“Los cinco están a la venta y tengo más que usted puede ver en la página web que hemos montado para la ocasión”. El periodista ha llamado a la casa comercial interesándose por los cuadros que acaba de ver en el pase de prensa en el Museo Thyssen-Bornemisza y que, paradójicamente, están vinculados a esa empresa en la misma cartela. Junto al título, la técnica y la fecha aparece el nombre de la casa de compra y venta a la que pertenecen los cuadros: www.artelandia.com

Aunque nunca antes se haya visto de una manera tan descarada en un museo público la opción de compra de unos cuadros expuestos en una muestra temporal, no es una nueva moda museográfica, ni un interés por unir el universo digital con el real a través de un enlace sugerido a la vista pública. Se trata de un reclamo comercial: “Nos dedicamos a vender y comprar. Tendríamos que quedar usted y yo para hablar del precio de los cuadros”, cuenta el responsable de la empresa al periodista que se ha hecho pasar por un coleccionista interesado en lo que acaba de ver. Como si hubiese pasado por una galería de arte comercial y no por un museo mantenido con fondos y financiación pública.

Al menos cinco cuadros de los expuestos se venden en una galería, que hace publicidad en la misma cartela de la pintura en sala. El comisario es quien certificó la autoría de las pinturas antes de que llegaran al Thyssen

El propietario anima a visitar los ejemplos que cuelgan de la galería on-line, pero advierte que le dolería mucho tener que vender los que no están en el museo. Esos, al parecer, están en sus casas y prefieren no venderlos. Da a entender que son piezas capitales. No como los que hay en el Thyssen, se supone. El perfil de Linkedin del dueño explica que su galería está especializada en la crème de la crème del reclamo: “Miquel Barceló, Manolo Valdés, Antoni Tàpies, Antonio Saura, Joan Miró, Pablo Picasso, Eduardo Chillida, Jaume Plensa…”.

Le preguntamos al experto en el eslabón perdido del impresionismo, el postimpresionismo y otros movimientos, cómo es posible que Darío de Regoyos haya sido tan ignorado por los museos de este país. Responde que es un autor que “pintó mucha porquería y muchas obras buenas”, pero que lo bueno no sale al mercado. Con la crisis sólo sale lo que se vende por necesidad. Pero adelanta que la exposición del Thyssen animará las ventas y que hay que adelantarse. Debe tener una ganga, aunque prefiere dar cifras a la cara. Y, preferiblemente, después de todo el alboroto de la inauguración porque tenía, según cuenta, comida con la dirección del museo para celebrarlo.

'El mes de María en Bruselas', 1884 'El mes de María en Bruselas', 1884

Antes de terminar la conversación telefónica ofrece el dato decisivo para animar la compra: “Los certificados son de Juan San Nicolás”. Se refiere a la autentificación, se refiere al valor que el mayor experto en la obra de Darío de Regoyos otorga con su ojo y su firma, se refiere al comisario de la muestra que abre sus puertas en el Thyssen. Así es, la misma persona que ha seleccionado las 100 piezas para la muestra ha ejercido como autentificador de, al menos, cinco de las obras que hay en ella. Habitualmente, los certificados son remunerados. Desconocemos si Juan San Nicolás cobró por afirmar que esos cinco cuadros que están a la venta y cuelgan de las paredes del Thyssen son de Darío de Regoyos. 

El experto ha de mantenerse al margen de la guerra de los intereses económicos que mueven los hilos del mercado del arteEsto se conoce en el mundo del arte como “operación de expertizaje”. “El experto ha de mantenerse al margen de la guerra de los intereses económicos que mueven los hilos del mercado del arte, única manera de proceder con la más fría ecuanimidad en el momento de emitir su veredicto. Su imparcialidad es la que permite aportar soluciones justas a los problemas y conflictos”, explica José Manuel Lluent, en el libro Expolio y fraude en el arte (TREA). En este caso, parece que ese principio de objetividad al margen de los intereses del mercado ha sido vulnerado.

Preguntamos al comisario y autentificador por esa dirección web en las cartelas informativas, porque no habíamos visto nunca una antes en un elemento que se supone es parte de la investigación de la muestra. Juan San Nicolás, que ha dedicado toda su vida al estudio del autor de la España Negra, no sabe explicarlo muy bien, pero señala que es un intercambio comercial, que ellos prestan los cuadros a cambio de hacer publicidad de su web y su negocio en la cartela.

Uno de los cuadros en venta. Uno de los cuadros en venta.

¿Pero están a la venta? “No, no. Los cuadros son suyos, no están a la venta”, asegura entre convencido y atemorizado el comisario sin saber que más tarde llamaríamos para confirmar que sí lo están. Los cuadros son Convento, valle de Toranzo (1910), Ontaneda (1910), Antigua casa noble (1910), Tibidabo por la mañana (1912) y Una calle en Córdoba (1905). Corresponden a la última parte de la producción de Regoyos, tras decidir abandonar las estampas de la sociedad española más rancia y destructiva. Prefiere retirarse a los paisajes y las estampas amables de pequeño tamaño que encuentra en sus viajes.

Pero Verhaeren, su compañero en el trayecto que hará famoso a Regoyos y que dejan congelado en el libro España Negra, escribe sobre el pintor en 1914: “Se esforzó por pintarnos la España provinciana, silenciosa y sombría. A él le gustaba llamarla España negra. Toda su vida estuvo obsesionado por ella. Incluso cuando se sintió atraído por el impresionismo luminoso, cuando el fuego lánguido de los colores puros sedujo su joven sensibilidad, no pudo desprenderse enteramente de su amada tristeza. A lo sumo lo vistió con colores claros”.  

Los cinco cuadros se ofrecen a la venta en la página web de la galería propietaria de ellos. El comisario calcula que el valor del pintor en el mercado está entre 30.000 y 100.000 euros

Volvamos a nuestros cinco cuadritos en venta, que pueden contemplarse en la muestra temporal del Thyssen: todos se ofrecen en la página web y en su ficha se incluye la referencia al catálogo del Museo de Bellas Artes de Bilbao, primera parada de la retrospectiva dedicada al pintor, con motivo de su fallecimiento. Por ejemplo, de Antigua casa noble: “Reproducido en el catálogo de la exposición Darío de Regoyos. La aventura impresionista, Museo de Bellas Artes de Bilbao, 2013, página 215”.

Esto es fundamental: con esta referencia el valor del cuadro se multiplica; si está en la exposición del museo con mejor colección de Regoyos, es “un Regoyos” valioso. Y así es como el precio de las pinturas se hincha y se hincha. Además, hay que sumarle la del Thyssen. El precio no deja de subir. “Entre 30.000 y 100.000 euros. Es un buen momento para comprar, porque esta exposición es una reivindicación”, estima el comisario que es la cotización actual de la obra del pintor asturiano.

Nos llama la atención el gran número de obras privadas (65) frente a las pertenecientes a museos (35). Juan San Nicolás confirma que hay muy poca obra de Regoyos en instituciones públicas y que la mayoría está en colecciones. Aquí hay ejemplos en la de Villar MirVarez FisaAbelló, BBK, etc.  

'Plaza de Segovia', 1882.'Plaza de Segovia', 1882.

Lo más grave de esta circunstancia es que agrede varios códigos deontológicos de los museos. Para el que avala el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, la función principal de un museo “no es legitimar obras o artistas”. Explica que se entiende como buena práctica, entre tantas otras, “coleccionar y conservar el patrimonio artístico del siglo XX y activar un nuevo patrimonio público de la contemporaneidad”. Subrayemos esos dos verbos: coleccionar y conservar. Por último, advierte que entre las funciones del patronato destaca la defensa de “la autonomía de la dirección del museo frente a injerencias extra-artísticas”. Otro artículo cuestionado.

El código deontológico ICOM dice que los miembros de la profesión museística no deben participar directa o indirectamente en el comercio (compra o venta con ánimo de lucro) de bienes del patrimonio culturalPero el código que rige por encima de todos los códigos nacionales es el del Consejo Internacional de Museos (ICOM), redactado en 2006. Advierte sobre la “política comercial” que “las actividades generadoras de ingresos no deben ir en detrimento de las normas de la institución, ni perjudicar a su público”. Sobre las exposiciones temporales advierte que “deben ser conformes a las misiones, políticas y finalidades declaradas del museo” y “no deben ir en detrimento de la calidad ni la protección y conservación de las colecciones”.

Por otro lado aclara que las colecciones de un museo son una expresión del patrimonio cultural y natural de las comunidades de las que proceden y, por consiguiente, “rebasan las características de la mera propiedad”. El capítulo octavo habla de la profesionalidad de los museos: “Los miembros de la profesión museística deben respetar las normas y leyes establecidas y mantener el honor y la dignidad de su profesión. Deben proteger al público contra toda conducta profesional ilegal o contraria a la deontología”.

El punto relativo a los conflictos de intereses es bien claro al respecto de lo sucedido en el Thyssen: “Los miembros de la profesión museística no deben participar directa o indirectamente en el comercio (compra o venta con ánimo de lucro) de bienes del patrimonio cultural y natural”. No pueden participar de una autentificación, revalorizar el precio de la obra y seleccionarla para una exposición en un museo importante y público, que volverá a tener repercusiones sobre el precio de la misma. Darío de Regoyos vuelve a encontrarse con la España negra. Quizá porque nunca fue de otro color.