Jueves, 30 de mayo de 2013

ESTRENO DE '360: JUEGO DE DESTINOS', DE FERNANDO MEIRELLES

Ida y vuelta a ninguna parte

Ida y vuelta a ninguna parte
Una escena de '360: Juego de destinos'. (VÉRTIGO)
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Una joven prostituta eslovena –Lucia Siposova– acude a una cita con su primer cliente en un céntrico hotel de Viena, aunque él –Jude Law– tendrá que plantarla en el último momento para que sus colegas de convención no le vean con ella. En París, mientras tanto, un francés musulmán de origen argelino –Jamel Debbouze– espía a una mujer que viaja al aeropuerto. En Londres una mujer de negocios –Rachel Weisz– se ve con su joven amante brasileño –Juliano Cazarré–, que al regresar a casa descubrirá que su novia, sabedora de su infidelidad, acaba de coger un vuelo a Colorado para hacer transbordo y volver a Río de Janeiro. La chica –Maria Flor– conocerá en el avión a un hombre maduro –Anthony Hopkins– que se dirige a Estados Unidos para reconocer un cadáver, quizá el de su propia hija, que desapareció hace muchos años. Ambos se cruzarán en su camino con Ben Foster, un erotómano y peligroso agresor sexual que acaba de salir de la cárcel y no está seguro de poder resistir la calle sin reincidir. 

 

Como no podía ser de otro modo en una película titulada 360 –originalmente, porque en español han decidido llamarla 360: Juego de destinos–, la historia girará para regresar sobre sus propios pasos y volver, escenario por escenario, al punto de partida. Por el camino este palíndromo narrativo irá cerrándose poco a poco y con él las historias que se abandonaron abiertas en la primera mitad de la cinta, descubriendo en la segunda más personajes –en puridad, personajes que ya habíamos visto, solo que sin saber quiénes eran realmente– y revelando que lo que a todos ellos no son simple relaciones de adyacencia, sino unas más profundas.

360: Juego de destinos lo tenía todo para triunfar. Tenía al timón a Fernando Meirelles –el aclamadísimo director de Ciudad de Dios en 2002– y un guión de Peter Morgan, solo para empezar. Tenía depredadores sexuales y prostitutas de lujo –un toquecito de sordidez, en otras palabras, de esos que tanto agradece la taquilla– y una receta cosmopolita –es una coproducción entre Francia, Austria, Brasil, Reino Unido y Eslovaquia– que la convierte en un producto relevante en, al menos, cinco grandes mercados europeos. Y contaba, sobre todo, con un coctel perfecto en el reparto, que mezcla hábilmente locomotoras de Hollywood –como Hopkins, Weisz o Law– con actores desconocidos, estrellas pujantes –Ben Foster– y caras tan conocidas en Europa como las de Debbouze y Dinara Drukarova.

Lo tenía todo, pero no triunfó. Desde su estreno –en 2011 en festivales, en 2012 en medio mundo y ahora en Italia y España, las últimas plazas de su recorrido– la película no ha acumulado más que malas cifras en taquilla y peores críticas, y al verla no cabe duda de por qué. 360, que podría contar muchas cosas, no cuenta absolutamente nada.

Y lo que seguramente es peor: no lo hace porque no quiere. De tanto pulir aristas para el acomodo del ojo comercial a los creadores de 360 les ha quedado un producto romo, redondeado y aburrido en que los habitantes del mundo son todos guapos, todos pijos –porque hasta los pobres parecen pijos en esta película– y ponen en práctica las más elementales normas de la civilización aunque estemos hablando –o deberíamos, al menos– de gentuza. En la película hay mafia, extorsión y asesinato –la tramoya que mueve al mundo, un tema habitual en Meirelles–, hay sexo sórdido, infidelidad y prostitución y al menos dos personajes están bastante mal de la cabeza. Y aun así, lo dicho. No ocurre nada. Los mafiosos leen en lugar de matar, la prostituta de lujo primeriza no acaba expuesta a los rigores de su oficio, los obsesos resuelven su condición con sin par maestría en el manejo de su propio trastorno y los ejecutivos agresivos que se desvían de su camino recapacitan y deciden que no, que mejor hacerlo. 

Por esta razón de la película cabe acaso destacar solo el capítulo protagonizado por Tyler y Laura, el exconvicto y la joven brasileña, único capaz de mover a una mínima tensión. Eso y la realización –brillante, como suele, cuando hablamos de Meirelles–, en particular en las transiciones –que hacen las veces de pespuntes al hilar todas las historias y se convierten en fundamentales en una narración de esta naturaleza–. Es probable que en inglés los acentos, además, consigan vehicular debidamente la condición cosmopolita del filme, pero en español ni eso. Por alguna razón en España veremos a partir de este viernes una película mutilada en la que austríacos, brasileños, británicos y franceses lo son solo nominalmente y hablan todos el mismo castellano pluscuamperfecto incluso en las historias –la del guardaespaldas ruso y la hermana de la prostituta eslovena, por ejemplo– en la que los personajes a duras penas hablan el mismo idioma.

Eso es 360: la historia de una ida y vuelta a algún lugar, no sabemos dónde, y el aprendizaje homérico de alguna verdad por el camino, tampoco queda muy claro cuál, que para colmo de malas acaba de forma rematadamente cursi. Muy bonito, eso sí, y encajado sobre sí mismo como un cubo de Rubik, pero nada más. Un producto que ha decidido ni contar ni lucir, sino entretener, pero que incurre al hacerlo en el peor error que podría: el de aburrir. Y, por momentos, soberanamente.

360: Juego de destinos

Director: Fernando Meirelles

Nacionalidad: Francia, Austria, Brasil, Reino Unido y Eslovaquia

Duración: 110 minutos.

Reparto:  Anthony Hopkins, Jude Law, Ben Foster, Rachel Weisz, Maria Flor, Lucia Siposova, Jamel Debbouze, Dinara Drukarova.

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