SE REEDITAN 'CRÓNICAS I' Y 'TARÁNTULA'

Por qué las memorias de Bob Dylan son la mejor autobiografía rock que puedes leer

¿Un Premio Nobel de Literatura que solo vende discos? Con motivo de la reedición de sus obras literarias, examinamos con lupa la (buena) pluma del autor de 'Like a Rolling Stone'

Foto: Dylan, durante la grabación de su disco de debut en 1962. (Cordon Press)
Dylan, durante la grabación de su disco de debut en 1962. (Cordon Press)

Parece ser que la concesión del Premio Nobel a Bob Dylan ha sido una tragedia para libreros y editoriales. Un escritor que no puede leerse, que no vende libros, cuyas obras se pueden contar con los dedos de una mano y que no convierte un nombre desconocido en un éxito de temporada. Ha sido, en todo caso, una pírrica victoria para la industria discográfica, que todavía puede confiar en los compradores de más de 50 años, como demuestra que los últimos trabajos de su autor –'Modern Times' (2006), 'Tempest' (2012)– hayan escalado a lo más alto de las listas de lo más vendido. No es que vendan mucho, es que el resto vende aún menos.

Un poco tarde para la campaña navideña vuelven a las librerías de mano de Malpaso las dos grandes obras literarias de Dylan: 'Tarántula' y su libro de memorias publicado en 2004, 'Crónicas', aquí apropiadamente matizado como 'Crónicas I'. Sí, las memorias del artista se plantearon como una trilogía que abordaba otros episodios como la grabación de 'The Freewheelin'', como él mismo explicó en 'Rolling Stone'. Y probablemente Simon & Schuster se estará frotando las manos por haber cerrado en 2011 un trato por seis libros, entre los que se encuentran los dos volúmenes restantes de la trilogía. Buena excusa para meter prisa al deudor.

¿La prensa? Llegué a la conclusión de que lo mejor era mentirle

'Crónicas I. Memorias' es una pequeña obra maestra literaria de Dylan, pero por razones completamente opuestas a las de discos como 'Highway 61 Revisited', 'Blonde on Blonde' o 'Love & Theft'. En 2004, cuando vieron la luz por primera vez, llamaron la atención por su aparente candor. Frente a la (inmerecida) fama que el cantante tiene de huraño, gruñón y desagradecido, a ratos funciona como una larga lista de agradecimientos a amigos, compañeros de viaje o desconocidos que aparecieron y desaparecieron rápidamente de la vida del cantante y que contribuyeron a conformar su personalidad y obra. En su primer capítulo se apretujan en apenas unas páginas Fred Neil, Karen Dalton, Dave van Ronk o Tiny Tim. A todos ellos, como al Llewyn Davis de la película de los Coen, les fue mucho peor que a Dylan, y este lo sabe.

Si Bob Dylan suele jugar a esconderse en sus discos, en 'Crónicas I' se muestra a sí mismo sin ambages. No duda en ofrecer la versión ¿definitiva? sobre muchas de las grandes elucubraciones: el origen de su nombre –efectivamente, venía de Dylan Thomas–, el accidente de moto que casi acaba de su vida (coartada para retirarse) o su desencanto tardío. Pero también ofrece una buena pista para a los periodistas que intenten desentrañar su misterio. Como asegura en el capítulo destinado a hablar de los años 70: “¿La prensa? Llegué a la conclusión de que había que mentirla”.

Retrato del artista adolescente

Pero Dylan no miente demasiado a lo largo de 'Crónicas I'. O, al menos, no se le nota. Es más bien un apasionante monólogo interior sobre cómo un postadolescente judío criado en un pueblo perdido de Minnesota terminó sacándose de la manga a Bob Dylan, una de las grandes figuras culturales de la segunda mitad del siglo XX. Hace especial incidencia en su buscado desarraigo, en su desinterés hacia unos orígenes que conformaron su visión del mundo pero que resultaban tan poco románticos como apellidarse Zimmerman. Mejor asegurar que había cruzado el país en un tren de carga.

Dylan reescribió los cánones de la literatura rock demostrando por qué es él, y no ninguno de sus contemporáneos, el que se ha alzado con el Nobel

La narración dylaniana es, como ocurre en algunas de sus canciones –'Highlands' es un buen ejemplo– más ensayística y libre que minuciosa. La mayoría de autobiografías rock son, en el mejor de casos, entretenidas enumeraciones de anécdotas y ajustes de cuentas que alumbran algún rincón oscuro de la vida de sus autores. Ocurre incluso con las mejores, las de Springsteen, Keith Richards o Marianne Faithfull. Dylan consiguió reescribir los cánones de la literatura rock demostrando por qué es él, y no ninguno de sus contemporáneos, el que se ha alzado con el Nobel: en las páginas se mezclan las descripciones precisas hasta lo enfermizo, de una precisión casi cinematográfica (“junto al sofá había un armario de madera sobre columnas acanaladas, y cerca de este, una mesa oval con cajones redondeados, una silla en forma de carretilla y un pequeño escritorio revestido con madera de palisandro con cajones que se abrían hacia abajo”) y la divagación interior.

¿Cómo que no recoge premios? Aquí, en la gala de MusiCares. (Reuters)
¿Cómo que no recoge premios? Aquí, en la gala de MusiCares. (Reuters)

Ocurre en el segundo capítulo, “La tierra perdida”. Un recuerdo en apariencia insustancial, despertar una mañana en la casa de unos amigos, desencadena una catarata de recuerdos literarios. Dylan era un buen lector, o al menos eso asegura. Faulkner, Balzac, Clausewitz, Poe, Robert Graves, Pushkin o, sobre todo, Tucídidesa Dylan le flipa Tucídides– le ayudan a desahogarse del tradicionalismo del folk urbano. El cantante es tan 'brechtiano' como 'woodyguthrieiano'. Lo descubrimos en su bellísma descripción de 'Pirate Jenny' de 'La ópera de los tres peniques': “Me asombraban las posibilidades físicas e ideológicas que encerraban la letra y la melodía”, escribe a propósito de ella. “Era consciente de que el tipo de canciones que me sentía cada vez más inclinado a cantar no existía, de modo que empecé a jugar con la forma, tratando de controlarla, de hacer una canción que trascendiera la información que contenía, los personajes y la trama”.

Si en los capítulos dedicados a los 60 las palabras son transparentes como las de un adolescente, los centrados en los 80 resultan crípticos

Hijas de este arrebato de inspiración son 'It's Alright Ma (I'm Only Bleeding)', 'Mr. Tambourine Man', 'Lonesome Death of Hattie Carroll,', 'Who Killed Davy Moore', 'Only a Pawn in Their Game' o 'A Hard Rain's a A-Gonna Fall', afirma. El comité del Nobel le otorgó el premio por “haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”. Quizá se les pasó por alto que también lo era de la canción europea, vía Brecht y Weill.

Es hora de cerrar el bar

Pero 'Crónicas I' no es un libro sobre la creación de un artista, sino sobre la inspiración, encontrada y perdida. Sutilmente, las elipsis temporales del volumen nos llevan a momentos de crisis y resurrección en la carrera de su autor; el libro dice tanto por lo que explica como por lo que deja fuera. Si las memorias comienzan en el instante en que las primeras canciones de Bob Dylan comienzan a tomar forma, el siguiente capítulo nos lleva a 1970, en uno de los bajos momentos de forma artística de su autor. Discos (mejores o peores) grabados por compromiso, atentados contra su propia imagen, un supuesto álbum inspirado en relatos de Chéjov. En definitiva, Dylan jugando a no ser Bob Dylan.

Llevando a cabo una de sus aficiones preferidas: la soldadura. (Efe)
Llevando a cabo una de sus aficiones preferidas: la soldadura. (Efe)

Aún más duro es el capítulo dedicado a 'Oh Mercy', en el que refleja el absoluto desencanto del músico a finales de los años 80, cuando se sentía a punto de la retirada. El clímax de este primer volumen tiene forma de epifanía el 5 de octubre de 1987 en Locarno (Suiza), cuando toda su inspiración se va al garete. Las técnicas fracasan y, de repente, echa mano “de otro tipo de mecanismo” que lo cambia todo en su acercamiento a la música, seguramente hasta nuestros días. “En más de treinta años de actuaciones nunca había visto aquel lugar, nunca lo había visitado”, rememora. “Si yo no hubiera existido, alguien tendría que haberme inventado”. Si en los capítulos dedicados a los 60 las palabras son fieras, honestas y transparentes como las de un adolescente, los centrados en los 80 son tan crípticos como sus trabajos de la época.

¿Y si Dylan hubiese utilizado sus memorias para distraernos una vez más, como él reconoce haber hecho sistemáticamente?

Aunque dicho episodio tuviese lugar hace exactamente 30 años, suena tremendamente crepuscular. Es la joya de la corona para el estudioso de la cábala dylaniana: ¿a qué se refiere exactamente con ese método matemático que permite tocar la guitarra en todas las condiciones, importado de Lonnie Johnson? ¿Cuál fue exactamente la visión que Dylan tuvo en Locarno? Se cierra con una tajante premonición que recuerda que Dylan, aunque lo parezca, vive en nuestro mismo mundo, y que vaticina el 'sorpasso' del hip-hop al rock: "El tipo de música que hacíamos Danny [Lanois] y yo era arcaico. No se lo dije, pero es lo que pensaba. Ice-T y Public Enemy estaban poniendo los cimientos, allanando el terreno para la aparición de un nuevo intérprete, que no será precisamente desl estilo de Elvis Presley. No iba a menar las caderas, con la mirada fija en las chavalas. Pronunciaría palabras duras después de una jornada de dieciocho horas".

Es un libro mucho más misterioso de lo que aparenta a primera vista. Hay quien ha querido ver en algunos pasajes alguna que otra “apropiación”. No es ninguna locura. Dylan escribe “de regreso a casa, atisbé un destello de mar entre las frondosas ramas de los pinos. No estaba cerca, pero sentía la fuerza que latía bajo sus colores”. Y Proust escribió “atisbé un destello de mar entre las frondosas ramas de los árboles. No estaba lo suficientemente cerca de los árboles, no podía sentir su poder”. ¿Y si, al final, bajo la apariencia de sinceridad no hubiese más que otra máscara? ¿Y si Dylan hubiese utilizado sus memorias para distraernos una vez más, como él reconoce haber hecho sistemáticamente? ¿Y si todo lo que es biografía puede ser también plagio?

En las redes de Dylan

Al mismo tiempo que 'Crónicas I'. Memorias', Malpaso recupera el polémico 'Tarántula', escrito de manera paralela a las grandes obras de su autor ('Bringing It All Back Home', 'Highway 61 Revisited', 'Blonde on Blonde') y editado en 1971 de forma oficial. Avisamos: aunque por su forma libre y poética pueda tentar al lector como la obra literaria definitiva del flamante Nobel, el estilo en forma de vómito de 'Like a Rolling Stone' tiene difícil traslación al papel. Ha sobrevivido más como una curiosidad que como un verdadero testimonio del talento de su autor. También como un documento de un tiempo en el que Jack KerouacAllen Ginsberg o William Burroughs habían abierto una nueva puerta a la literatura americana.

¿Qué viene ahora? Un nuevo álbum triple de versiones de canciones interpretadas por Sinatra, 'Triplicate', con el que probablemente Dylan dé por fin carpetazo final a una extraña época de neoclasicismo. A finales de año, la caja sobre la etapa cristiana, tan vilipendiada en su día como reivindicada hoy. Es posible que cualquier día de estos la Academia Sueca dé la sorpresa y confirme que, finalmente, el galardonado cumple con sus obligaciones –si quiere recoger el dinero del premio– y dé una charla. ¿Para Dylan? Otra etapa más en su gira eterna.

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