Luis Pastor: "El 23F la policía tenía una lista y yo era el primero para cargarse”

El cantautor reedita 'Vallecas' con motivo del cuarenta aniversario del álbum
Foto: Luis Pastor
Luis Pastor

Luis Pastor (Berzocana, Cáceres, 1952) habla como si llevara cuarenta años callado. Su discurso brota silvestre, acelerado, entusiasta. Nadie le ha impedido contar su historia, pero cada vez menos le han escuchado. Y es importante, ya que su relato tiene más de colectivo que de personal. Más allá de su forma de expresarse, lo que cuenta es el contenido, que no tiene desperdicio. El motivo es el cuarenta aniversario de ‘Vallecas’, complementado con un segundo álbum de ‘Canciones vallecanas’. Sus recuerdos explican una parte sustancial de nuestra historia, que se ha intentado extirpar de la memoria histórica.

[Silvio Rodríguez en Vallecas: el experimento Ché Guevara]

Pregunta. ¿Qué recuerdos tienes de la grabación del disco?

Respuesta. La canción 'Vallecas 75' fue censurada, la rebautizamos 'Vengan a ver' por si ese día el censor estaba despistado y colaba. El caso es que funcionó. Yo estaba todavía en la “mili”, venía todos los días a las tres a la casa baja del Cerro del Tío Pío. Allí vivía con dos compañeros del barrio, militantes obreros como yo. Vallecas estaba llena de chabolas y de cuevas horadadas en la tierra. Vivíamos en un barrio muy duro, que desaparece a comienzos de los ochenta, gracias al plan parcial. Un día, en un descampado, vi a una familia hacer un redondel con piedras y poner cuatro cartones para vivir. Les veía siempre al volver del cuartel y me cuestionaba cosas.

Ese era el destino de los inmigrantes campesinos en Vallecas y Orcasitas, donde también viví un año. Éramos mano de obra barata, como lo han sido otros inmigrantes para nosotros muchos años, como volvemos a serlo ahora para el norte de Europa. 'Vallecas 75' fue escrita con rabia, con esa indignación que ha vuelto a surgir en los últimos años en este país. Los niños del descampado me inspiraron la canción. Yo musicaba poetas, pero sentí que tenía que contar estas cosas. 'Vallecas 75' fue mi tercera letra.

Luis Pastor: "El 23F la policía tenía una lista y yo era el primero para cargarse”

P. ¿Cómo viviste aquella etapa en Vallecas?

R. Tuve suerte de caer en la colonias Sandi Hogares y Pryconsa, donde teníamos como vecinos a unos curas franceses y españoles que trabajaban en las mismas fábricas que nosotros y daban ejemplo. Hacían unas misas sin la retórica banal de la época, nos hablaban del Cristo comprometido, cuyo póster teníamos colgado en nuestras habitaciones junto al del “Che” Guevara. A los veinte años éramos cristianos y marxistas. Empecé a descubrir mi historia con quince o dieciséis en la parroquia obrera. Un empleado de Renfe que vivía en Aluche, militante comunista, venía una vez a la semana y nos explicaba a diez jóvenes la Guerra Civil y la República. Eran cosas que nos ocultaban en la escuela y en nuestras propias familias.

Fuimos capaces de construir comunidad entre casas de pobreza, en calles sin asfalto, aunque en Vallecas había huertas y campos de trigo. Crecimos entre zanjas y descampados, bañándonos en agujeros de la autovía de Valencia llenos de agua de lluvia. Los domingos de primavera íbamos con nuestras novias de catorce años a meternos mano, haciendo camas entre los trigales. La finca de Pavones tenía un arroyo, protegido por un guarda con escopeta de sal. Con dieciséis años hicimos un equipo de baloncesto. Tuvimos que usar una silla para hacer la canasta, quitándole el asiento. Vallecas no tenía colegio, nos daban clase en pisitos particulares.

Crecimos entre zanjas y descampados, bañándonos en agujeros de la autovía de Valencia llenos de agua de lluvia

P. ¿Qué conflictos sociales recuerdas?

R. A mucha gente le daba miedo el barrio. Cuando ibas a la discoteca Consulado, en la calle Atocha, te ponías a bailar con un chica y cuando se enteraba que eras de Vallecas se iba inmediatamente. Si se enteraba el portero, no te dejaba entrar. Vallecas era un barrio navajero, de delincuentes y de violencia. Ahora hablan de los Latin Kings, pero entre el 65 y el 72 hubo mucha violencia de pandillas, que quedaban los domingos para pelearse en los descampados. Recuerdo la banda de los chalecos rojos, la de los Diablos Rojos, Los Guarros y otra más peligrosa en el puente de Vallecas. Con dieciséis años, dejé de ir a la discoteca, ya solo trabajaba y militaba través en la Juventud Obrera Cristiana. Una vez al mes nos reuníamos quinientos jóvenes de todos los barrios periféricos en La Ciudad de los Muchachos. Duraba desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde. Todo el rato lo pasábamos debatiendo y haciendo proyectos. Había una red de clubes juveniles, medio tolerados, donde se hacían charlas, lecturas y cine-fórums.

Eso fue la siembra del movimiento que en los años setenta puso contra las cuerdas a la dictadura. La fuerza de esas asociaciones vecinales irradió a toda España. Vallecas se convirtió en un símbolo, una palabra que te abría puertas. Cuando hacías la mili, si eras de Vallecas, nadie te llamaba por tu nombre porque eras “Vallecas”. En realidad, el barrio fue un signo de delincuencia, pero también de cómo la gente inculta que venía del campo obtuvo unas herramientas para transformar la realidad. Todo eso se ha intentado borrar de la memoria colectiva del país. Quieren ocultar la fuerza de lo que podemos hacer juntos. Hay un puente que trazar entre esa época y estos tiempos transversales del 15M. Hoy parece que nuestra generación no ha existido.

Hay un puente que trazar entre esa época y estos tiempos transversales del 15M. Hoy parece que nuestra generación no ha existido

P. ¿Hemos vuelto al punto de partida?

R. Sí. Hay que reconstruir el tejido social, político y cultural para que la sociedad sea más justa y bondadosa, y nuestra vida más digna. Mi abuelo emigró a Buenos Aires, un mes de viaje en barco, y allí aprendió el oficio de sastre y de sacristán; tocaba el órgano en la iglesia. Mi padre, con sus cinco hijos, tuvo que dejar en el año 60 su pueblo de Extremadura, con su huerto, su trigo, su cerdo y sus cabras, para venirse Madrid a trabajar. Solo mis hermanos y yo hemos podido quedarnos en el sitio donde nacimos. Nos tocó la época en que aquí venían inmigrantes de otros países pobres a hacer los trabajos más duros. Hoy mi hijo mayor, de veinticinco años, lleva tres y medio en Londres, haciendo de mano de obra barata en un restaurante, doblando turnos con dolor de espalda. ¿Hemos vuelto a ser aquellos que creíamos que no volveríamos a ser? La canción “En las fronteras del mundo” ya decía que había que acoger a los emigrantes, esos que tantas veces hemos sido nosotros.

Luis Pastor: "El 23F la policía tenía una lista y yo era el primero para cargarse”

P.¿Cómo viviste la Transición?

R. El relato oficial dice que todo lo hizo el rey y su cónclave de políticos. La realidad es que hubo mucha presión desde abajo, desde el pueblo. También recuerdo que en 1977 Suárez nos da un programa de televisión a los cantautores políticos. Fue la primera vez, además sin censura y con directores de cine a nuestro servicio. Se llamaba “Yo canto”. Estaban a punto las primeras elecciones y yo apoyaba al PSP de Tierno Galván y a la CUP, formada por comunistas y organizaciones de base. Me sentía más militante que músico, así que mi objetivo en el programa fue explicar la situación del barrio. Enfocarlo como promoción personal hubiera sido caer en la trampa. Las canciones fueron una excusa para compartir la historia del Vallecas. Lo hice con el director Alfonso Ungría, que ya había sido censurado por sus primeras películas.

Es el primer programa donde se enseña Vallecas y todavía hoy se lo pongo a los chavales cuando doy charlas gratis en los institutos. Es una manera de que puedan reconectar con su historia. Yo tocaba en mítines para Tierno y la CUP, mientras los fachas pintaban “Franco, resucita” en las paredes de Madrid. El día en que se emitió el programa, se colapsó la vida política del país. Lo pasaron en el consejo de ministros, se lo pusieron al rey y cesaron a Rafael Ansón, director de Televisión Española. Ese hecho lo he pagado yo a lo largo de toda mi vida con un veto fuerte en medios. Hablo de una censura específica, aparte del veto general a los cantautores, cuando se dijo que éramos aburridos y no teníamos sentido después de Franco.

P.¿Cómo recibes ese boicot?

R. Yo lleno dos días el teatro Alcalá y recibo una amenaza de bomba de los guerrilleros de Cristo Rey. En Santander hubo una amenaza de incendio y el dueño nos pide que cancelemos. En los años ochenta, se vivían situaciones muy tensas con la extrema derecha. La mañana del golpe, en el Cerro del Tío Pío, el chivato de la policía ya tenía hecha una lista con todos los que había que detener y cargarse. Mi nombre estaba el primero. Los militantes obreros pasamos mucho miedo con el recuerdo de Chile, que acababa de ser. La extrema derecha española tenía una fuerza tremenda. La historia, tanto la política como la de música, la cuentan los vencedores. Se ha rescatado la memoria boba del país, no la memoria total. Por eso yo intento compartirla. Dicho esto, yo también cantaba y bailaba las canciones del verano, metiendo duros en las máquinas de los bares. Hay que contar la parte boba, pero también la seria. Lo que no acepto es que de la canción de autor sea solo Sabina, que llega en 1979: hablemos de Elisa Serna, de la canción gallega, de Hilario Camacho, de Adolfo Celdrán, del Manifiesto de la canción del sur, de la Nova cançó, de Voces Ceibes en Galicia, de la canción vasca y extremeña. Ese mundo musical lo han borrado del mapa.

Luis Pastor: "El 23F la policía tenía una lista y yo era el primero para cargarse”

P. ¿Te acosó la policía?

R. Yo he tenido que vivir cómo los grises desalojaban con humo un campo de fútbol en Valencia, a mitad de mi concierto. Con 21 años, ha venido la policía a casa a llamarme a las cuatro de la mañana. De joven siempre fui obrero, el mes de vacaciones me iba a Alemania, Francia, Bélgica…Me marcó el contacto con los sindicatos italianos. Cuando canto por primera vez en el colegio mayor Chaminade, en el año 1973, el auditorio estaba totalmente lleno, a pesar de que tuvieron que presentar una montaña de permisos y papeles. En mis conciertos siempre había dos “secretas” y la espada de Damocles pendiendo sobre nosotros. A los “secretas” los conocías porque iban mal camuflados y tenían las letras en la mano, pero en los discursos entre canciones podías decir lo que quisieras. Por eso nuestros conciertos eran más bien coloquios. Hablábamos de política, de trabajo, de sexualidad. No podíamos ni querernos. Con dieciséis años me pusieron una multa de veinte duros en el parque Azorín por tener a mi novia sentada en las rodillas.

Con dieciséis años me pusieron una multa de veinte duros en el parque Azorín por tener a mi novia sentada en las rodillas

P. ¿Qué pasa después? ¿La Movida sirvió para ocultar otras escenas?

R. Yo flipo en colores: La Movida es una taza de café que intentan hacer pasar por un piscina. No le quito valor a esa realidad, pero Madrid en los ochenta era mucho más que ellos. A Alaska yo nunca la he visto en Malsaña, y eso que yo me iba todos los días puesto de droga hasta la cabeza, cerrando el Elígeme. Ese bar se abre en el 83 y se llenaba de lunes a domingo con quinientas personas. Allí tocábamos todos, menos los de La Movida. Yo vivía en un chalé de Aravaca con diez personas y era como los felices años veinte. Hablo de una vida loca: rodaban las drogas y Cibeles tenía atascos todos los días a las dos de la mañana. Se abrieron Elígemes en Mérida, Badajoz y Murcia. En los ochenta los artistas de Vallecas no teníamos que pasar por Madrid para ganarnos la vida porque teníamos teatros, centros culturales, casa okupas y locales de asociaciones y sindicatos en los barrios. Con La Movida parece que solo importa lo que ocurre en el centro de la ciudad. Luego llegaron los noventa, donde los socialistas hacen un expolio con la Expo y las Olimpiadas y se olvidan por completo de la cultura. Fue un mamoneo y una usurpación. Es el mismo PSOE de la mayoría absoluta de 1982, el que desmovilizó todo lo que no estaba controlado por su partido.

P. ¿Cómo fue tu relación con el PSOE?

R. Tuve trato fluido con Tierno Galván. Luego he tocado para todos los partidos de izquierda. Pero creo que siempre he sido incómodo para la gente en el poder. Recuerdo que, cuando gana Felipe en 1982, la frase que dije fue “al suelo, que vienen los nuestros”. Yo no recuerdo si le voté, supongo que sí. Hoy dudo que me vaya a ir mejor si gana Podemos. Cuando arrasa el PSOE yo ya giraba con banda y cobrábamos un millón trescientas mil pesetas por concierto, un pastón, más que ahora. Nos llamaron para una elecciones. El concejal de cultura era un pocero. Firmamos contratos para cinco actuaciones con la caravana de Felipe González.  Íbamos con Aute, Suburbano, Pablo Guerrero…

Cuando salgo de la reunión, después de firmar sin leerlo, me dice mi mánager, un cura rojo, que hay una cláusula que dice que no puedo tocar para otro partido que no sea el PSOE. Entonces entro y les rompo el contrato en sus narices. Luego pienso que tenemos familia y me inventó que el PCE nos ha ofrecido cinco conciertos y que solo nos bajamos los pantalones si el PSOE nos da trece. Se monta una reunión en Ferraz con Alfonso Guerra, a la que yo no subo, pero Aute sí. Baja diciendo que está todo arreglado, que nos dan trece conciertos, pero cuando mi mánager va a firmar el contrato le dicen que hay sitio para todos menos para mí, que soy el que ha roto la baraja. Ninguno de mis compañeros abrió la boca.

Pero, bueno, no soy rencoroso y ya no me importa. A los pocos días me salva una llamada de Alfredo Amestoy para hacer un papel de ciego en televisión cantando letras sobre actualidad política, como la vieja tradición de los cantares de ciego, que yo he vivido de pequeño en las iglesias. Me hice tan famoso que la prensa del corazón venía a mi casa baja de Vallecas. Podría haber hecho ochenta galas ese verano, pero me negué, porque me daba vergüenza hacerme pasar por ciego, cada vez que veía uno de verdad en la calle me cambiaba de acera. 

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