de woody allen a LENNY BRUCE

Los que sí pueden reírse del Holocausto

Nadie puede hacer chistes del exterminio sin ser lapidado... ¿Nadie? ¿Seguro? Novedades editoriales en torno al humor judío conflictivo

Foto: Niños disfrazados de rabinos en una sinagoga (EFE)
Niños disfrazados de rabinos en una sinagoga (EFE)
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Usted entra en Twitter y ve el siguiente tuit de un concejal de Ahora Madrid: ““Lo peor del Holocausto no es que perdiéramos a seis millones de los nuestros, sino que los récords están hechos para ser superados”. ¿Cómo respondería usted a este tuit? ¿Encendiendo su antorcha y sumándose al linchamiento del político? Ahora bien: si le decimos que dicha broma sobre el Holocausto no es de Guillermo Zapata, sino de Woody Allen, ¿qué haría usted? Pues reírse, celebrar el ingenio del cómico judío y hasta ofrecerle el cargo de Concejal de Cultura del Ayuntamiento de Madrid.

Se ha dicho que el tuit de Guillermo Zapata sobre el Holocausto era tan desafortunado que el concejal no tenía derecho a apelar al contexto en el que se escribió. Pero el contexto no sólo es relevante, sino que a veces lo es todo: quién cuenta el chiste, a quién se dirige y por qué se cuenta. O cómo un tuit potencialmente injurioso puede mutar en tuit desternillante (Allen en la película Desmontando a Harry) según el contexto.

Woody Allen: 'Lo peor del Holocausto no es que perdiéramos a seis millones de los nuestros, sino que los récords están hechos para ser superados'

Los creadores The Onion, el gran periódico satírico estadounidense, dicen que lo importante es reírse de la persona correcta. Lo que aplicado al Holocausto podría significar lo siguiente: reírse de los nazis (verdugos) en lugar de reírse de los judíos (víctimas). Y al hilo de esta reflexión: cuando uno es judío, al estar situado simbólicamente al nivel de las víctimas, parece ganarse el derecho cultural a bromear sobre el asunto. Por tanto, los únicos autorizados a saltarse el tabú del Holocausto quizá sean los cómicos judíos.

La madre de todos los incendiarios

Algunos de los más célebres humoristas de origen judío han tenido relaciones conflictivas con su cultura. Por no decir relaciones explosivas. El ejemplo más evidente es Lenny Bruce (Nueva York 1925/ Los Ángeles, 1966), cuyas memorias -Cómo ser grosero e influir en los demás- publica ahora Malpaso. Bruce es una leyenda del humor estadounidense del siglo XX por su insólita capacidad para ofender a todo el mundo todo el rato, lo que le valió varias persecuciones judiciales.

El libro, subtitulado con precisión Memorias de un bocazas, aclara las obsesiones humorísticas/políticas de Bruce: “Mi filosofía va en contra de la religión organizada”. Y más: “En lo más profundo de mi corazón sabía, por pura lógica, que cualquier hombre que se considere a sí mismo líder religioso y poseyera más de un traje era un estafador mientras hubiera alguien en el mundo que no tuviera traje alguno”. Así que, aunque Bruce dice conmoverse con las vidas de Cristo y Moisés, cargó siempre contra curas y rabinos.

Como cómico más incendiario de su generación, Bruce no pudo evitar posicionarse sobre el Holocausto: profanó el tabú cual elefante en cacharrería en un célebre monólogo en el que se puso en la piel del ideólogo de la Solución Final: Adolf Eichmann.

Teatro de Chicago, diciembre de 1962. Eichman/Bruce dirigiéndose a la audiencia con acento alemán: “La gente dice que deberían colgarme, pero ¿no os dáis cuenta de que vosotros hubierais hecho lo mismo de estar en mi lugar?... ¿Os creéis mejor que yo sólo porque quemáis a vuestros enemigos desde la distancia, con misiles, sin tener que ver de cerca lo que les habéis hecho?”, preguntaba el humorista, experto en el arte de incomodar/escandalizar/achicharrar a su público. Bruce fue arrestado al final de ese espectáculo acusado de "obscenidad". No era la primera vez. Lo curioso es que la denuncia no tuvo que ver con sus comentarios sobre el Holocausto (aún faltaban unos cuantos años para que el rechazo cultural al Holocausto, que ahora nos parece de cajón, llegara al mainstream).

La loca historia de un prepucio

Si todo esto le parece a usted intolerable, quizá sea porque no ha leído Lamentaciones de un prepucio (Blackie Books, 2012), memorias infantiles satíricas del cómico estadounidense Shalom Auslander, criado en una comunidad judía ortodoxa en el área de Nueva York.

Auslander vivió el lado más estricto del judaísmo, y sobrevivió para contarlo a golpe de chufla. Atentos a su descripción del día en que descubrió la masturbación en su más tierna adolescencia:

“Bajé la mirada hacia la semilla que había derramado sobre mi vientre y quise llorar; si había tardado cuatro meses en averiguar cómo sacarla, iba a llevarme el doble averiguar cómo volver a introducirla, y no tenía tanto tiempo. Desde su privilegiada posición en la pared que había delante de la entrada del dormitorio, mis descoloridos antepasados en blanco y negro [fotos de los rabinos de la familia] me miraban ceñudos, asqueados y decepcionados: '¿Para esto, refunfuñaron, morimos en el Holocausto?'”

El pequeño Shalom había cometido un pecado terrible, al menos eso le habían dicho, así que los remordimientos no tardaron en llegar:

"De joven, me decían que cuando muriera, me llevarían a una enorme casa de oración, llena de miles de judíos que habrían nacido si yo no los hubiera matado, no los hubiera desperdiciado, no los hubiera limpiado con un calcetín sucio durante el repugnante fracaso de mi despreciable vida (hay más o menos 50 millones de espermatozoides en cada eyaculación; lo que hace un total de nueve Holocaustos en cada paja. Estaba alcanzando la pubertad cuando me lo contaron y cometía ese genocidio, de media, tres o cuatro veces al día)", escribe.

En la boca del lobo hitleriano

La paradoja de este artículo es que el que quizá sea el chiste más importante y respetado sobre el Holocausto no lo hizo un judío, sino un alemán de pura cepa. ¡Atiza! Salvo que dicho cómico -el cabaretero Werner Finck- también cumple la premisa de que sólo las víctimas pueden reírse de otras víctimas: a Finck le metieron en el campo de concentración de Ekkerard poco antes de la II Guerra Mundial.

Los nazis del campo organizaron un cabaret en el que Finck espetó el siguiente monólogo a guardias y prisioneros: "Os sorprenderá lo alegres y animados que estamos. Pues bien, camaradas, esto tiene su razón de ser: en Berlín ya no lo estábamos desde hace mucho tiempo. Todo lo contrario. Siempre que actuábamos sentíamos una extraña sensación en la espalda. Era el temor a terminar en un campo de concentración. Y mirad, ahora ya no necesitamos sentir miedo nunca más: ¡ya estamos dentro!".

La historia de Finck se cuenta en Heil Hitler. El cerdo está muerto (Capitán Swing, 2014), ensayo de Rudolph Herzog sobre el humor en los días del Tercer Reich. El libro aporta ejemplos de lo que podríamos denominar el colmo del humor sobre el Holocausto: judíos haciendo chistes sobre el Holocausto… antes de morir en el Holocausto. En efecto, el horror cómico.

'Incluso en el humor judío más negro se adivina una voluntad obstinada por seguir adelante a pesar de todas las adversidades'

Ejemplo de chiste judío que circuló por Alemania en los años cuarenta: "Dos judíos van a ser fusilados. Pero de repente les comunican que los van a ahorcar. Entonces uno le dice al otro: '¿Lo ves? ¡Ya ni siquiera les quedan cartuchos!'".

“El chiste judío se puede interpretar como una forma de darse ánimos, como una expresión de la voluntad de supervivencia de los judíos, de su afán de seguir adelante a pesar de todas las adversidades. En el chiste judío se compensa el horror cotidiano. De esta manera, incluso en el humor judío más negro se adivina una voluntad obstinada, como si el que cuenta el chiste quisiera decir: me río, luego estoy vivo. Estoy entre la espada y la pared, pero no perderé mi humor", zanja Herzog.

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