centenario de 1917

Bolcheviques y mencheviques: así fue la primera gran guerra civil de la izquierda

Hace 100 años la Revolución Rusa sacudió el mundo. Pero el triunfo de los bolcheviques supuso el fin para sus antaño aliados, los mencheviques

Foto: Cartel propagandístico soviético de la Revolución Rusa
Cartel propagandístico soviético de la Revolución Rusa

Primeros compases del siglo XX. En un almacén de Bruselas cuarenta y tres delegados del partido socialdemócrata ruso se martilleaban los unos a los otros con intrigas y rencillas personales por el control de Iskra, el periódico y órgano de expresión del partido marxista clandestino, en las orígenes de la Revolución Rusa. Se celebraba el segundo congreso del partido aunque se tratara, en realidad, de su fundación. “Hemos escuchado cascadas de ardientes y enardecidos discursos, calentones hasta el punto de la irresponsabilidad (…) habladurías y cotilleos en todos los bandos (…) Para mí resulta indecente y reprobable ir por ahí difundiendo cotilleos fuera del Congreso sobre las cualidades personales y las acciones de los miembros…” Así se referiría Lenin a las facciones en las que se había dividido el partido: los bolcheviques, liderados por él mismo y los mencheviques de Yuly Mártov en su propia crónica de los hechos plasmada en ‘Un paso adelante, dos atrás’ (1904).

Pablo Iglesias ha sido aún más gráfico estos días: “me dan asco”. El líder de Podemos respondía así a las declaraciones del filósofo Fernández de Liria quien se auto definió como un antiguo “mamporrero pablista”. Era el segundo aguijonazo después de que Luis Alegre acusara al círculo íntimo de Pablo de haber desplazado a algunos de los históricos del partido de cara al Congreso de Vistalegre 2 que se celebra este fin de semana.

Ni Pablo Iglesias es Lenin, ni Iñigo Errejón Mártov, pero si Bruselas fue la encrucijada para el partido socialdemócrata ruso y el germen de su guerra civil interna, Vistalegre 2 amenaza con ser la de Podemos. Orlando Figes, historiador canónico del periodo, describe en 'La Revolución Rusa: la tragedia de un pueblo' (Edhasa) el congreso clandestino que comenzó en Bruselas y terminó en Londres como una reunión “que se rompió en pequeños grupos, con ambas facciones acusando la una a la otra de haberlo iniciado todo, o de haber traicionado a la otra”. Figes explica el enfrentamiento como un escenario en el que “la gente tomó partido guiada por los sentimientos heridos, las sensibilidades ultrajadas y los vínculos establecidos de lealtad”.

Intelligentsia en el exilio

Era 1903, los socialdemócratas se encontraban lejos de Rusia y pertenecían a la llamada 'intelligentsia', no a la clase obrera urbana, escasa en un país sin industrializar, ni tampoco a la gran clase oprimida, el campesinado. La 'intelligentsia', estaba compuesta por estudiantes, escritores, profesionales, “una especie de subcultura al margen de la Rusia oficial”, como la describe Julián Casanova en 'Europa contra Europa' (Crítica), que nada tenía que ver con los “siervos del imperio zarista”, que serían los que tomarían la calle y derrocarían al Zar Nicolás II en febrero de 1917, hace ahora justo cien años. Revuelta en la que ni los bolcheviques, ni los mencheviques tuvieron protagonismo.

'La Revolución Rusa'
'La Revolución Rusa'

La división, que marcaría el devenir del partido, había tenido lugar algunos años antes y resultaría de crucial importancia para entender la conquista del poder en octubre de 1917. Ese año estalló la segunda revolución que, según defiende el historiador estadounidense Richard Pipes en 'La revolución Rusa (Debate) -recientemente publicado en nuestro país- fue un golpe de Estado de los bolcheviques contra el gobierno de Alexander Kerenski, su antiguo correligionario, que prosiguió con la aniquilación de todo rival político durante la Guerra Civil Rusa: el terror rojo. Kerenski, formaba parte del Partido Social Revolucinario, la tercera fuerza de la izquierda en disputa, denominados eseristas, e identificados con el populismo más proclive al campesinado.

El origen de la disputa que dio con la escisión histórica, además del control de Iskra, estaba en el primer artículo de los estatutos: las reglas para poder ser aceptado en el partido. Lenin esgrimió que sólo podían entrar aquellos que participaran en la organización directa, mientras que Martov quería ampliarla a cualquiera que reconociera el programa y obedeciera a la dirección. Lenin consiguió el control de Iskra y, tras las votaciones que le dieron una estrecha ventaja, adoptó para sus seguidores el nombre de 'bolsheviki' -bolcheviques- que significa mayoría en ruso, frente a los 'mensheviki' -mencheviques- que significa minoría. Así comenzaría a arrinconar a la facción a la que desde el inicio colgaron la acepción de minoritaria cuando en realidad llegarían a tener muchos más afiliados que ellos en los años siguientes. Segun Pipes, en el Congreso de Estocolmo de 1906, los mencheviques tenían 18.000 afiliados frente a los 13.000 de los bolcheviques.

Lenin y Mártov a finales del siglo XIX
Lenin y Mártov a finales del siglo XIX

La cabeza de los mencheviques, Julius Mártov, carecía del fuerte liderazgo de Lenin. Ya entonces se esgrimieron los precedentes revolucionarios y los paralelismos históricos: Lenin caracterizado como un Robespierre según Leon Trotski, entonces prominente menchevique, aunque cambiara de bando después para formar la Guardia Roja bolchevique que asestaría el golpe de Estado en 1917. Y Lenin aceptó el rol del jacobino. Las facciones convivieron hasta su definitiva ruptura tras el congreso de Praga de 1912 que organizó Lenin y en el cual se apropio del nombre Comité Central. En el interín, se había producido la crucial revuelta de 1905 contra el Zar y la creación del Soviet de San Petersburgo -el consejo del pueblo- que fue capitalizado por los mencheviques. La verdadera fuerza detrás del soviet no era sino Leon Trotski. Según citó Orlando Figes: “no había nadie que defendiera el menchevismo entonces como él”.

Las reformas de Nicolas II ilusionaron a las masas en 1905 pero el zar incumplió sus promesas y sentó así las bases de la siguiente revolución

Los socialdemócratas no jugaron un papel relevante en la huelga que precipitó el levantamiento de 1905, pero se apresuraron a aparecer en el momento justo para organizar los voviets. Las reformas de Nicolas II para promover una monarquía constitucional ilusionaron a las masas en 1905 pero el zar incumplió sus promesas y todo quedó en un fracasado intento reformista que sentaría las bases del del descontento para la posterior revolución, acelerada por la hambruna y la crisis en la que se sumió Rusia durante la Primera Guerra Mundial.

¿Alianza con la burguesía?

Después de 1905 retornó el orden imperialista y los socialdemócratas, aún divididos, pero bajo el mismo paraguas, continuaron sus actividades en el exilio en penosas condiciones. Las principales diferencias surgieron a partir de 1908, cuando se acentuó la posición menchevique que afirmaba que, para culminar el marxismo, había que establecer una alianza con la burguesía liberal. Posteriormente, en 1917 su predisposición a pactar una coalición de izquierdas tendría funestas consecuencias.

La posición menchevique afirmaba que, para culminar el marxismo, había que establecer una alianza con la burguesía liberal

Mientras, Lenin enarboló que el planteamiento era contrario a los principios del partido: la burguesía era por definición contrarrevolucionaria. Dos formas opuestas: pactar con rivales para alcanzar un fin o la confrontación total. Lenin atacó duramente a sus rivales: “La división entre mayoría [bolcheviques] y minoría [mencheviques] es una directa e inevitable consecuencia de la división entre un ala socialdemócrata revolucionaria y otra oportunista”. Lo que había nacido como un debate tosco e influido por las cuestiones personales, abrió una brecha que no parecía insalvable. Los márgenes de voto así lo indicaban. Sin embargo, Lenin la utilizó para destruir a sus rivales. Según, Pipes formaba parte de su concepción de la política como una lucha continua.

Lenin da un mitin durante los días de la Revolución de 1917
Lenin da un mitin durante los días de la Revolución de 1917

La Gran Guerra acabó por dinamitar el débil equilibrio del zar. En apenas siete días entre el 23 y el 28 de febrero el pueblo derrocó al régimen y se constituyó el gobierno provisional de Alexander Kerenski. Lenin, que no lo había previsto y llegó después, demostró en cambio la diferencia entre tomar la calle y conquistar el poder. El pueblo fue determinante en la caída del zarismo pero prácticamente ajeno a la Revolución de Octubre de 1917. De rodear y asaltar los epicentros del poder a habitar en ellos hay un trecho un tanto más largo que el del bordillo de la calle que los separa.

El golpe bolchevique de octubre depuso el gobierno de Kerenski con el que los mencheviques habían cooperado y arrasó cualquier entendimiento con sus rivales. Yuly Mártov propuso un gobierno de coalición para evitar la guerra civil, aunque Lenin ya había prohibido a los bolcheviques cualquier intento de fusión con sus antiguos compañeros.

Trotski los denunció como “contrarrevolucionarios” y en diciembre comenzó la Checa, policía represiva contra los “enemigos del pueblo”. Fue la hora del terror revolucionario que Lenin aplicó a semejanza de los jacobinos. La represión contra los mencheviques -y contra los eseristas, anarquistas y, en general, contra cualquiera que no fuera de los suyos, comenzó en 1919 y fueron proscritos al año siguiente. Mártov se había exiliado y el terror político se extendió.

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