Algunos de sus replicantes, chicos y chicas, parecen ya saturados cuando solo llevan hora y media de función.

Música y machismo

Durante el viaje subterráneo, me encuentro con dos veinteañeras risueñas. Una es fan de Sabina, la otra ha venido a acompañar. Ambas se ponen rojas de desconcierto cuando les pregunto por la polémica del machismo en las letras de Sabina. “Bueno, sí, es verdad que es muy machista, pero algunas rimas me parecen muy bonitas. No me gustan que hable así de las mujeres, ni que esté todo el rato presumiendo de lo mucho que se droga”, apunta.

También me cruzo con dos mexicanos de vacaciones dispuestos hacer la ruta completa. Dicen que allí Sabina es la banda sonora oficial de los juerguistas y que una entrada para verle en el Auditorio Nacional de Ciudad de México ronda los doscientos euros, casi la mitad del sueldo medio en el país (en 2015 eran 501 euros). Sobre todo, me encuentro con fans preguntando a los encargados de seguridad si hay alguna posibilidad, por remota que sea, de que Leiva o Sabina aparezcan en algún momento. La respuesta rotunda es que no.

Chulear a tu ciudad

El experimento sirve para darse cuenta de lo enormes que son las estaciones del subterráneo de Madrid. Mis interlocutores principales son empleados del Consorcio, que me dicen cosas como esta: “¿La canción de Sabina? Te metes por ahí enfrente, giras a la izquierda, atraviesas dos pasillos rodantes y giras a la derecha después del Bibliometro”. En la pieza número nueve decido que ya he tenido bastante. Concretamente, en la estación de Callao, en el verso donde Sabina canta “Acabaré como una puta vieja/hablando con mis gatos”.

Difícil ser más previsible, misógino o victimista. En realidad, Joaquín Sabina ha terminado su vida con millones suficientes para acostarse con todas las prostitutas de lujo que hay entre Buenos Aires y Benidorm. Hasta puede permitirse la pirueta de “chulear” al metro de Madrid. ¿Es esto lo que queremos como cantautor nacional?

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