adaptación al cómic del polémico libro de migoya

Todas putas y ninguna misógina

Hace diez años Hernán Migoya desveló las máscaras hipócritas que asfixian a la mujer y se pegó el gran tortazo. Aunque el libro multiplicó sus ventas,
Foto: Viñeta de 'Todas putas'
Viñeta de 'Todas putas'
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Hace diez años Hernán Migoya desveló las máscaras hipócritas que asfixian a la mujer y se pegó el gran tortazo, aunque el libro multiplicó sus ventas, después de convertirse en best seller por la vía del escándalo. Todas putas desató un revuelo espectacular, el autor fue acusado de todo contra lo que había escrito y el estigma no se lo ha vuelto a quitar. Ahora, desde Lima, observa las cosas con moderación. En los relatos que componían el libro asomó la crudeza de las violaciones, la violencia, el sometimiento de la mujer al hombre.

Podría haberse entendido como un libro que quería derrumbar los tabúes que subyugan a las mujeres, pero en su evolución se cruzó con el camino de la política y entonces todo saltó por los aires. La editora del libro, Miriam Tey, fue nombrada en esos días directora del Instituto de la Mujer y los titulares lo resumieron a una misma intención: “La directora del Instituto de la Mujer hace apología de la violación”. Y entonces llegaron los insultos, las amenazas y esquivar tomates en las conferencias.

Eduardo Zaplana me pidió que, para atajar la polémica y frenar el linchamiento al que estaba siendo sometida por la prensa y la opinión pública, me desentendiese de la publicación, eludiese mi responsabilidadLos acontecimientos vuelven a la memoria porque Todas putas se ha hecho cómic. Ricardo Esteban, editor de Dibbuks, y Hernan tenían una colaboración pendiente, que cerraron unos días antes de que el autor marchara para su exilio peruano. La dibujante Carla Berrocal se encargaría de coordinar la propuesta: 15 mujeres dibujantes debían convertir las historias a la viñeta. Junto a la propia Carla han intervenido Ana Galván, Olga Carmona, Gemma Aracelli, Irene Roga, Irati FG, Sheila Alvarado, Natacha Bustos, Patricia Breccia, María Herreros, Cristina Daura, Clara Soriano, Ana Pez, Andrea Jen y Mamen Moreu.

El libro mantiene lo irreverente y provocativo, pero además cuenta con una interesante introducción de la editora original, en la que hace repaso de lo sucedido en aquellos días. Para empezar, recuerda el rechazo unánime de la prensa, todos “querían quemar ese libro en la hoguera”. ¿La razónnbsp; La “mala suerte” de aparecer en la calle con su nombramiento.

“La publicación de Todas putas fue un escándalo porque se utilizó electoralmente como arma arrojadiza. Estábamos en campaña”. Aunque reconoce que, si bien el autor y ella sufrieron la ira y los ataques de todo el mundo, el libro vivió “una difusión mediática que no podían haber imaginado”.

De ángeles y demonios

Pero la declaración más grave es la que Miriam Tey descubre sobre las indicaciones de su superior, el entonces ministro Eduardo Zaplana, para acabar con la crisis: “El ministro de Trabajo (del que mi puesto dependía) me pidió que, para atajar la polémica y frenar el linchamiento al que estaba siendo sometida por la prensa y la opinión pública, me desentendiese de la publicación, eludiese mi responsabilidad o me arrepintiese públicamente de haber intervenido; pero preferí seguir defendiendo lo que creía, en lo que sigo creyendo, y que el libro de alguna forma simbolizaba: la literatura es una magnífica manera de desvelar el ángel y el demonio que llevamos dentro y todavía no encuentro ninguna razón por la que tener que renunciar a reconocerlo”. Asegura que presentó varias veces su dimisión, pero que nunca la aceptaron. Hasta que terminó la legislatura.

Tey define a Migoya como “ese misógino que retrata a la mujer con la belleza descarnada del que ama sin contemplaciones, sin condescendencia, de tú a tú”. Ahora está arropado y avalado y enriquecido por 15 mujeres. Algunas han alterado incluso el relato, algún final ha cambiado, pero en esencia son el reflejo de una lectura narrativa sutil y muy personal.

Carla Berrocal se enfrenta a El violador, uno de los relatos más breados por la crítica, con su inconfundible manera expresionista, cruda por el contraste del blanco y negro, en momentos muy cercana a David B. Un monólogo de espanto: “Por eso lanzo desde aquí mi reivindicación de que los violadores no somos gente tan monstruosa. Sólo tenemos mala fama. Somos como los demás, como usted o como aquel otro”, dice el personaje.

Ana Galván se entrega al surrealista mundo de los siameses enamorados Mario y María, en Inseparables. La autora resuelve con metáforas sutiles (como la del enchufe que se acopla, para mostrar que “María quería conocer qué era sentir un pene dentro de su vagina”) los momentos más extravagantes. Olga Carmona Peral y El trabajo, una historia muy cotidiana, una frustración laboral. Berrocal destaca de Carmona su capacidad narrativa, porque comulga mucho con el trabajo de Hernán.

Conversión de alto voltaje

Cada autora aporta su punto de vista a la prosa cruda y directa de Migoya. Son lenguajes distintos y aunque la imagen no puede alcanzar la potencia de la palabra, hace carne la imaginación. Una conversión de alto voltaje, en la que todas ellas han demostrado mesura y pudor. Mucho más que el autor. Gemma Araceli es una de las más explícitas, posiblemente la más clásica, con estética setentera y ligera. Irene Roga utiliza el manga más ingenuo y limpio, de narración sencilla con desenlace agrio.

A Irati FG le tocó recrear La bruja, una de las historias más difíciles, pero optó por el relato mudo y las bondades del género terminaron volviéndolo estremecedor. Como dice Carla Berrocal, deja muchas cosas en el aire y hace del pasaje uno de los más inquietantes. La noche de la madre estéril, de Sheila Alvarado, es una aportación de Hernán, que descubrió a la autora en Lima; más que cómic, cuento ilustrado. Natacha Bustos está a la altura del tremendismo de Un día de mierda, entre el cartoon y el manga, rápida y salvaje.

La hija del gran Alberto BrecciaPatricia Breccia, monta La pelusa, de clara estirpe familiar y clave histórica al conjunto de relatos visuales. María Herreros ha cambiado el final del cuento Spice up!, una de las historias más feroces (duermen a una chica para violarla), que enlaza con Porno del bueno, sin lugar a dudas, el cénit de la narración de la barbarie humana, afrontado con primeros planos sobre el gesto de la resignación y la locura que Cristina Daura ha hecho del padre que viola a su hija.

La última parte del conjunto se relaja, gracias a Clara Soriano y a su interpretación en clave cómica de El tímido, otra historia dura, que agradece la línea clara y la inocencia narrativa. Ana Pez, ilustradora que nunca había trabajado en el cómic, es “gamberra y dulce”, en palabras de Berrocal. Andrea Jen, en Utopía, muestra la lectura más comercial de todas, sin perder un ápice de amargura y desconsuelo ante los terribles y cercanos personajes creados por Migoya. Por último, Mamen Moreu, con un humor y un estilo propio muy vinculado a la historia, es el broche perfecto a un ejercicio de diversidad como pocos. Desde el humor al horror, desde la claridad a la expresividad. La reválida moral de Todas putas debería ser aceptada de una vez como lo que es, el reflejo que no queremos ver.

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