Sábado, 20 de julio de 2013

UN REPASO POR LOS MOMENTOS CLAVE DE LA VIDA Y OBRA DE CABALLERO BONALD

Caballero Cervantes en cinco pasos

Caballero Cervantes en cinco pasos
Caballero Bonald, ganador del Premio Cervantes 2013, en el salón de su casa de Madrid. (EFE)
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Los cincuenta, primeros pasos en el simbolismo europeo. Con Las horas muertas (1959) asienta el registro intimista de sus anteriores libros. Su conexión con la tradición europea del simbolismo la recoge a partir de Juan Ramón y Aleixandre y se vuelve metafísica en libros como Anteo, una búsqueda existencial a partir de cuatro homenajes al cante jondo (a la saeta, la seguiriya, la solea y el martinete) y que se vuelve angustiosa y asfixiante en Las horas muertas: “Qué/ soy yo, furia callada/ contra la fortaleza del vacío,/ violado espejo en cuy aniebla/ bebe la boca de la fe”. Despunta en lo barroco de su léxico y sintaxis.

Los sesenta, la lucha por la libertad. “Pliegos de cordel”, publicado en 1963, es el libro que menos le gusta recordar a José Manuel Caballero Bonald. Es precisamente el descaro y atrevimiento de aquel libro social lo que ahora le sienta peor al poeta, quien se critica haber postergado a la exuberancia de su lenguaje en beneficio del compromiso cívico. Prefiere esconder la ideología debajo de la palabra. En el tránsito hacia la siguiente década merece la pena detenerse en el poemario Vivir para contarlo, que en origen se iba a haber llamado Esfuerzos para no mentir.

En este caso, su desazón ética desplaza al discurso social, aunque sigue siendo un testimonio personal de unos años de vejaciones, desde los que llama a la memoria arrebatada por la guerra y el secuestro de la patria por una estafa coreada. El tono sentencioso de este libro fue triturado por la censura franquista. Su vocación por el lujo estilístico combinado con la reflexión por la memoria hace de él uno de los primeros ejemplos de su estilo barroco, pesimista y contemplativo. La única pega: todavía no estaba preparado para la ironía con la que evitar la deriva sentimental.

Estos dos libros eran parte de los restos de la tradición simbolista que anidaban en la nueva poesía de aquellos años y que derivarían en un realismo histórico a fuerza de la situación social. Caballero Bonald escribía en una reseña aparecida en octubre de 1959 que la poesía “ha ido despertándose poco a poco de su largo marasmo para tomar conciencia de su misión nacional y para enfrentar su inconformista postura con la realidad histórica del país”.  

Los setenta, vuelta a empezar. Tras un largo silencio de trece años aparece Descrédito del héroe (1977), en el que retoma el pulso de la línea quebrada con Pliegos de cordel. Afianza el erotismo a partir de los mitos con imágenes alucinatorias y sexuales, con referentes que van desde Juan de Mena hasta el barroco andaluz de Góngora. Con la novela Ágata ojo de gato (1974) realizó un ejercicio liberador –sin perder la exuberancia del juego lingüístico- gracias a los paisajes de Doñana, territorio mítico que no abandonaría ya más y denominaría Argónida. Los protagonistas son tres generaciones de la familia Lambert y la historia de su genealogía desdichada la narra el último de ellos, Pedro Lambert III.  

Los noventa, un vergel en peligro. En Doñana de nuevo, con Diario de Argónida (1997), donde retoma el pasado con la memoria de lo vivido y conciencia de la moral. Sin abandonar, nunca, su enrejado léxico al tejer las evocaciones de un paisaje cargado, que recorre entre febrero de 1995 y mayo de 1997. “El brusco veredicto/ de la vida: una arisca, desapacible voz/ de perdularia recordándome/ remotos extravíos”, asume el poeta en uno de sus grandes poemas, Sentencia y despedida. Como él mismo dice, nadie es capaz de evocar sin incurrir en desviaciones engañosas, se tiende a otorgarle al estilo mayor poder argumental que al testimonio”.

El nuevo siglo, lucidez estoica. Con Manual de infractores (2005), y al borde de los ochenta años de edad, culmina una libertad de denuncia que no había logrado en su literatura hasta el momento. La sincronización de las estrategias del simbolismo y su densidad lingüística, con el dictado de la moral inspirada en el recelo a las verdades asumidas, indudables y clarividentes –como más tarde también haría en La noche no tiene paredes (2009)- dan pie a la descripción de un hombre que no flaquea. “Fui feliz fugazmente algunas veces,/ entre dos furias fui feliz,/ lo fui de vez en cuando sin saberlo”. 

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