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Bohemio, sacacuartos, castigador...Zorrilla, 200 años de un romántico de capa caída

El último escritor romántico nació en Valladolid hace ahora dos siglos

Foto: José Zorrilla
José Zorrilla
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Escurridizo, fingidor, seductor, buscavidas, sablista y bohemio son algunos de los adjetivos que pergeñan la vida de drama y comedia de José Zorrilla (1817-1893), el último romántico, de quien mañana se cumplen doscientos años de su nacimiento en Valladolid, el 21 de febrero de 1817.

En el otro platillo de la balanza, para nivelar su naturaleza díscola, superviviente en un medio político y familiar hostil a sus apetencias vitales, encontramos a una persona ingenua, desprendida, sin afán de lucro ni apetencia materiales, "un romántico de libro", en palabras de Paz Altés, jefa del Centro de Publicaciones del Ayuntamiento de Valladolid y directora de la Casa Zorrilla.

"Más que su obra, su vida fue la de un romántico de libro, sin dinero, aficionado al esoterismo, la magia y la fantasía, la naturaleza, el arte y la bohemia", ha explicado hoy a Efe Altés, coordinadora de un amplio programa de actividades culturales que durante 2017 celebrará este bicentenario del autor de "Don Juan Tenorio".

Escribió al límite de la pobreza

El único hijo de José Zorrilla y Nicomedes Moral, nació en la en la antigua casa del Marqués de Revilla, situada en la calle Ceniza y alquilada por su progenitor, furibundo absolutista, cuando en 1816 llegó a Valladolid para ocupar su destino como relator de la Real Chancillería.

Allí vino al mundo el pequeño José, en una morada que aún conserva con fidelidad su primitiva estructura y jardín, convertida desde 2007 en museo del Romanticismo y del poeta, sala de exposiciones, recinto de conferencias, escenario de representaciones y sede permanente de la Feria del Libro de Valladolid (FLV).

Si Don Quijote fue el último caballero andante de las letras universales, Don Juan Tenorio fue el epígono de los románticos para enlazar así a Miguel de Cervantes y José Zorrilla como los autores de dos de los dos libros que mayor huella han dejado en el plano literario y artístico, pero también en el imaginario colectivo y popular donde han quedado retenidos frases y pasajes de ambos.

Un romántico de libro

"Su obra ha estado tan centrada en el Tenorio que ha ocultado otras facetas suyas, incluso libros muy buenos", ha explicado Altés en alusión a los dramas épicos e históricos que salpican su bibliografía ("El puñal del godo" y "Traidor, inconfeso y mártir"), además de poemas de amor, religioso, apegados a la tradición y a la naturaleza.

Incluso sus leyendas ('A buen juez, mejor testigo' y 'Margarita la tornera', entre otras) se sitúan en la esfera de las que hicieron famoso a Gustavo Adolfo Bécquer, ha insistido la directora de la Casa de Zorrilla acerca de un escritor cuya poesía, según los críticos, se aproxima más al modernismo que al romanticismo. "Fue un hombre muy romántico, pero un poeta muy avanzado, mucho más cercano al Modernismo", ha matizado. Más allá de los duelos, de los amores imposibles y del concepto del honor, el romanticismo fue un movimiento cultural y estético, vinculado a los nacionalismos emergentes, que desde Reino Unido y Alemania surgió a finales del XVIII como respuesta al rigor racionalista y de la Ilustración.

Su obra ha estado tan centrada en el Tenorio que ha ocultado otras facetas suyas, incluso libros muy buenos

De la explosión del sentimiento y del 'yo' como ejes creativos, y del liberalismo frente al absolutismo, participó José Zorrilla pero más en el aspecto vital que en su obra, a pesar del éxito y popularidad del 'Don Juan Tenorio' (1844), del que no pudo disfrutar sus derechos de autor por habérselos vendidos a su avisado editor. Para conocer la otra cara de Zorrilla, la oscurecida por la larga sombra del Tenorio, Altés ha recomendado la lectura de 'Recuerdos del tiempo viejo' (1880), de tinte autobiográfico y redactada ya a edad provecta para explicar o explicarse su vida de drama y de comedia.

Este romántico de capa caída casó dos veces, dos hijas se malograron a muy temprana edad, escribió al límite de la pobreza y vivió al día a pesar de haber dado a la imprenta la pieza más representada en la historia del teatro español. Recibió, no obstante el reconocimiento popular en vida y su entierro fue una manifestación de duelo multitudinaria, al contrario que Cervantes, otro de los inquilinos de Valladolid, quien en vida no albergó honores ni acumuló dineros.

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