rescate de los artículos de josé luis salado

Tiros, trincheras y teatro, un cronista de la farándula bajo las bombas de la Guerra Civil

José Luis Salado compartía enemigo con otros republicanos, pero no coincidía en sus alternativas al fascismo porque su periodismo nunca teorizó

Foto: Una fotografía del frente de Aragón de la Guerra Civil española.
Una fotografía del frente de Aragón de la Guerra Civil española.

Imaginen el peor de los escenarios. Una guerra, efectivamente. Ahora piensen en algo peor, una guerra civil. Y el triple mortal: entre las trincheras, cubriendo el asedio franquista de Madrid, un crítico y cronista de cine y teatro. José Luis Salado (Valladolid, 1904-Moscú, 1956) fue un periodista popular, que publicó sus artículos sobre la batalla en La Voz, hasta el 3 de febrero de 1939. Varias décadas de silencio más tarde, la editorial Renacimiento rescata en una antología sus trabajos, con el título Tiros al blanco. Periodismo bajo las bombas, que aparecerá en las próximas semanas y que se suma a la operación de recuperación editorial de grandes periodistas de principios de siglo.

El joven autor de novelas galantes comenzó escribiendo “emocionadas crónicas” en la sierra del Guadarrama, en agosto de 1936, y acabó contemplando las paradojas de la ciudad sitiada en sus miserias culturales. En sus “tiros al blanco” daba cuenta de las deserciones del ambiente farandulero y otros ilustres “ahuecaos”: Azorín, Baroja, Pérez de Ayala, Ortega y Gasset, Marquina, Arniches… Él se mantuvo hasta los últimos meses de sitio.

“Los milicianos, con la barba de cinco días, se encogen dentro de sus mantas color de tierra”, el 29 de julio de 1936 revisa el color del frente. “Los milicianos tienen ya su manta liada a la cintura, su vaso de aluminio, su plato reluciente al sol recién inventado de la amanecida. Las primeras noches es que no se podía parar aquí. El frío era una cuchilla mortal”.  

La crónica en los montes corre con intensidad, implicación y propaganda: “Las tres de la tarde. Calor, pesadez de la siesta. Ya no hay aeroplanos. Nuestros cañones han enmudecido por completo. Unos soldados vienen en un automóvil. Son cinco. Llegan sudorosos, medio desnudos. Les preguntan: “¿Habéis comido?”. Dicen que no. Les improvisan unas raciones. El menú de hoy, claro: arroz, salmón, chocolate… Uno de ellos, el más joven, tiene un gesto magnífico. Devuelve la escudilla, cargada de arroz, al tiempo que dice: “Si falta comida para otros, yo devuelvo mi ración. Pero si ahora…”

Unos días más tarde se encuentra con un grupo de mujeres en mitad de la carretera, por un autobús atascado. Se apoya en anécdotas para lograr un tono optimista en medio de las bombas: “Dos monos azules se apean. Uno pertenece al sexo masculino. El otro acusa prietas curvas femeniles. Una muchacha –boca pintada como el corazón de una baraja francesa, pistola al cinto, un lazo rojo y negro, que medio sujeta el haz de los cabellos despeinado por el viento serrano– se acerca: “Camarada. ¿Quieres llevarme hasta el pueblo?”. En el coche hay sitio. Es maravilloso. Los coches tienen hoy sitio para todo el mundo”.  

Ironía, desprecio y erráticos

“El tono de los tiros es de denuncia a base de ironía y desprecio”, explica el investigador Juan A. Ríos Carratalá, responsable de la selección antológica de los textos de Salado. La conclusión a la que llega es que estos tiros habrían sido más certeros “escritos sin la premura del combate y con la experiencia del desencanto”.

Cuando sepamos quiénes hemos quedado, si es que queda alguien, entonces, y nada más que entonces, será momento de dar a luz una nueva literatura teatral

Nuestro periodista se muestra muy crítico con la situación del teatro en la capital. Dice que el teatro que se hace en aquellos momentos en Madrid “es del malo, del peor, si me apuran ustedes mucho”. Se queja de que domina el género flamenco, “quizá como una delicada atención de la Junta de Espectáculos para los soldados heroicos –fusil y sombrero ancho– que pelean en los frentes calientes del sur”.

Tampoco se muestra contento con los autores que hay en Madrid, porque no son revolucionarios. “Cuando se sequen del todo los carmines de esa sangre; cuando nos sea posible hacer con relativa serenidad el balance de lo que estamos dejando atrás; cuando sepamos quiénes hemos quedado, si es que queda alguien, entonces, y nada más que entonces, será momento de dar a luz una nueva literatura teatral”, escribe. Por eso explica que no queda otro remedio que volver a los “archivos polvorientos del viejo repertorio”.

“José Luis Salado compartía enemigo con otros republicanos, pero no coincidía en sus alternativas al fascismo porque su periodismo nunca teorizó ni se dejó llevar por el Ideal”, cuenta el especialista en el trabajo del periodista en esta reseña. Juan A. Ríos Carratalá hace balance de los escritos del periodista y encuentra textos con retratos certeros, otros con errores que le llevaron a la injusticia y unos inmisericordes con las flaquezas. “Salado no es un Manuel Chaves Nogales, pero la singularidad de su trayectoria como antifascista evidencia lo cuestionable de numerosos clichés con tendencia a la exclusividad”.

Foto de santos Yubero.
Foto de santos Yubero.

Es más, el 8 de junio de 1937 escribe contra el compañero de oficio para denunciar que Chaves se ha marchado del país. Y le llama “equilibrista”. En un ataque patrio cuestiona su marcha y lo añade al grupo de autores antes citados. “A la lista de los caballeros aparentemente españoles que se obstinan ahora, por encima de todo, en permanecer alejados de la contienda que estamos viviendo más o menos directamente los españoles de verdad”.

Ya vemos que carga las tintas contra el exdirector del Ahora, de quien asegura que “está haciendo equilibrios en la cuerda floja de la neutralidad”. Hasta que, definitivamente, termina cediendo a su vehemencia: “De una neutralidad que casi siempre supone inclinarse del lado faccioso, como lo ha hecho ahora –después de quince o veinte artículos ambiguos en La Nación, de Buenos Aires–”.

No está de acuerdo con Chaves, que ha escrito que los ejércitos combatientes están agotados y que la guerra toca a su fin. Salado aclara, apasionado, que el Ejército popular “no puede hallarse agotado, acabadito de estrenar”. “Y muchas cosas más que el apresurado exdirector del Ahora, puesto a hacer literatura neutral para los lectores de Toulouse, no puede ni sospechar siquiera. Inconvenientes de marcharse del teatro antes de que acabe la función. Siempre hay que esperar al desenlace”. Pero ni siquiera él pudo esperar al telón. 

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