la gentrificación de un barrio

Los cupcakes de los hipsters acaban con el rock en Malasaña

Indies, barbudos y gafapastas borran del mapa a las tribus rockeras

Madrid, Malasaña. Es un miércoles por la mañana. Paseamos para escuchar a los resistentes de un barrio, que fue emblema del rock and roll en la década de los 90 y hoy sufre un proceso de gentrificación -o ‘hipsterización’-, según a quién se le pregunte.

Los repartidores descargan cajas de botellines a pleno sol, los dejan en la puerta con el cierre a medio bajar del Tupperware, y retiran una pila de cajones ligeros llenos de botellas descabezadas. Son los restos de la noche. “El principal enemigo de los bares de Malasaña han sido las políticas municipales y de la Comunidad de Madrid”, explica Blanca del Amo, copropietaria del Tupperware.

Un negocio nocturno se expone a las denuncias si no controla el nivel de ruido, la hora de cierre, la edad de los consumidores y la adaptación de su local a todo tipo de regulaciones. Varios bares de este céntrico barrio madrileño están recurriendo unas multas que pueden convertirse en esquelas.

'El principal enemigo de los bares de Malasaña han sido las políticas municipales'

“Si te ponen una multa de 250.000 euros te ves obligada a cerrar. Son sanciones imposibles de pagar”, añade Del Amo.

Marga Turmix -viuda del rockero Kike Turmix- trabaja en In Dreams y en Harvey’s. Ambos cierran a las 2:30 de la madrugada. “La gente tiene ganas de abrir bares, tiene ganas de trabajar”, explica, disfrutando de un café fuera de su horario laboral en la coctelería en la que entrará a cubrir su turno dentro de unas horas.

“No veo a nadie que esté esperando que den las 2:00 para irse, porque son autónomos y necesitan ganarse la vida dando lo máximo. Si puedes cerrar a las 6:00, no vas a hacerlo antes, eso cualquier empresario hostelero lo tiene muy claro; y si la gente tiene en España esa costumbre de salir tarde, no puedes cambiar un modo de vida”, apostilla.

'Si puedes cerrar a las 6:00, no vas a hacerlo antes'

Marga lleva más de 20 años trabajando en la noche y viviendo como ave nocturna. “¿Y qué hacemos?”, se pregunta, apartando de sí el calor con su abanico estampado de leopardo, “adaptarnos a lo que hay y esperar tiempos mejores”.

El día que murió el barrio

Blanca del Amo, además de hostelera, es fotógrafa. Retrata malasañeros desde finales de los 90. Su libro de fotos Malasaña volumen 1 está dedicado a Kike Turmix, la perfecta encarnación de aquel barrio del rock’n’roll en peligro de extinción. Blanca no pudo hacer posar al líder de The Pleasure Fuckers, porque enfermó repentinamente y murió el 17 de octubre de 2005.

¿Malasaña empezó a morir el día en que Kike Turmix murió? Para el dibujante Mauro Entrialgo, cuyo sonrisa asoma entre las fotos de Blanca, esa es la fecha oficial de defunción del barrio.

En Malasaña La Nueva, hay tardes de limonadas y cupcakes a dos euros en cafés de colorines

“Cuando Kike murió no había ninguna tienda de cupcakes”, recuerda Entrialgo. Tomándolo prestado de una amiga, Mauro pinta este barrio emblemático, cada día más colonizado por la cultura ‘hipster’, como una mezcla de “Malasaña La Nueva y Malasaña La Vieja”. El mural del Tupperware, por ejemplo, es suyo.

La cultura es un cupcake

Los Turmix, La Vía Láctea, la viciosa mugre del punk, aquellos que guardan recuerdos más o menos empantanados de La Iguana, el Trilobite, La Vaca Austera, el Agapo, el No Fun, el Mala Fama, el King Creole, el Louie Louie, pertenecen a Malasaña La Vieja. En Malasaña La Nueva, hay tardes de limonadas y cupcakes a dos euros en cafés de colorines, tiendas de ropa y muebles vintage, el deseo de ser Williamsburg, la sensación de estar en Kreuzberg.

Foto: Leslye Vinet via Flickr
Foto: Leslye Vinet via Flickr

A pesar de todo esto, ni Marga ni Blanca son pesimistas. “Puede resurgir”, dice la primera. “No hay crisis en la Malasaña del rock’n’roll, porque hay resistencia”, asegura la fotógrafa. Sin embargo, la última puñalada se la ha llevado el Groovie, local proveedor de “himnos generacionales de puño en alto” durante catorce años. En la madrugada del pasado 27 de junio cerró su puerta por última vez.Marga Turmix suelta una encantadora carcajada: “Kike era un personaje mítico de la noche madrileña, te lo encontrabas pinchando en el No Fun, en La Vía Láctea, en el Agapo, haciendo conciertos; cuando murió se apagó una parte muy grande de actividad musical y parecía que faltaba algo. Pero Malasaña empezó a morir mucho antes”, recuerda.

“Con el cierre del Groovie, o en su momento del Agapo [1991], el barrio pierde personalidad”, piensa Del Amo. “Ahora es más popular, se han abierto más restaurantitos, locales diferentes y es más amplio que antes, pero su signo de identidad sigue siendo la música gracias a tiendas como Cuervo Store, que montan festivales, o bares como Madklyn o el Weirdo”. El propietario de este último, pequeño pero grandioso bar más que digno heredero del rock canalla, desmiente los insistentes rumores de un posible cierre del Weirdo.

Barbudos en Malasaña.
Barbudos en Malasaña.

 

La Policía Municipal patrulla el barrio. Las clientelas asisten perplejas a las inspecciones por sorpresa, que empiezan a ser cotidianas. No obstante, este asedio no es el único motivo. A pesar de que las multas por consumir alcohol en la calle son de 600 euros, los ‘lateros’ —vendedores ambulantes de latas de cerveza a un euro— son una de las principales preocupaciones de los hosteleros. “Los bares se cierran, porque la gente no consume, ¡hay que ir a los bares!”, alienta Blanca.

Barrio moderno

“Malasaña se está ‘hipsterizando’ y a la vez se está gentrificando, pero son dos procesos diferentes”, analiza Luis de la Cruz, historiador, relator del barrio y periodista en Somos Malasaña.

“Lo ‘hipster’ es una consecuencia visible de lo que está sucediendo, un proceso de mercantilización del centro urbano, que ocurre en todas las grandes ciudades. Yo lo comparo con un centro comercial abierto donde aquí lo que se vende es la figura del ‘hipster’, pero en otra zona lo que se vende es la diversidad cultural [Lavapiés] o en otra la historia y las enseñas nacionales [Barrio de las Letras]”, añade.

'Yo comparo el barrio con un centro comercial abierto donde lo que se vende es la figura del hipster’

Uno se puede preguntar si viendo cuánto ha cambiado el barrio, “habría que cambiar también el nombre de Malasaña”, reflexiona De la Cruz sobre una denominación que no es administrativa, sino popularizada desde los años 70.

“La llegada de la Malasaña ‘underground’ no significó la muerte del barrio popular de Maravillas, sino que ambas convivieron. La marca Malasaña-hipster solapa la coexistencia de siempre entre Maravillas y Malasaña. El barrio cambia, pero hay gente resistiendo el tsunami de la ‘hipsterización’”, dice este relator del barrio.

De la Cruz está apoyado en la puerta del que hasta hace tres días ha sido el Groovie. Mientras, en el interior, se producen los ruidos. Están desmontando el local.

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