entrevista sobre el libro maldito

Morán: "Lara me dijo que De la Concha era un colaborador muy eficaz de Planeta"

El periodista analiza las claves de la censura a 'El cura y los mandarines', donde critica a la RAE y al mundo cultural y político surgido de la Transición

Todo apuntaba a que El cura y los mandarines podría ser la obra definitiva de Gregorio Morán (Oviedo, 1947). Para bien. Pero resulta que también lo ha sido para mal: la editorial Crítica, perteneciente al Grupo Planeta, decidió hace unos días detener la publicación del ensayo. Según el autor, los editores le pidieron que purgara el capítulo donde criticaba a Víctor García de la Concha y la Real Academia Española (RAE). Él se negó, como adelantó este periódico. La editorial, por su parte, justificó así su decisión: si publicaban el libro, les “coserían a demandas". Así que se fue con el libro y con el anticipo por sus derechos debajo del brazo. 

Este caso de censura vendría a certificar las carencias y los vicios de la cultura española, que Morán lleva estudiando desde la Transición, en una trayectoria culminada ahora en El cura y los mandarines. En plenas negociaciones con varias editoriales para intentar publicar este ensayo maldito, el periodista asturiano nos recibe en su piso barcelonés para explicar las claves de su enfrentamiento con Planeta, desarrollar algunos de los temas más conflictivos de su libro y analizar la evolución política desde la Transición.       

¿Por qué no ha querido publicar su libro Planeta?            

¿Qué surgió en el último momento para que pidieran la eliminación del capítulo? La presentación del Diccionario de la RAESu nueva versión es que hay 200 pasajes querellables en el libro, referentes al honor, pero es una invención. El pasado 16 de septiembre plantearon claramente cuál era el tema: el libro no se podía publicar con ese capítulo, el de 11 páginas sobre la RAE, del que no habían dicho nada hasta entonces, aunque habíamos estado meses corrigiendo las pruebas. ¿Qué surgió en el último momento para que pidieran la eliminación del capítulo? Pues el evento al que hoy [por ayer] dedican varias páginas los periódicos: la presentación del nuevo Diccionario de la RAE. Planeta, a través de Espasa, publica el diccionario, y yo dedico esas 11 páginas a la Real Academia con cierto aire de sarcasmo. Con un personaje importante: Víctor García de la Concha [actual director del Instituto Cervantes y antiguo director de la RAE].

¿Ha intervenido Josė Manuel Lara, presidente del grupo Planeta, en algún momento de esta crisis?

Le escribí una carta [explicándole la situación] porque nos conocemos desde hace mucho tiempo. Le planteé cómo era posible que hace 35 años hubieran sido capaces de publicarme un libro muy crítico con un Presidente del Gobierno en ejercicio [Adolfo Suárez. Historia de una ambición, Planeta, 1979] y ahora no quieran publicarme un libro por 11 páginas dedicadas a la RAE. Es decir, un deterioro informativo importante. Me contestó que no era miedo a García de la Concha, pero que [De la Concha] era un colaborador eficacísimo de la editorial, y añadió: el problema de tu libro son las 11 malditas páginas. La carta está aquí...

¿No es sorprendente que un libro donde se critica a algunos de los personajes más poderosos de la historia española reciente sea censurado por mencionar a García de la Concha?  A priori la RAE no parecía el tema más caliente de su ensayo.

Lo que es sorprendente es la situación. Es un caso único, pero no aislado. Hoy día en los medios de comunicación se puede hablar más claramente de un Presidente del Gobierno que de un banquero o un banco. ¿Por qué? Porque el nivel de deuda o de intereses del grupo editorial con la banca es más fuerte que con presidencia del Gobierno. 

Supongamos que alguien le pasó el capítulo del libro a Víctor García De la Concha. ¿Qué podría haberle molestado?

A García de la Concha le puede haber molestado todo lo que sale en el textoTodo. Le puede haber molestado todo, desde su simple aparición en el texto. Cuando yo iba por Oviedo en pantalón corto, él ya era un personaje importante en la Catedral. Me han contado que un periodista bisoño le preguntó hace poco por sus recuerdos y su experiencia como sacerdote. A lo que De la Concha replicó: "¿Sacerdote yo? Yo nunca fui sacerdote"... Esto es uno de los rasgos notables de la reciente historia cultural de España: los pasados se pueden cambiar, borrar unas cosas y añadir otras. ¿Qué le puede haber molestado? Pues todo. Su misma trayectoria. De la Concha es un trepa del mundo de la cultura. Forma parte de esa generación de españoles pobres como ratas, de Villaviciosa, que tuvo que ir al Seminario de Valdedios, que entonces era poco menos que un campo de concentración, nada más terminar la guerra.

¿Qué ocurre cuando sale de allí?

De la Concha era un hombre del régimen y un reaccionarioSe hizo un nombre en la Catedral y en la Universidad de Oviedo, como confesor, orador y dirigente de una sección de la falange en el frente de juventudes. Era un hombre absolutamente del régimen. No era un conservador, sino un reaccionario. De las once páginas, no le dedico más que dos y media, aunque desvelan el personaje, el caracter acultural de su personalidad. Por ejemplo: habla de Santa Teresa de Jesús y dice que sin el Espíritu Santo la santa no hubiera podido escribir lo que escribió. Luego fue evolucionando hasta que el rey le concendió el Toisón de Oro. Es el galardón más importante de la Monarquía en España y lo consigue este tipo. Llega a la dirección de la RAE... En fin, todo eso mezclado, no le ha debido parecer bien, ahora que es el director de los Institutos Cervantes del mundo y aparece en los periódicos como uno de los factores claves del diccionario de la RAE. Si además Lara te confirma que es un colaborador importante de Planeta...

¿A qué presiones se enfrentó Planeta cuando publicó su primera biografía de Suárez?

Suárez estaba entonces en la cima de su poder. Y claro, la presión fue terrible. La editorial lo intentó todo, eso es verdad, me sugirieron que negociara el original con el Gobierno. Josep Melià, que era un asesor fundamental de Suárez, me hizo unas ofertas alucinantes para que fichara por RTVE. Menos Director General me ofreció de todo. Lo que querían todos era algo que estoy luchando por preservar ahora: el original. Eso es lo fundamental. A partir del original puedes boicotear la publicación de un texto. Estoy seguro que alguien le pasó las 11 páginas a Víctor García de la Concha. En el momento en que tienes esas páginas, ya puedes amenazar a la editorial con meterles un puro si publlican eso. Si el manuscrito se hace público, te ves obligado a chalanear con el texto, que si quita esto o pon esto otro. Ahora y antes mucha gente reclama poder leer el libro antes de que se publique, pero no lo harán antes de que firme un contrato. Entonces sortee bien las presiones. No conozco al detalle los acuerdos a los que llegó Planeta con el Gobierno en 1979, que los hubo, estoy seguro, como que el libro no se anunciara en RTVE. Pero al final se portaron y el libro se publicó. Hubo algunas reacciones singulares: El Corte Inglés prohibió que se presentará en sus almacenes, que es una práctica clásica de la casa. Luego me invitarían a presentar allí mi siguiente libro, pero les mandé a la mierda. Nunca presentaré un libro en El Corte Inglés después de aquella genialidad.

Su biografía de Suárez fue recibida con el cuchillo entre los dientes por un amplio sector del espectro político y periodístico.

Las reacciones fueron brutales. Suárez era entonces el protegido de un sector de la izquierda y Carrillo reaccionó como una víbora. Estábamos en 1979 y todo era posible.

Pilar Urbano fue una de las primeras periodistas que cargó contra el libro en ABC, antes de su publicación.

Lo de Pilar Urbano destapándome como agente soviético fue insuperableEso fue absolutamente genial. Pilar Suburbano, como la llamo yo, dijo que se estaba preparando un libro sobre Suárez con información del KGB soviético y no recuerdo qué chorradas más. También hubo artículos en contra de Pedro J. Ramírez, que entonces creo que escribía en ABC, pero lo de Pilar Suburbano destapándome como agente soviético fue insuperable.

En su ensayo 'El precio de la Transición' (Planeta, 1991) menciona lo unidas que estaban esos años la clase política y la periodística. ¿Cuáles fueron las consecuencias de esta unión?

Esto no sólo no se corrigió, sino que se amplificó. El contubernio, por utilizar un término arcaico y divertido, entre la clase política y la periodística es absoluto. Fue una de las características de la Transición. Y ha llevado al actual desprestigio de los medios de comunicación entre la gente decente.

El símbolo más obvio del poder que tomó el periodismo en esa época sería Juan Luis Cebrián, que es al mismo tiempo periodista, intelectual y consejero delegado. ¿Qué papel ha jugado Cebrián en la cultura democrática?

Cebrián es un caso asombroso de desvergüenza política, personal e informativaCebrián es el prototipo del golfo desvergonzado en la prensa. Capaz de apelar a la ética mientras pone a media plantilla de El País en la calle. El tipo que gana una cantidad astronómica después de haber quebrado a la empresa. Es como si Blesa escribiera artículos de prensa cada semana para explicarnos los códigos éticos. Lo de Cebrián es un caso asombroso de desvergüenza política, personal e informativa.

En el libro dedica usted un capítulo a Cebrián y sus medios llamado “El País como parodia del intelectual colectivo”. ¿Qué es eso del "intelectual colectivo"?

El País nace en el verano de 1976, con Carlos Arias Navarro en la presidencia del Gobierno. El nacimiento es muy importante. En el libro analizo el periodo que va desde la fundación del periódico a las primeras elecciones del 15 de junio de 1977. Si yo preguntara ahora a alguien de tu generación, muy posterior a la mía, o incluso a alguien de la mía, quienes eran entonces los dos principales columnistas de El País... No acertaba nadie. Prueba...

¿Ricardo de la Cierva?

Sí. ¿Y el otro?

¿Aranguren?

No, Gil Robles padre... ¿Qué decir a esto?

Que el mito progre de los orígenes de El País se tambalea.

Exacto. También estaba Aranguren que, por cierto, no sale muy bien parado en mi libro. Digámoslo suavemente para que no se me enfanden sus muchos discípulos: en Aranguren hay un impostor importante. Él es el hombre de los norteamericanos en España durante los años sesenta. EEUU no tenía demasiado interés político en España, pero intelectualemente empezaron a preocuparse en 1962, con las huelgas mineras, un Franco que se eternizaba en el poder y, sobre todo, una inteligencia cultural radicalizada (de las más radicalizadas de Europa, sin lugar a dudas). EEUU pensó entonces en crear una contracultura que se opusiera a la cultura filocomunista. Los dos hombres que seleccionaron fueron Dionisio Ridruejo y López Arangurén. Pero, claro, Dionisio tenía un handicap importante: había sido condecorado en la Wehrmacht. ¿Cómo explica uno a un congresista de EEUU que su hombre en España es un ex nazi que combatió contra ellos en Rusia? Y hubo un tercer hombre: Josep María Castellet

¿Qué simbolizó José Luis López Aranguren en esa época?

Aranguren fue el referente intelectual de varias generaciones, de la posguerra a El País, entre otras cosas porque Cebrián lo consideraba su maestro. Aunque su padre era un fascista medular, Cebrián estudió en el Pilar y tuvo una doble formación: con la gente de Pueblo, por un lado, y la de Cuadernos para el diálogo, por el otro. El nacimiento de ese intelectual colectivo llamado El País incluyó la liquidación de publicaciones como Triunfo, Cuadernos para el diálogo y otras. Todo esto lo barre El País. Y eso que hasta las primeras elecciones no saben qué baza política jugar. Primero apostaron por la democracia cristiana, porque todo el mundo pensaba que podían ganar, pero se estamparon. Luego dieron el giro hacia el PSOE de la mano de asesores aulicos como Javier Pradera, un hombre clave del felipismo, aunque acabara siendo liquidado por Cebrián.

Respecto a las interpretaciones políticas de la Transición, en alguno de sus libros ha calificado esa época de "derrota". Dicho así, sin más explicaciones, choca. Por dos motivos. Porque en España siempre se ha vendido (al menos hasta hace poco) como un gran éxito político. Y porque llamar "derrota" al proceso que nos llevó de la dictadura a la democracia siempre es delicado. ¿Cuál fue la derrota de la Transición?

Para mi generación fue una derrota sin paliativos, ahora se ve más claro. Pero cuando yo empecé a hablar de esto, no. Los que mejor explican esto son los del otro lado, como las memorias de Martín Villa, por llamarlas de alguna manera. Y las de Robles Piquer, el cuñado de Fraga, que publicó hace poco unas memorias que son absolutamente excepcionales (difíciles de leer y agarbanzadas, pero repletas de datos cruciales). Como traté de explicar en El precio de la Transición, llegó un momento en el que ni nosotros podíamos ganar ni ellos podían seguir como hasta entonces. Se intentó vender que la renuncia de la izquierda fue muy leve comparada con las enormes renuncias de la derecha, pero esto es absolutamente falso. Se mantuvieron los tribunales, la policía, la judicatura e incluso la clase política, incluidos algunos ministros del PSOE, como Paco Fernández Ordoñez, alto cargo franquista, ministro en la UCD y ministro del PSOE, que no tuvo ningún cargo más porque se murió, pero hubiera podido seguir por los siglos de los siglos.

¿En qué falló la izquierda comunista?

La Transición fue una derrota sin paleativos de la izquierdaLa Transición fue una derrota sin paleativos de la izquierda. A Carrillo, por ejemplo, le obsesionaba morirse antes de poder llegar a ministro. Otro dato: el partido más joven de España, antes de junio de 1977, era el PCE, pero sus candidaturas a esas elecciones fueron las más viejas de todas. Aparecen Dolores Ibárruri, Wenceslao Roces e Ignacio Gallego, la vieja guardia del estalinismo. Esto fue una idea de Carrillo que significó la liquidación. Te recuerdo el caso de Asturias. Al Congreso iba Ibárrurí y al Senado Roces, catedrático en Salamanca y traductor de El Capital, al que los jóvenes respetábamos porque era una leyenda, pero cuyas charlas eran un auténtico martillo, no había dios que las soportara. El partido asturiano, que era muy joven, alucinó con aquellas dos antiguallas -Dolores y Wenceslao- a las que no habían visto en la puta vida. Se quedaron locos. Dolores ya había empezado a chochear y cuando empezó a contarles la misma historia por cuarta vez, los comunistas asturianos se dieron cuenta que la campaña electoral iba a ser terrible... Esta izquierda se entrega a la UCD porque la obsesión de Carrillo era entrar en el Gobierno para hacerle la pinza al PSOE, que entonces estaba más radicalizado. Al PSOE le regalan la victoria en octubre de 1982, porque no tuvo rival,  la UCD estaba destrozada sin Suárez, y el votante del PCE, tras el 23-F, se pasó al PSOE. ¿Fue la victoria del PSOE en el 82 la victoria de la izquierda? Eso creyeron algunos los primeros años.

En ‘El precio de la Transición’ dice que ese periodo se convirtió en “un catálogo sobre cómo escamotear la política a la sociedad civil”. ¿A qué se refería?

Se produjo el golpe del 23-F y no salió nadie a protestar. La Transición, que estaba en pleno proceso, fue un asunto de las élitesEsto es una característica singularísima de la Transición: se hizo con muy pocas manos y muy pocas cabezas, bastaron cinco personas, y quizás sobra alguna. Algún amigo mío me reprochó cuando escribí ese libro que no había hablado ni de los sindicatos ni de la clase obrera. Es que no están en la Transición. Los sindicatos fueron fulminados con los Pactos de la Moncloa, incluso antes, porque Carrillo le prometió a Suárez que pacificaría cualquier levantamiento que hubiera en España. El PCE renuncia a la República y cambia de bandera, ¡pero es que esto lo decidió Carrillo por su cuenta una mañana! Suárez, por su parte, manejaba a la UCD como quería. Y el rey iba a lo suyo, dedicándose a sus negocios, que es lo que más le ha importado siempre. ¿Cuánta gente puede haber participado en esto? Muy pocos. Suárez, Carrillo, Felipe, Tarancón… poco más. La sociedad civil no participa. Una prueba: se produjo el golpe del 23-F y no salió nadie a protestar. La Transición, que estaba en pleno proceso, fue un asunto de las élites. Se hizo la manifestación tras fracasar el golpe y tras convocar los partidos. Fue el Rey el que sacó las castañas del fuego esa noche. El rey fue el responsable en buena parte del 23-F pero, al mismo tiempo, sin él hubiera triunfado el golpe. ¿Cuántos periódicos escribieron dos tipos de editoriales diferentes esa noche? Yo diría que todos. Uno por si ganaban unos y otro por si ganaban los otros.  

En la Transición andaban por ahí el rey, Torcuato Fernández Miranda, Carrillo y Suárez. Juan Carlos I sobrevivió políticamente y hasta biológicamente a todos, hasta hace unos meses. ¿Cómo ha vivido usted la caída del rey?

Lo de Caja Madrid es poca cosa al lado de los escándalos económicos del ReyEl rey se equivocó al pensar que seguía viviendo en el primer tramo de la Transición. Se equivocó porque no tiene muchas luces. Seguía actuando exactamente igual que siempre. Cazando elefantes y demás. ¡Como siempre había tenido impunidad absoluta! Lo de Caja Madrid es poca cosa al lado de los escándalos económicos del rey. ¡La que montó con Prado y Colón de Carvajal en los buenos tiempos! ¡Ríete tú de Craxi y Berlusconi! El momento patético fue cuando dijo, como los niños, que se había equivocado y que no lo volvería a hacer más. Ahí fue cuando las fuerzas poderosas que han controlado el país desde la Transición, desde Felipe González a los banqueros, detectan que la cosa va mal y no da más de sí, que estamos en una situación política y económica explosiva, y que el Rey les puede llevar a todos a la ruina. Había llegado la hora de la Transición monárquica que no cuestionara todo lo demás. Analizado fríamente, los poderes fácticos de la realidad española actual, los que logran que no publiques un libro o que Blesa no vaya a la cárcel, hicieron lo mismo con el Rey que el rey había hecho antes con Suárez. Forzarle a dimitir aunque ninguno de los dos quería. El Rey había entrado en una deriva patética. Había llegado la hora del retiro y, todo hay que decirlo, se hizo con una limpieza impecable. Y con la sociedad civil enterándose por los periódicos al día siguiente, lo típico de la Transición.

Antes ha mencionado la expresión "trepa cultural". Es un concepto importante tanto en este libro como en otros suyos anteriores.  Entre otras cosas porque el salto de la dictadura a la democracia fue una época bisagra apta para esos menesteres. ¿Quién representaría mejor ese rol de trepa cultural entre todos los personajes de 'El cura y los mandarines'?

En la época del franquismo hay un caso de trepa cultural que es magnífico: Camilo José Cela. Pero Camilo tenía un don: además de ser un trepa cultural y un mandarín indiscutible. Sabía escribir, aunque cuando se olvidó de escribir hiciera barbaridades como contratar negros. De la Transición para adelante hay toda una colección de trepas. Rafael Sánchez Ferlosio lo explicó mejor que yo con estas palabras: "Goebbels decía que cada vez que escuchaba la palabra ‘cultura’ amartillaba su revólver, mientras que cada vez que el PSOE escucha la palabra ‘cultura’ saca la chequera”. No era sólo La Bodeguilla, era todo, el PSOE tuvo un apoyo muy dinámico del sector cultural. No lo trato en el libro pero, ¿qué hubiera sido de Zapatero sin los intelectuales y los artistas? En el caso de Felipe González y Alfonso Guerra fue todavía más crucial porque dio lugar a un ciclo más importante, y además había fondos, algo básico para el sustento de una cultura y una inteligencia vinculada a los poderes políticos. Si no tienes fondos dedicate a otra cosa.  

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