hace 404 años que empezaron a gobernar

Los Románov toman el Museo Ruso de Málaga a sangre y fuego

Del lujo de la dinastía a la abstracción de Kandinsky, la colección andaluza saca pecho con nuevas obras llegadas de San Petersburgo

Foto: Exposición de los Romanov en el Museo Ruso de Málaga (Agustín Rivera)
Exposición de los Romanov en el Museo Ruso de Málaga (Agustín Rivera)

Los Romanov empezaron a gobernar justo ayer hace 404 años. El dominio absoluto de esta dinastía (1613-1917) coincidió con el periodo de mayor expansión de Rusia. Málaga acoge 247 obras de un centenar de artistas de la Colección del Museo Ruso de San Petersburgo. Se trata de una exposición estrella, que se prolongará hasta enero de 2018, y que traza un discurso histórico lleno de imágenes de zares, campesinos o bandoleros del Volga trazados en la espléndida obra Sarin na kicku! (‘Grito de batalla’) de Serguei Ivanov.

La muestra contiene joyas evidentes como el retrato de Nicolás II, el último zar, de Ilya Repin, y otras que aparecen discretas, acaso secretas, incluso en su disposición escénica; llenas de misterio. Es el caso de ‘Cabeza de la princesa Tarakánova’, de Flavitski (1864), donde la luz blanca entra en el ojo de la protagonista de la obra.

Recorrer esta exposición de los Romanov (18 zares, emperadores y emperatrices) es un viaje intenso en el tiempo por las estepas rusas, por la vida cotidiana de Iván el Terrible, Catalina II, Palacios de Invierno y escenas costumbristas. Donde se refleja la violencia en un mundo que cambiaba. Hay cuadros de gran tamaño como ‘Escarnio del cadáver’ de Iván Miloslavsky, de 2,25 centímetros de alto por 5,60 centímetros de largo que dialogan con otros más modestos en su extensión y trama discursiva, como aquellos que captan tempestades o caza de halcones.

“La historia de Rusia fue muy dinámica y ni los rusos pudieron entender muy bien todo lo que les estaba ocurriendo. El dramatismo de las obras puede ser interesante para el público”, subraya Evgenia Petrova, directora artística del Museo Ruso, que destaca como obra interesante la máscara funeraria de Pedro El Grande, ejecutada en bronce, en 1725.

A la par del gran despliegue de los Romanov, la colección malagueña muestra la exposición temporal ‘Kandinsky y Rusia’ (hasta el próximo mes de julio). No es el Kandinsky más conocido por el gran público. Estamos hablando de un artista en proceso de formación, que rompe con la estética predominante en su país, aunque al mismo tiempo se observa la influencia en su obra de las tradiciones rusas.

'En blanco I' (1920), de Kandinsky, expuesta en el Museo Ruseo de Málaga (Agustín Rivera)
'En blanco I' (1920), de Kandinsky, expuesta en el Museo Ruseo de Málaga (Agustín Rivera)

Esa pasión por el arte popular, con paisajes impresionistas y realistas, convive con la figuración y la pasión por los iconos antes de llegar a convertirse en el creador de la abstracción. Kandinsky soñaba con que el arte tenía que estar en contacto con el mundo. No lo concebía como un asunto local, limitado a un territorio. Creyó en la internacionalidad de la creación con obras que se muestran como ‘Improvisación número 11’ (1910); ‘Mancha Negra I’ (1912); ‘Cuadro con orla blanca’ (1913); ‘Cuadro con puntas’ (1919) y ‘En blanco I’, cuadro maestro con el que se clausura la exposición.

Paralelismo con Picasso

Kandinsky buscó el “sonido colorido”, “la fuerza de acción directa del color en los sentimientos humanos, la capacidad de la pintura “para pintar el alma”, como disecciona Petrova en el catálogo de la exposición. La muestra cuenta también con un espacio didáctico donde se profundiza en la relación de amistad y admiración por el talento mutuo con Arnold Schönberg. Kandinsky era capaz de hacer música con su pintura y Schönberg dibujaba entre partituras.

El autor guarda un cierto paralelismo con Picasso. Para el autor malagueño fue Francia. Para Kandisky fue Alemania. “Esta exposición no la hemos hecho con la fantasía, sino siguiendo la biografía del autor. Todo el mundo se olvida que ha nacido en Rusia y se le considera como un pintor alemán. Queremos resaltar que fue una persona muy religiosa y los iconos formaron parte de su inspiración y se convirtieron en un símbolo espiritual”, remata la directora artística del Museo Ruso.

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