concierto en el escorial

James Rhodes, la 'rockstar' que sobrevivió a una infancia de abusos

Al pianista inglés el éxito de su libro 'Instrumental' le ha catapultado a la fama. Después de su participación en el Sónar, Rhodes trae a Bach al Auditorio de El Escorial
Foto: El pianista británico James Rhodes
El pianista británico James Rhodes

Antes de convertirse en un concertista de éxito, James Rhodes estuvo diez años sin tocar el piano. Ya lo había dado por perdido. Se considaba a sí mismo demasiado "perezoso, poco disciplinado" y admitía que "le faltaba formación y le sobraba entusiasmo", como explica en 'Instrumental' (Blackie Books, 2016), el libro autobiográfico que le ha lanzado al mercado 'mainstream' español y le ha convertido en uno de los pianistas con mayor proyección mediática de los últimos tiempos. Tras su paso por el Sónar y como habitual del Royal Albert Hall y el Barbican Centre de Londres, Rhodes ha ofrecido este viernes 1 de julio su particular visión de la música de Bach y Chopin en el Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial (Madrid).

La subida desde El Escorial hasta San Lorenzo parece infinita, así que me cuelo en el taxi de Diego y Blanca, que se dirigen también hacia el auditorio. Diego es psiquiatra y pianista. Blanca psicoanalista y melómana, y viene de Málaga. Los dos han devorado 'Instrumental' y están expectantes por ver a Rhodes en vivo y en directo. Como muchos de los asistentes al recital, que se han acercado a la figura del concertista a través de su autobiografía. Porque ése es el mayor talento de Rhodes, el de atraer un público diferente al que habitualmente se encuentra en una sesión de música clasica.

Un Rhodes a porta gayola

Se apagan las luces. Teléfonos silenciados. Un par de carraspeos de cortesía. Rhodes aparece, pequeño, con camiseta y vaqueros negros, y deportivas en los pies. Se sienta en la banqueta, encorvado, menudo en comparación al escenario y al piano que lo acompaña. Bajo el foco parece muy frágil. El centro del espacio sólo lo llenan él y su piano. Se quita las gafas. No hay partitura. Todo lo va a interpretar de cabeza. Rhodes frente al público a porta gayola.

 
El centro del espacio lo llenan él y su piano. Se quita las gafas. No hay partitura. Todo lo va a interpretar de cabeza. Rhodes frente al público a porta gayola.
 

Se toma unos segundos antes de acariciar las teclas. Unos trinos muy leves presentan el 'Concierto para oboe' de Alessandro Marcello que Bach transcribió para piano. Sus manos subiendo y bajando por las teclas se reflejan en la madera negra, como si se tratase de un concierto a cuatro manos. Comienza lento, como paladeando cada nota, cada trino, hasta acabar en un suspiro tenue y etéreo. Rhodes se levanta, vuelve a colocarse las gafas, coge el micrófono y se dirige al público. "Lo siento, soy el típico inglés; no sé hablar español, soy malo en los deportes y lo del Brexit me apena profundamente", bromea. "Es increíble pensar que esta pieza se compuso hace 300 años, porque está muy viva. La música clásica para mí es como una medicina musical. Tiene que ver con contar una historia. Y tiene que ver con escuchar".

Y entonces presenta la siguiente pieza. La 'Polonesa-fantasía' de Chopin. "Empieza con dos acordes iniciales y luego se desarrolla a diferentes velocidades. Empezamos, paramos, escuchamos. Hasta llegar a un final heroico. Chopin sabe que no está acabando una pieza; está acabando un pensamiento. ¿Habéis tenido alguna vez un sueño del que no os queríais despertar? Pues esta pieza es eso". Rhodes vuelve a quitarse las gafas, a encorvarse frente al piano. Recorre suavemente el marfil al principio, para acabar explotando sobre las notas, en constantes cambios de ritmo e intensidad. Su cuerpo proyecta una relación de profunda intimidad con el piano. Hay momentos en los que sus manos vuelan con fuerza y rapidez, hasta convertirse en abanicos cuando ejecuta los últimos compases furiosos como preludio para un final seco. El público aplaude y Rhodes vuelve a levantarse para explicar la siguiente pieza. Bascula de un pie a otro con pequeños saltitos, como un adolescente nervioso.

 
"¿Habéis tenido alguna vez un sueño del que no os queríais despertar? Pues la 'Polonesa-fantasía' de Chopin es eso"

"Aquí hemos visto una faceta de Chopin: la de soñador. Ahora vamos a ver mi faceta favorita: la más oscura. Chopin compuso el 'Scherzo Nº2' pensando en su relación turbulenta con George Sand. Schumann lo comparó en su momento con un poema de Byron, rebosante de desprecio y violencia, pero también de amor". La apertura comienza con dos acordes arpegiados pianissimo y, después de una leve pausa, los arcordes fortissimo, graves y violentos llevan a las manos de Rhodes, que salta en la banqueta, al frenesí, hasta acabar volviendo poco a poco a la calma. Y al final, con los brazos extendidos a cada extremo del piano, Rhodes pone el punto y seguido con sus dos dedos corazón.


La 'Chacona' que le salvó la vida

Y por fin llega el turno de la 'Chacona' de Bach. La pieza a la que Rhodes vuelve una y otra vez en su libro. La pieza que le salvó la vida, que le sacó de una profunda depresión y una vida de excesos que intentaban bloquear una infancia de abusos y prostitución. "Cuando la primera mujer de Bach muere, Bach construye una catedral de música en su memoria. Son 15 minutos de intensidad introspectiva en Re menor. 15 minutos para construir un universo entero de amor y lamento que plasmó primero en papel y luego en las cuatro cuerdas de un violín". Y con la 'Chacona' Rhodes consigue vaciarse, volcarse enteramente en su ejecución y demostrar por qué Rhodes y 'Chacona' son una unidad indisoluble. Al terminar deja las manos sostenidas en el aire, como en trance. Limpia las teclas del piano, como si ni el piano ni él fuesen dignos de la pieza.

El tramo final del concierto se acerca. El pianista ha elegido el primer preludio que Rajmáninov compuso siendo un adolescente y también el último. Rhodes pasa de una pieza corta, lenta y firme a "la ira y la depresión en Re bemol mayor de un Rajmáninov que batalla y pelea con los demonios internos de su cabeza. Aunque al final es una pieza sobre el triunfo y la esperanza". Tras varios falsos finales, Rhodes vuelve a levantarse de la banqueta y se marcha por la puerta lateral.

Rhodes pone el punto final con la 'Melodía (de Orfeo y Eurídice)' de Glück; todo el auditorio se pone en pie y aplaude a rabiar

A los pocos segundos regresa. "Esto en inglés se llama 'encore'. Apuesto a que vuestros jefes en la oficina no os dicen: espera, hoy has trabajado tan bien que te vas a quedar a mandar otro e-mail", bromea con su particular humor. Tras un pequeño chiste musical en el que intenta emular lo que hubiese interpretado un Beethoven borracho en una fiesta con amigos, Rhodes pone el punto final con la 'Melodía (de Orfeo y Eurídice)' de Glück. Todo el auditorio se pone en pie y aplaude a rabiar, obligando a salir varias veces al pianista, que agradece el entusiasmo con tímidas reverencias.

Arrastrando a las masas

A la salida James Rhodes espera en una mesa rodeado de sus libros, preparado para firmar autógrafos. La cola culebrea por varias de las estancias del auditorio, como la serpentina de una fiesta ya concluida. Entre la multitud entreveo de nuevo a Diego y a Blanca. ¿Superó las expectativas? "El concierto ha estado muy bien", cuenta Diego, "porque llenar este auditorio no lo llena cualquiera". Pero, Diego toma aire. "Me gusta mucho como comunicador, pero no tanto como pianista. Tiene mérito atraer a gente que no es asidua de conciertos de música clásica. Eso sí, se nota que la 'Chacona' la toca desde el corazón, y ahí está la esencia de Rhodes, que no se considera un virtuoso de la música clásica, pero sí que consigue trasladar su testimonio". 

 

Blanca asiente: "Técnicamente, como pianista, deja mucho que desear, pero transmite la pasión por el piano en la forma que tiene de tocar. Yo creo que aquí hay alguien que toca el piano, pero no se puede definir como un pianista". Y visto lo visto, la entrega del público, su presencia en el Sónar, las hordas de fans que le veneran en todo el mundo, la verdad es que James Rhodes no es un pianista de música clásica. James Rhodes es una 'fucking rockstar'.

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