jornada exclusiva de los coleccionistas en arco

Medio vaso de agua por 20.000 euros

Y está medio lleno, no medio vacío. El artista cubano Wilfredo Prieto demuestra con esta 'pieza' que el precio justo del arte contemporáneo es el más elevado que se le pueda hacer pagar a un coleccionista

Todo lo que leerá a continuación no está inspirado en la realidad, son hechos verídicos del día reservados a los coleccionistas en ARCO. “Para una cocina tan grande como la vuestra no pega nada”. Como si el problema fuera el tamaño, ella habla a su amiga delante de un paisaje de palmeras al atardecer pintado sobre un lienzo gigante, con unos colores fluorescentes tan estridentes que el tortazo hortera de ir a la Feria vestido con sombrero de Kevin Costner en Wyatt Earp, abrigo de borrego hasta los tobillos y zapatos chúpamelapunta de color camel parecería una idea decente. Parecería, si no fueras Óscar Jaenada y a ello le sumaras tu aspecto Camarón, papel que no suelta ni cuando cruza los pasillos de Ifema. La amiga responde que en la cocina eso quedaría genial, que vio al artista en una exposición “provisional” en Sevilla y que quedó “enamorada”.

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“Creo que enamorarse es fundamental”, una amiga a otra delante del vaso medio lleno del artista cubano de 36 años Wilfredo Prieto. Este sí quedaría perfecto en una cocina o en una mesilla de noche. De hecho, todos tenemos una copia de un Wilfredo Prieto danzando por casa. El excéntrico artista británico Grayson Perry dijo en su día con uno de sus jarrones en brazos: “Esto es arte porque yo soy artista y digo que lo es”. Por si quieren otra definición que les aclare lo que es arte: “Una obra de arte es buena cuando doblas una esquina y dices: '¡Joder! ¿Qué es eso?'”, palabra de Damien Hirst.

El vaso medio lleno de Wilfredo Prieto, en la galería Nogueras Blanchard, en ARCO.
El vaso medio lleno de Wilfredo Prieto, en la galería Nogueras Blanchard, en ARCO.

Los grupos de coleccionistas pasan de una galería a otra. Las dos mujeres van con uno numeroso que ha parado delante del stand de Nogueras Blanchard y observan el monumento a la ironía del cubano. No tiene más historia que esa, es un vaso con agua. Y está medio lleno, no medio vacío. No preguntan por el precio del optimista sorbo en duralex, porque ¿cuánto amor es necesario para pagar por eso 20.000 euros? Ese es su precio.

Es probable que Prieto no venda ni uno, pero la bomba de humor contra la Feria ha cumplido su objetivo. Ya tiene un titular, miles de fotos, muchas risas y una conclusión: el precio justo del arte contemporáneo es el más elevado que se le pueda hacer pagar a un coleccionista.

Me confunden con un coleccionista guiri mientras pego el oído en otra conversación. Disimulo, de espaldas a la charla, que me interesa. Hago como que me importa una composición de 12 lienzos rectangulares, pintados de gris, sólo grises, dispuestos en cuatro líneas de tres, grises. Se acerca uno de los ayudantes del galerista francés y me explica que el artista tiene obra en museos de Francia, Reino Unido y España. Y remata con el argumento definitivo“He is very famous”. Y recuerdo las palabras del más famoso de todos, Damien Hirst: “Convertirse en una marca es una parte importante de la vida”. La fama legitima el precio.

Medio vaso de agua por 20.000 euros

A Borja Thyssen y a su mujer Blanca Cuesta les han gustado los dos bustos de metro noventa del británico Julian Opie. Están a 110.000 euros cada uno. A estas alturas tengo la sensación de que el arte es el mercado. Me cruzo con uno al que le pasa lo mismo: “Tengo un doloh de pienah…”

La paradoja de la feria de arte contemporáneo es que las galerías que más tráfico tienen son las de arte moderno, artistas fallecidos, con obra consolidada en el mercado gracias a la historia del arte. O sea, cero riesgo y menos gritones. “Este Tàpies es bonito, pero pequeño”. “Al final, lo más bonito que tienes son los dibujos”. “¿Cuánto vale ese?”. “Treinta y ocho”. El galerista mira la chuleta de los precios. Es un dibujo de Fernand Leger. Él anima a la compra del dibujo, con amplias manchas negras: “Es muy fuerte, se ve muy bien”. La misma pared está abarrotada de otros enmarcados. “¿Y este?”. “Cuarenta”. “Me gusta porque tiene personajes y colores”, ella. Es un dibujo de Salvador Dalí. Cuando parece que se marchan, vuelve y le hace fotos con el móvil a los dos.

“Este Chirino es muy bueno, es del setenta… Ah, no, del sesenta. Nosotros tenemos otro muy grande. Pero este es el tamaño perfecto”. Son sesenta mil. Llega otra pareja: “¿Tienes algo de Florencia?”. “No conozco a ese artista, lo siento”, responde el marchante. “No, artista no, de la ciudad”. Este año se lleva mucho el mocasín sin calcetín entre el galerismo.

El artista Chuck Close dice sobre los artistas que asisten a ferias de arte: “Es como llevar a una vaca en una visita guiada al matadero. Sabes de qué va todo aquello, pero no quieres verlo”. De hecho, tratan de desaparecer de la venta. Sus estómagos no están preparados para soportar los comentarios. “¿Tienes algo amarillo muy grande de este artista? Es que tengo uno verde”. ¿Cuándo sabe uno que uno es un coleccionista? Cuando compras un cuadro y te das cuenta de que ya no tienes sitio en las paredes para colocarlo. ¿Cuándo sabes que eres uno de los coleccionistas más importantes? Cuando te sobran paredes para colgarlo.

“Dime cuánto cuesta este hombre”. “Son 14.500 más IVA, pero podemos hablarlo”. “Apúntamelo con las medidas, que necesito ver si entra en el salón”. “Es precioso”, le dice la pareja del interesado. “Hazle una foto desde aquí”. Es un lienzo grande, Lino Lago ha pintado una sala del Prado y luego ha tirado un bote de pintura amarilla sobre la vista.    

A una feria de arte se va a socializar y a convivir. En la primera cita del mercado, Art Basel Miami Beach, acuden 51.000 visitantes y menos de 2.000 compraron una obra de arte. El resto es relleno, glamour y canapés. “Cómo nos hemos puesto de canapés del Pompidou”, el museo francés ha hecho la presentación de su sede en Málaga. Dos directores de museo comentan al respecto que los políticos no han querido aprender nada, que siguen inaugurando, dilapidando y luego olvidando. Nuevos museos sin visitas ni presupuestos. Y cuanto menos visitas, menos presupuestos. Pero la foto de la inauguración manda.

“Este es un rollo de esos en los que se mueven las cosas”, explica alguien delante de una máquina que imprime todos los tuits que llevan la palabra “amor” cada vez que alguien la escribe. A continuación, los tritura. Así es el modelo de negocio del arte: producto, distribución, comunicación y precio. El objetivo del buen marchante es hacer tan bien los tres primeros elementos que la gente se olvide del cuarto. El mejor fue Larry Gagosian, de quien el coleccionista Charles Saatchi decía: “Le adoro, pero siempre oigo la banda sonora de Tiburón cuando se acerca”.

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