entrevista con la pulitzer elizabeth strout

Lucy Barton: cómo salir de la pobreza extrema y acabar teniéndolo (casi) todo

Elizabeth Strout reflexiona sobre su último libro, el sueño americano, la creciente brecha entre las clases sociales y su pánico al advenimiento de Donald Trump

Foto: La autora Premio Pulitzer Elizabeth Strout | Foto: Leonardo Cendamo
La autora Premio Pulitzer Elizabeth Strout | Foto: Leonardo Cendamo

Lucy Barton, de Amgash, Illinois. Un "pueblecito minúsculo" del nordeste de Estados Unidos lleno de casas destartaladas y gente pobre. Hasta los 11 años, Lucy vivió con su familia en un garaje, sin calefacción, sin agua caliente, sin retrete con cisterna. Siempre tuvo frío. Nunca una televisión. Pobre entre los pobres. Y a veces a sus padres, trabajadores más que humildes de Illinois, se les iba un poco la mano. Por eso "las manchas en la piel y el carácter huraño". "Vuestra familia da asco", coreaban los demás niños, señalándola y tapándose la nariz con los dedos. 

Portada de 'Me llamo Lucy Barton'
Portada de 'Me llamo Lucy Barton'

Lucy Barton, del West Village, Manhattan, Nueva York. Barrio residencial. Casitas 'cucas' de ladrillo. Restaurantes con encanto y tiendas de ropa 'vintage'. Escritora, madre, esposa. Hasta los 11 años vivió con su familia en un garaje. Ahora vive con su familia en un piso en la ciudad de los rascacielos. De vez en cuando acude a seminarios sobre escritura, visita el Museo de Arte Metropolitano y a veces va a Bloomingdale's a tomar un helado con sus hijas en el mostrador de la séptima planta, su sitio favorito del centro comercial. De vez en cuando, queda a tomar café con su amiga Molla. 

Elizabeth StroutPremio Pulitzer de Ficción 2009, entreteje a base de pequeños gestos, de detalles aparentemente nimios y de grandes silencios 'Me llamo Lucy Barton' (Duomo Ediciones), su última novela, el triunfo de la lucha de clases a través de la exposición tranquila de una herida abierta que cicatriza frágil, a camino entre el amor y la distancia de una hija y su madre, el retorno inesperado del pasado, como un dolor sordo al que al final uno se acostumbra y que, sin duda, acaba curtiendo. 

"Hay gente muy pobre en los Estados Unidos y no siento que estén representados ni en la literatura ni en muchos otros aspectos de la vida"

Y es que Strout, quien "está muy interesada en el tema de las clases sociales", decidió escribir sobre Lucy Barton, un personaje de ficción, basado en los recuerdos de algunas familias vecinas, extremadamente humildes, que conoció en su infancia. Porque en el Primer Mundo, en el país más poderoso de Occidente, también existe la miseria. "Hay gente muy pobre en los Estados Unidos y no siento que estén representados ni en la literatura ni en muchos otros aspectos de la vida. Hay mucha gente cuyas necesidades básicas no están cubiertas, que viven como la familia de Lucy, y a las que nadie, nadie, presta atención. Gente a la que excluyen por el mero hecho de no tener dinero".

Porque Estados Unidos vendió al mundo el 'American dream', el sueño americano, una tierra abierta a aquéllos que quisieran trabajar duro y que vendía la posibilidad de empezar desde lo más bajo de la sociedad y llegar a lo más alto. "Décadas atrás era más fácil ascender socialmente, porque había más oportunidades: había fábricas textiles, había industria papelera, había manufactura, pero eso ya no existe en Estados Unidos. La mayor parte de la industria se ha ido, así que creo que es mucho más difícil salir de esta situación si estás en la coyuntura de Lucy hoy en día", lamenta Strout. "Hoy en día el salario mínimo es tan bajo que no puedes vivir. Si hay dos personas trabajando por el salario mínimo, quizá puedan pagar el alquiler, pero desde luego no pueden ahorrar, y eso es un problema que no se trata como se debería". 

"Décadas atrás era más fácil ascender socialmente, porque había más oportunidades: fábricas, industria, manufactura; y eso ya no existe en Estados Unidos"

Un problema sistémico, que nada tiene que ver con crisis como la de la Gran Depresión, "que fue algo momentáneo". "Ahora, el empobrecimiento está ocurriendo gradualmente; nos estamos deslizando poco a poco hacia un lugar pérfido". Un lugar en el que existen los trabajadores pobres. No gente sin trabajo. Trabajadores sin recursos. Pluriempleados que no llegan a fin de mes. La brecha social está creciendo. "Trabajadores pobres que van a seguir siendo pobres porque no tienen forma de ganar más dinero. Quizás tienen incluso dos trabajos, pero sólo pueden mantenerse a flote. Y a lo mejor con esos dos trabajos es imposible, o casi imposible, que sus hijos tengan educación universitaria. Por eso los centros de educación pública son tan importantes".

Una educación gratuita que ha dividido a la opinión estadounidense y que, por ejemplo, no entra en los planes del candidato a la Presidencia Donald Trump. "No quiero ni pensar que Trump pueda salir elegido; creo que Estados Unidos es mejor que todo eso. Está siendo surrealista y difícil verle llegar donde ha llegado. No quiero creérmelo. Es horripilante, horripilante...".

Del detalle al modelo universal

En 'Me llamo Lucy Barton', la escritora reconstruye la vida de la protagonista a través de las charlas íntimas de ésta con su madre, que viene a visitarla al hospital tras una operación complicada. Años y kilómetros de distancia de la silla de la madre a la cama de Lucy y una historia que se va componiendo poco a poco, a través de anécdotas del pasado y de recortes del presente. Y donde se muestra esa brecha social de la que habla Strout, inconmensurable. Un modelo universal, concentrado en dos personajes: una progenitora sin recursos, anclada en un pueblo pequeño, apartada por una hija que decidió crecer y escapar del pasado. "Creo que se quieren, pero se han tenido que separar por sus propias limitaciones. La madre se siente rechazada, porque en cierto modo lo ha sido para que Lucy haya podido construir su nueva vida".

Strout hace suyos los versos de Loise Glück: "Miramos al mundo una vez, en la infancia. El resto es memoria"

Lucy Barton, la de Manhattan. Lucy Barton, la de Amgash. Dos Lucies dentro de una misma persona. Un puzle que comienza a partir de la conversación de madre e hija en la habitación X de un hospital con vistas al edificio Chrysler con el que Strout hace suyos los versos de Louise Glück: "Miramos al mundo una vez, en la infancia. El resto es memoria". Porque "las impresiones sobre la vida te golpean en la infancia; dejan una huella en ti. Más adelante la vida simplemente sucede y notas que has cambiado, o que tus circunstancias han cambiado, pero sin la sensación de que te hayan dejado huella".

Strout tiene un ojo clínico para el detalle. Para la desentrañar la importancia capital de los pequeños gestos, de las pequeñas decisiones. "En el libro Lucy habla directamente al lector y le dice que en la vida se toman muchos caminos y que nunca podemos mirar atrás para saber exactamente por qué y cómo somos lo que somos. Quizás si los padres de Lucy hubieran tenido recursos para comprar una calefacción ella no hubiese pasado tanto tiempo en el colegio para estar caliente y, de paso, estudiar. Y gracias a eso pudo salir de su situación de exclusión, pudo hacer sus deberes". Como una cosa nimia puede cambiar el curso de la existencia.

Del rechazo editorial al éxito televisivo

'Me llamo Lucy Burton' es la quinta novela de Strout, que vive un momento dulce tras la adaptación a la televisión -con muy buenas críticas- de su novela 'Olive Kitteridge', que le valió el Pulitzer y cuya versión catódica está protagonizada por Frances McDormand. Pero no es la primera vez que la industria audiovisual pone los ojos en el material de Strout, ya que su primera novela, 'Amy & Isabelle', publicada en 1998, también inspiró una ficción televisiva homónima producida por Oprah Winfrey y con un reparto encabezado por Elisabeth Shue.

Todo un logro -y una ironía- para una Strout que tan sólo había visto un par de películas antes de llegar a la universidad. "Yo nunca tuve televisión, al igual que Lucy. Mis padres eran muy estrictos; eran profesores. Pero igualmente tuve un sentimiento de aislamiento que pude aprovechar para escribir libros, porque sólo me tenía a mí misma. Un escritor tiene que observarlo y absorberlo todo, pero en último lugar también tiene que haber sentido algo para ser capaz de describir un sentimiento".

"No quería conocer a editores y que me publicaran por ir a cenar o por hablar con ellos. Quería que lo hiciesen porque mi novela era lo suficientemente buena" 

Tras casi 20 años de carrera literaria, atrás quedan los años y años de negativas de las editoriales, paralelas a un trabajo literario constante y sacrificado, folios y folios que acababan en la papelera o, si había suerte, en un cajón. "Yo entendía que, hasta que publicaron mi primera novela, mi trabajo no estaba listo. Yo no quería conocer a editores y publicistas y que me publicaran por ir a cenar o por hablar con ellos. Yo quería que me publicasen porque mi novela era lo suficientemente buena.Y seguí escribiendo y escribiendo, intentando perfeccionarme. Y como mis padres eran muy trabajadores, yo nunca he tenido miedo al trabajo duro. Nunca".

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