ante vistalegre II

César Rendueles: "Podemos vive bajo un régimen competitivo brutal"

Conversamos con el sociólogo asturiano sobre sus últimos libros y acerca de cuidados, desigualdad y el segundo congreso de Podemos en Vistalegre

Foto: César Rendueles. (Enrique Villarino)
César Rendueles. (Enrique Villarino)

El prestigio de César Rendueles (Girona, 1975) no deja de crecer. 'Capitalismo canalla' (Seix Barral, 2015), su recorrido literario por nuestros problemas políticos, ya va por la sexta edición. 'Sociofobia' (Capitán Swing), su primer libro, convertido en un clásico, acaba de anunciar edición en inglés por la prestigiosa Columbia University Press. Antes había sido publicado para los lectores de Argentina, México, Serbia y Alemania. El año pasado, publicó dos libros tan breves como enjundiosos: 'En bruto. Una defensa del materialismo histórico' (La Catarata) y 'Los (bienes) comunes. ¿Oportunidad o espejismo?' (Icaria), una conversación con Joan Subirats. Además, Rendueles es un reclamado antólogo de pensadores clásicos y prologuista en libros de periodismo y política. Pueden seguir sus artículos en el blog 'Espejismos digitales'.

Militante de Podemos, se presenta este fin de semana en Vistalegre por la lista de los llamados Anticapitalistas. Su cuenta de Twitter (@crendueles) está plagada de joyas contra la política-espectáculo del partido. Algunas recuerdan poderosamente a los pecios de Sánchez Ferlosio, otros a las letras de La Polla Récords. ¿Ejemplo? "Estaría bien que en Vistalegre no aplaudiéramos. Ni una sola vez. A nadie". ¿Otro? "Como candidato, me comprometo a no usar nunca las palabras ilusión, sonrisa, felicidad y demás mierda motivacional". ¿El último? "Las lecturas catastrofistas de Podemos son puro centralismo madrileño. ¿Y si, para variar, hablamos de los sitios donde las cosas funcionan?". Lo dice pensando en Asturias, donde las luchas de poder brillan por su ausencia. Esta entrevista es un repaso a los conflictos centrales en sus textos, iniciada por su cáustica visión del momento de Podemos.

PREGUNTA. Se presenta por la candidatura Podemos en Movimiento, una tercera vía para el partido. Y en Twitter ha tenido palabras muy duras para los líderes del partido: "Creo que en Vistalegre Iglesias y Errejón deberían dirimir el liderazgo disfrazados de personajes de Winnie The Pooh. Para que el vestuario esté en consonancia con la importancia política del debate, digo". ¿Tolerancia cero con las luchas internas de poder?

RESPUESTA. Ese tuit es una chorrada, pero al mismo tiempo lo escribí bastante en serio, recordando cuando el rapero Arkano ganó una batalla de gallos disfrazado de león de peluche. Me veo capaz de defender la renta básica o la nacionalización de las empresas energéticas en casi cualquier contexto, incluso llevando un disfraz ridículo o borracho en una discoteca. Es justo lo contrario de lo que pasa con todas esas discusiones sobre el liderazgo. En cuanto alteras mínimamente la burbuja de discursos e imágenes que las sostiene, se desmorona todo el tinglado. Un poco como en el cuento del traje nuevo del emperador.

En cualquier organización hay luchas por distintas formas de poder. Eso es así incluso en las asambleas o en los clubes deportivos de barrio. Pero a veces esa lucha se convierte en una especie de proceso autoinmune letal. Por eso no me creo demasiado las interpretaciones personalistas de la crisis orgánica de Podemos. Me parece que cometen lo que los psicólogos llaman un error fundamental de atribución, es decir, achacan a características personales lo que en realidad es un problema estructural. Leí el artículo de Luis Alegre acusando al equipo de Pablo Iglesias de una especie de conspiración. Seguro que Luis tiene parte de razón. Pero es que hace tiempo oí exactamente lo mismo sobre su propia gestión en la Comunidad de Madrid. Y más aún sobre el equipo de Errejón, a quien durante mucho tiempo se ha acusado de ser una especie de Dr. No de la nueva política. O Podemos ha logrado concentrar una cantidad asombrosa de sociópatas o el problema es un poco más complejo.

El otro día me acordé de que en todos los años en los que he participado en distintas organizaciones políticas, apenas había votado nada hasta que empezó Podemos. Mi experiencia era la de discutir infinita y nada amigablemente hasta llegar a un consenso, a veces por puro cansancio. Incluso si no se alcanzaba un acuerdo, rara vez se formalizaba la derrota de la minoría mediante una votación. Lo mismo ocurrió en el 15-M, sobre todo al principio. Creo que hay una intuición importante en ese privilegio del consenso. Frente a las imágenes mercantiles de la democracia, como una elección entre una oferta de distintas opciones, la verdad es que la política democrática solo es compatible con un nivel muy bajo de competencia. En cambio, Podemos desde el minuto uno ha vivido bajo un régimen competitivo brutal, con elecciones permanentes, en buena medida a causa de las urgencias electorales. El caso más extremo fue seguramente la absurda votación sobre el método de votación de Vistalegre II. Todas las corrientes defendieron como más democrática justo la metodología que les favorecía. Fue un espectáculo ridículo. Hasta los niños saben que las cuestiones procedimentales no se pueden decidir competitivamente, por eso el que parte la tarta no escoge el pedazo que le toca a él. Si no se consigue llegar a un consenso sobre el método de votación, hay que buscar otras soluciones, ya sea una mediación externa independiente o, en cualquier caso, procedimientos de decisión que reduzcan al mínimo la competencia. Lo mismo pasa con los cargos. Si no se consigue llegar a un consenso razonable, es mucho mejor recurrir a alternativas como el sorteo o cualquier otra alternativa que frene la competencia.

"En la absurda votación sobre el método de votación de Vistalegre II, todas las corrientes defendieron la metodología que les favorecía"

P. Todavía no ha justificado por escrito tu decisión de presentarse por los Anticapitalistas. ¿Se anima a explicarlo?

R. Bueno, participar en esa lista es un poco como volver a vivir en casa de tus padres a los 40 años. Por un lado, son los míos, los sospechosos habituales de siempre: anticapitalistas, ecologistas, sindicalistas, feministas… Pero al mismo tiempo soy consciente de que se trata de un activismo tradicional minoritario y a veces un poco identitario desde el que es difícil llegar a grandes mayorías, al menos en el corto plazo. Siempre he creído que ese activismo tenía que tener un papel en este ciclo político, que no debía queda disuelto en las hipótesis populistas o en las servidumbres de las ventanas de oportunidad electorales. Alguien tiene que decir lo que nadie quiere oír. Alguien tiene que encargarse de recordar que los cambios políticos emancipadores no se construyen exclusivamente adaptándonos al terreno, sino que implican riesgos y sacrificios. Pero es que, además, tengo la esperanza de que la intervención de una tercera opción con un programa distinto contribuya a romper el dilema competitivo en el que están atrapadas las corrientes mayoritarias. Es curioso, Podemos ha logrado la hazaña de convertir el trotskismo en una opción consensual y conciliadora.

'En bruto'.
'En bruto'.

P. En su último libro, 'En bruto', sostiene que las ciencias sociales son (digamos) poco científicas y que deberíamos enfocarlas como saberes prácticos, tipo la cocina, la traducción o la crianza.

R. Bueno, yo no lo plantearía exactamente así. Lo que quería era justo evitar el eterno debate sobre si las ciencias sociales son realmente ciencias o solo interpretación. Creo que es evidente que la sociología, la historia o la psicología nos ayudan a entender procesos que de otra forma resultarían oscuros. La cuestión es qué clase de conocimientos son esos. A mí me parece que para responder a esa pregunta, es mucho mejor compararlos no con la física o con la biología, como se ha hecho habitualmente, sino con los saberes cotidianos. Me refiero a esos conocimientos que hemos desarrollado colectivamente para resolver problemas relacionados con la alimentación, el arte, la educación, la retórica, la cría de animales... Son realmente saberes, en el sentido de que en ellos hay diferencia entre el acierto y el error, pero al mismo tiempo tienen características muy peculiares. Por ejemplo, son polémicos: hay diferentes maneras correctas de cocinar una tortilla, traducir un texto, cultivar tomates o domar un caballo. Lo mismo pasa con las teorías sociales. Sobre cualquier problema siempre hay distintas explicaciones verosímiles. A algunos de mis compañeros de facultad les parece mal esto que digo, porque creen que es denigrar las ciencias sociales o algo así. Yo lo veo al revés. Me parece que es una forma de salvar la sociología o la economía de las falsas promesas de cientificidad.

César Rendueles: "Podemos vive bajo un régimen competitivo brutal"

P. Como muchos otros teóricos, ve en la desigualdad económica uno de los problemas cruciales de nuestro tiempo. De hecho, sostiene que ni siquiera existe la igualdad de oportunidades. ¿Cómo es posible que, ocurriendo esto, creamos vivir en sociedades libres y abiertas?

R. Creemos vivir en sociedades libres y abiertas porque vivimos en sociedades libres y abiertas. Por eso precisamente necesitamos explicar el origen de la desigualdad material y social. Si viviéramos en una sociedad estamental, donde la desigualdad está regulada por la ley, entonces no habría nada que explicar. Si llegas a Arabia y te sorprende no ver a ninguna mujer conduciendo, solo tienes que leer el código de circulación para resolver el misterio: lo tienen prohibido. En nuestra Constitución, en cambio, no pone que Florentino Pérez sea un semidiós al que debemos rendir pleitesía. En realidad, más bien pone lo contrario. Creo que ese es el motivo de que las teorías de Marx sigan siendo tan interesantes más de un siglo después. Marx no se limitó a hacer una condena moral del capitalismo como si fuera una nueva forma de servidumbre, aunque a veces puede ser peor que algunas formas de servidumbre. En vez de eso, intentó explicar cómo en nuestras sociedades puede surgir una desigualdad sistemática y extrema incluso en un contexto político de libertad individual y respeto a la legalidad. Por un lado, esa tensión entre la desigualdad material y la ideología política oculta los mecanismos de explotación. Pero, por otro, esa incongruencia también puede resultar movilizadora. Creo que es lo que ha pasado en los últimos años, cuando de repente la reivindicación de la democracia, o sea, del régimen político vigente, está teniendo efectos políticos explosivos.

"La reivindicación de la democracia en los últimos años, o sea, del régimen político vigente, está teniendo efectos políticos explosivos"

P. Desde hace muchos años, asistimos a una especie de combate de boxeo verbal entre pensadores neoliberales y neokeynesianos. ¿Estamos ante un falso dilema? Lo pregunto porque usted pertenece a la escuela de pensamiento que dice que el Estado ha sido una herramienta constante al servicio de las élites para reforzar sus privilegios.

R. Sí, por una parte, el neoliberalismo ha muerto de éxito. El modelo de acumulación que las élites impulsaron para salir de la crisis de los años setenta conquistó el mundo, pero hoy está agotado. La crisis económica y las convulsiones políticas actuales son expresiones de este agotamiento. El neoliberalismo es un boxeador noqueado que se mantiene en pie gracias a un chute masivo de anabolizantes, como el TTIP, pero le quedan dos telediarios. A los neokeynesianos les pasa algo parecido. Su proyecto solo tenía sentido en una coyuntura histórica muy concreta que no va a volver. Tanto las relaciones internacionales posteriores a la Segunda Guerra Mundial como los ritmos de crecimiento económico de aquella época son hoy inimaginables, entre otras cosas a causa de la crisis socioambiental global que ya estamos experimentando. Pero es que, además, los estados han sido cómplices muy activos de los procesos de mercantilización. Privatizaron, redujeron la capacidad de negociación de la clase trabajadora, fomentaron la especulación, crearon estructuras fiscales regresivas… Basta pensar en el papel que desempeñaron en España algunos ministros del PSOE como Boyer o Solchaga. Lo que quiero decir es que no podemos pensar las intervenciones públicas como si el Estado fuera un actor neutro cuya función se puede alterar a través de estrategias macroeconómicas. Hay un enorme conflicto político de fondo y la mayoría vamos perdiendo por goleada.

"El neoliberalismo es un boxeador noqueado que se mantiene en pie gracias a un chute masivo de anabolizantes, como el TTIP"

P. Otra de sus tesis recurrentes es que gran parte de la población es anticapitalista sin tener conciencia de ello. ¿Cómo puede ocurrir esto?

R. Es una forma un poco retórica y exagerada de explicar que la mercantilización produce resistencias instintivas en la gente, sobre todo en momentos de crisis económica. En el fondo de nuestro corazón, sentimos que esta vida de consumo y lucha contra los demás, esta vida desarraigada y centrada en los estilos de vida, es sencillamente una mierda. Hay varios estudios recientes sobre valores que sitúan a España como uno de los países del mundo que menos confían en el mercado como motor del bienestar. Es un buen punto de partida. La cuestión es cómo articular ese descontento para que impulse cambios políticos igualitarios y liberadores. Porque lo normal es más bien lo contrario, que sean la gasolina de proyectos reaccionarios y antidemocráticos, como está pasando en muchos países.

P. Desde 'Sociofobia', su primer libro, hasta la conversación sobre bienes comunes con Joan Subirats que acaba de publicar, insiste en que la izquierda más presuntamente vanguardista ha asimilado sin querer varios dogmas neoliberales, que tienen el mismo prestigio en Silicon Valley que en barrios con fama de combativos como Lavapiés, en Madrid. Habla de la dificultad de gestionar bienes comunes cuando el neoliberalismo ha fulminado los lazos comunitarios. ¿Podría ponernos ejemplos de esos dogmas?

'Los (bienes) comunes'.
'Los (bienes) comunes'.

R. Más que de tesis concretas, se trata del modo en que algunos discursos y prácticas progresistas pueden acabar transformándose en mecanismos de distinción clasistas. Un caso extremo es el modo en que el lenguaje de la colaboración digital ha contribuido a que nos resulten aceptables relaciones de explotación alucinantes. Si alguien planteara un modelo laboral como el de Uber para una fábrica o una oficina tradicionales, sería acusado de promover la esclavitud. Pero el problema va mucho más allá del ámbito tecnológico. Por ejemplo, hace décadas los proyectos de innovación educativa eran la seña de identidad de movimientos de renovación pedagógica populares y democratizadores. Hoy se han apropiado de ellos colegios de élite que los han convertido en otro mecanismo para incrementar el capital cultural y social de sus alumnos.

P. Sus libros denuncian de manera constante el individualismo, narcisismo y consumismo de la sociedad actual. Son tres palabras que, curiosamente, se usan poquísimo en nuestro día día. ¿Qué nos estamos jugando si no damos un giro a una sociedad de apoyo mutuo y cuidados?

R. En el corto plazo, nos jugamos llevar una vida mala. El apoyo mutuo y el cuidado de los demás son una parte importante de la naturaleza humana y, por tanto, de nuestras posibilidades de autorrealización. Vivimos en sociedades en las que esa realidad antropológica ha quedado completamente marginada. Esa es una inmensa fuente de malestar social. Además, el individualismo consumista es un potente anestésico político. Algunas de las transformaciones políticas más urgentes son imposibles desde el horizonte social del hedonismo. Pienso, por ejemplo, en los brutales cambios sociales que tenemos que realizar en un plazo extremadamente corto para tratar de contener los efectos de la crisis medioambiental.

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