crisis y conformismo

El mundo de la cultura, un colectivo adormecido

Hacen falta nuevos activistas culturales, que aquellos con experiencia se movilicen y sobre todo que se encuentren vías de protesta que incomode a nuestra clase política

Foto: Protesta de actores frente a la Secretaría de Estado de Cultura. Foto: Ballesteros/EFE
Protesta de actores frente a la Secretaría de Estado de Cultura. Foto: Ballesteros/EFE

Uno -otro- de los fenómenos más sorprendentes de la actualidad española es el conformismo con el que el inabarcable mundo de la cultura viene aceptando con cristiana resignación la crisis que azota a ese importante sector en los últimos años, mucho antes de que se produjera la gran crisis del 2008 y pese a que está siendo superada en la mayoría de los sectores productivos, no parece vaya a ser así en el mundo de la cultura. En el segundo año (2009) de la crisis el presupuesto estatal de Cultura era de 1.287 millones de euros. Con el inicio de la recuperación la mayoría de partidas de los Presupuestos Generales del Estado alcanzaron niveles similares a los previos a la crisis. No así Cultura que en 2016 ha contado con un presupuesto de 803 millones de euros, un 38% inferior al de siete años antes.

Si la producción de cine español atraviesa por su peor momento desde que disfrutamos de democracia -aún con la buena noticia de haber encadenado tres años seguidos la película con mayor taquilla-, no es mejor la situación que viven los músicos, escritores, artistas plásticos, hombres y mujeres de teatro y en general todos aquellos que trabajan o pretenden vivir de la creación cultural.

Es muy representativo de la crisis general el caso del cine español. Con un paro generalizado que abrasa al 67% de aquellos que en el pasado han participado bien como técnicos o actores en películas en los últimos 20 años. El hambre y la desesperación es común en la casi totalidad de nuestros actores donde solo un pequeño número de ellos consigue trabajar en las series de televisión, aunque eso si, cobrando muchísimo menos de lo que percibían hace 10 años. Suponemos que todos conocen el fenómeno de los mini teatros, en los que se representan pequeñas piezas dramáticas, para dos o tres actores, que si cobran algo por su trabajo, jamás cantidad alguna lleva dos ceros.

Pretendidos cineastas

De los aproximados 600 largometrajes de ficción que se han hecho en España en los últimos cinco años, solamente 80 de ellos han sido dirigidos por realizadores incorporados profesionalmente al sector y con más de tres películas. El resto -un 87%- fueron dirigidas por nuevos pretendidos cineastas, cuya primera película, producida con un sin fin de acrobacias financieras, unos presupuestos paupérrimos por insuficientes, han significado el debut y final de una carrera en la que tantas ilusiones habían depositado. Una cinematografía pujante debe procurar la incorporación de nuevo talento, en condiciones de poder competir y no como camino al matadero.

Una cinematografía pujante debe procurar la incorporación de nuevo talento para competir y no como camino al matadero

Se ha llegado a decir que el Estado en una astuta maniobra ha llegado a sustituir el Servicio Militar, por el Servicio Cinematográfico, haciendo que los reclutas de antes, se dediquen ahora al crowdfunding en lugar de la instrucción.

Ante esta situación los hombres y mujeres del cine español, buscan cada uno de ellos con tesón, cómo salvarse, encontrar un trabajo para si mismo, que alivie su pobreza. Mientras tanto el colectivo no existe. La solidaridad está ausente. Las Asociaciones y Sindicatos profesionales, desaparecidos sin combate. Aquí todo el mundo calla, aguanta y traga.

¿Es ello culpa del gobierno? Este gobierno, como la mayoría de ellos, reacciona antes las demandas y exigencias de sus administrados y en este caso salvo pedir la bajada del IVA, (recordemos que el 70% del cine visto en España procede de USA, y por tanto sería este el primer beneficiado) nadie plantea exigencias que puedan solucionar los problemas de todo el colectivo cinematográfico. Ni siquiera cuando uno de los nuestros, como lo es Fernando Trueba, director y productor español de éxito, oscar de Hollywood, ex-presidente de la Academia, ha merecido el apoyo público de la gente del cine, muchos de ellos compañeros y amigos personales del tan injustamente vilipendiado e injuriado laureado hombre de nuestro cine.

Si analizamos la situación de los demás sectores culturales, algo muy parecido a lo que ocurre en el cine, está pasando con ellos. Con una SGAE en derribo, unas multinacionales de la distribución de música y libros sin respuesta a los nuevos tiempos, un Ministerio de Cultura que lo único que pretende es pasar desapercibido y un Parlamento donde los temas culturales simplemente no existen: cualquier iniciativa o proposición no pasa de lo que su denominación indica. Medidas, ni una.

Los medios, que han sido siempre el intermediario útil para los creadores, prestan menos atención que nunca, hasta el punto que los críticos y comentaristas culturales, o no existen o han delegado sus funciones en periodistas recién salidos de las universidades, que se avienen a trabajar en prácticas, sin cobrar. Nunca los periodistas culturales han sentido menor presión por parte de los "cocineros" del mundo de la cultura.

Nuevos activistas cuturales

Es necesario que nuevos activistas culturales aparezcan, que aquellos con experiencia se movilicen y sobre todo que se encuentren vías de protesta que incomode a nuestra clase política y busque soluciones a esta desdichado estado. Si las gentes de la cultura se adormecen, y se olvidan de sus propias reivindicaciones, la cultura pierde tono, espontaneidad y libertad. La cultura tiene que cuestionar y molestar al gobernante. Esto es sano y enriquecedor.

En noviembre de 1976 ( Franco había muerto apenas 11 meses antes y el país no disfrutaba de libertades formales,) el diario Informaciones incluía una página completa con las reivindicaciones de más de 600 mujeres y hombres de la cultura, de todos los colores, en este caso mostrando hartazgo por la excesiva colonización norteamericana en TVE y el poco espacio que prestaba a lo nacido aquí. Cuarenta años después ya no existen voces unísonas para reclamar lo que toca.

Sin caer en ”La tierra para el que la trabaja”, deberíamos salir del “Señorito Ministro, deme argo”. Seremos lo que queramos ser.

Continuará...

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